martes, 4 de octubre de 2016

El primer viaje del Apóstol José Martí a Santo Domingo (I)

CARLOS RODRÍGUEZ ALMAGUER
14 MAY 2016, 12:00 AM

Corría el año de 1892 y los emigrados cubanos y puertorriqueños, residentes en los Estados Unidos, principalmente en Nueva York y las ciudades floridanas de Tampa y Cayo Hueso, habían convenido en la creación del Partido Revolucionario Cubano para ofrecer un frente común al vetusto régimen colonial de España que, luego de tres siglos de dominación sobre la casi totalidad del continente americano, aún mantenía su bota opresora sobre las islas de Cuba y Puerto Rico.

Esta organización política, sin embargo, necesitaba de una estructura militar que llevara a cabo la ímproba tarea de expulsar por la fuerza de las armas al ejército colonialista peninsular que operaba en la mayor de las Antillas para, luego, continuar la labor independentista de la hermosa Borinquen. El Delgado electo por las emigraciones para ejercer la dirección de la novicia organización política había resultado ser, al mismo tiempo, su principal inspirador y organizador: el abogado, poeta y periodista cubano José Martí, cuyos lauros como literato y orador de altos vuelos eran ya de todo punto conocidos y resaltados en las dos Américas.

Luego de una consulta realizada por Martí y sus compañeros, entre los militares que habían desempeñado mandos importantes tanto en la Guerra Grande o de los Diez Años (1868-1878), como en la Guerra Chiquita (1880-1881), sobre quién debería desempeñar el mando supremo en la Guerra Necesaria que se preparaba, el resultado vino a ser el esperado: la esforzada y levantisca oficialidad criolla, tan difícil de armonizar aún en los tiempos de paz, había acordado por unanimidad que, entre todos, el que alcanzaba mayor prestigio y capacidad reconocida para la dirección militar era el dominicano Máximo Gómez, maestro en el arte de la guerra de gran parte de esos mismos bravos oficiales que ahora lo elegían.

Sabía esto Martí de antemano, sin embargo, quería tener el mandato real dado por el consenso de los curtidos soldados, antes de dirigirse al viejo mambí que engañaba su tiempo y su espíritu intentando levantar en su finca “La Reforma”, en los predios de Laguna Salada, cerca de Monte Cristi, un nuevo proyecto agrícola protegido por la buena fe y la economía de la Casa Jiménez. Tras los fracasos en materia agrícola y comercial sufridos, tanto en Cuba por los años 1866 y 67, como en Jamaica, Honduras y Panamá, luego de terminada la Guerra Grande, aquel dios de las armas no cejaba en el empeño de vivir del trabajo de sus manos como cualquier mortal. Aún no había comprendido, o acaso trataba de engañarse, que su misión en la Tierra era la de llevar a los soldados al combate o, aquella que escribirá el propio Martí en frase lapidaria: “... como el que no le reconoce a la vida pasajera gusto mayor que el de echar a los hombres del envilecimiento a la dignidad”.

Pero ambos héroes estaban alejados desde el malentendido de 1884, cuando Gómez quiso asumir el mando total de un proyecto independentista fraguado por él y por el Titán de Bronce, Antonio Maceo, no por egoísmos ni por bajas pasiones, sino para evitar que ocurrieran, en la labor difícil de echar de una isla antillana a un poderoso ejército europeo, las disidencias e indisciplinas que dieron al traste con la revolución iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 al repique arrebatado de la campana de su ingenio La Demajagua. Estas tristezas que moraban en el alma del noble banilejo, justamente señalado como el último libertador de América, quedaron plasmadas por su propia pluma, incisiva y artística, en el relato publicado bajo el nombre de El Viejo Eduá.

Martí, por su parte, venía de su dura experiencia del presidio político adonde había ido a parar con apenas dieciséis años por sus ideas independentistas, luego el destierro en España, la emigración a México, la rebelión militar que en el país azteca llevó al poder al general Porfirio Díaz despojando de la presidencia legítima a Sebastián Lerdo de Tejada, sucesor del Benemérito Benito Juárez. Venía el Apóstol de su autodestierro a Guatemala, la tierra del Quetzal, donde se hizo maestro por la misma época en que desde Caracas iniciaba el sublime antillano Eugenio María de Hostos su labor educativa americana. De allí, Martí había salido impelido por la autoritaria arbitrariedad del caudillo de turno, general Justo Rufino Barrios, porque “con un poco de luz en la frente no se puede vivir donde mandan tiranos”. Y venía, finalmente, de su experiencia venezolana de 1881. Los brevísimos seis meses que vivió en la tierra que vio nacer al Libertador de América, Simón Bolívar, Martí conoció y trató al sabio maestro Cecilio Acosta, enemigo jurado del presidente venezolano, general Antonio Guzmán Blanco, que en su día ayudó al inmortal Juan Pablo Duarte en su labor libertadora de la patria que se sacó de las entrañas. Al morir Cecilio Acosta, Martí reseña su vida en el segundo (y último) número de su Revista Venezolana. Los elogios que justamente hace el Apóstol al sabio caraqueño provoca la ira del caudillo que no tolera afrentas semejantes, y tiene el cubano que abandonar el país en veinticuatro horas.

De aquí venía su raigal aversión al caudillaje, tan dañino y empedernidamente propio de estos pueblos nuestros, todavía en fermento como en la cuba el mosto. No se atenía a que algo semejante sucediera en su isla, para la que tenía imaginada una República Moral, “con todos y para el bien de todos” en la que la ley primera fuera “el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. Por eso no comprendió el modo en que el general Gómez le ordenó dejar de dar opiniones sobre su inmediato viaje a México bajo el mando del general Maceo, a fin de recabar fondos para las expediciones de guerra: “Vea, Martí, limítese usted a lo que digan las instrucciones; por lo demás, el general Maceo sabrá lo que deba hacerse.” Aquella ríspida precisión originó esta dolorosa y dignísima respuesta dos días después: “Un pueblo no se funda, general, como se manda un campamento (...) La patria no es de nadie, y si es de alguien será, y esto sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia.” Y con ello la consecuente renuncia a continuar apoyando las labores de aquel conocido Plan de San Pedro Sula, por la ciudad hondureña donde fue concebido, o más comúnmente llamado “Plan Gómez-Maceo”. Aquel plan fracasó, también en gran medida por esta separación de Martí. Y entre la hojarasca que dejó la tormenta se pueden leer todavía opiniones muy duras de una y otra parte.

Pero todo aquello había sucedido en octubre de 1884, en la ciudad de Nueva York, donde desde enero de 1880 residía el Apóstol, mientras los dos caudillos héroes de la Guerra de los Diez Años recorrían las emigraciones asentadas en la gran nación del norte en busca de apoyo para sus planes libertarios. Ahora, en 1892, ya fundado el Partido Revolucionario para garantizar la unidad de las fuerzas patriotas, el ánimo de aquellas almas superiores estaba preparado para la reconciliación y la amistad sincera.

Sucedió entonces que amigos mutuos se dieron a la tarea de acercar a ambos próceres, y a cada uno le presentaron cartas donde el otro opinaba con sincera admiración sobre su persona. Así, por ejemplo, el noble general Serafín Sánchez, hijo de Sancti Spíritus, pone en conocimiento de Martí la carta donde Gómez expresa su admiración por el pensador desterrado, y afirma no tener ninguna duda de su capacidad para pelear por su patria, con las armas en las manos, como el que más. Leída esta opinión de aquel maestro de la guerra, tan ríspido en sus recriminaciones como parco en elogios, Martí sale a encontrarse con él en tierras dominicanas...

Tomado de: Diario Libre