martes, 14 de febrero de 2017

Una madre negra para Martí

Claudia Yilen
Publicado el 28 enero, 2016

Paulina Hernández y Hernández - Foto EcuredTenía unos diecisiete años cuando supe de su existencia. Cursaba el último año de preuniversitario y me preparaba para los exámenes de ingreso a la educación superior. La profesora de historia habló de la madre negra de Martí, pero a muy grandes rasgos.

Hace unos días, en una mesa con libros en venta, el título “La madre negra de Martí”* asaltó mi curiosidad, toda la información estaba allí, en aquellas páginas.

Se llamaba Paulina Hernández y Hernández, era de origen Carabalí y natural de Pinar del Río. Con apenas dos años de diferencia de edad, esta mujer olvidada en los laberintos de la historia, resultó para José Martí como una madre.

Había nacido el 10 de mayo de 1855 y según se presume, sus padres fueron esclavos manumisos y antes de su nacimiento, habían comprado su libertad.

A la edad de 33 años emigró a Cayo Hueso, en compañía de su madre, otras seis mujeres y Manuel M. Hernández, probablemente hijo y heredero de Don Juan Hernández, hacendado dueño de esclavos, entre ellas Paulina y su familia.

Contrajo matrimonio con Ruperto Pedroso, y ambos, al ostentar la condición de libres, lograron comprar con el resultado de su trabajo una casa en Tampa, la cual convertirían en fonda y en hostal de huéspedes, emigrantes fundamentalmente.

Paulina y Ruperto conocieron a Martí en su primera visita a Tampa y se identificaron mucho con su proyecto, único que podía garantizar y complementar la libertad que ambos habían adquirido, una república “con todos y para el bien de todos”, que estuvieron dispuestos a entregar todo lo que habían logrado con inmenso esfuerzo y sacrificio, en su caso eso significaba ceder su casa, único bien material que poseían y así se lo hicieron saber en más de una ocasión. Tan así, que al fracasar el plan La Fernandina, la familia Pedroso hipotecó la vivienda para entregar el dinero obtenido, en aras del ideal independentista martiano.

De muy polifacéticas aptitudes, además de atender a los huéspedes que llegaban continuamente a su casa, se desempeñaba como cocinera y costurera, y según testimonios históricos, llegó a cultivar la composición musical.

Trabajó en la labor de unificación revolucionaria, sobre todo a hombres y mujeres de su raza, quienes le profesaban profundo respeto. En su hogar se fundó La Liga, sociedad análoga a la ya existente en Nueva York para auspiciar la superación cultural de los emigrados negros.

En 1892, en una cena de bienvenida al Delegado del Partido Revolucionario en Tampa, en la que le envenenaron uno de los platos, fue atendido en casa de Paulina, y ella, devenida enfermera, veló su sueño, le suministró sus medicamentos, atendió sus necesidades y los cuidados prescriptos por el doctor Barbarrosa, durante los días de gravedad y luego en la convalecencia. En carta a su ahijada María Mantilla, Martí contaba “(…) He estado enfermo, y me atendieron muy bien la cubana Paulina, que es negra de color y muy señora en su alma (…)”.

Un anécdota de la época, recogida en el libro que comentaba al inicio, narra que una noche, mientras el Maestro dormía, unos espías al servicio de la metrópoli española llamaron a la puerta. Paulina abrió cautelosamente y al percatarse que eran enemigos, les dijo que Martí no estaba ahí, este, al despertarse y conocer lo sucedido, le reprochó cariñosamente haber negado su presencia, argumentando que debió haberles dicho la verdad, “pues esos hombres son hoy mis enemigos, pero yo haré mañana que sean mis mejores amigos.”

Al conocerse de la muerte del Apóstol, en 1895, el periódico Cuba en Tampa publicaba un poema de Paulina en el que expresaba su profundo dolor y el cariño que le tenía, pues así decía:

“Te quise como madre, te reverencio como cubana, te idolatro como precursor de nuestra libertad, te lloro como mártir de la patria.

Todos, negros y blancos, ricos o pobres, ilustrados o ignorantes te rendimos el culto de nuestro amor…”

Viuda, completamente ciega y mortalmente herida de enfermedad, cerró para siempre los ojos en su natal Pinar del Río, el 22 de mayo de 1913 a la edad de 58 años. Había pedido que la enterraran junto a una foto que una vez le enviara Martí, en la que este había puesto al dorso “Para Paulina, mi madre negra”.

*Toledo Benedit Josefina, “La madre negra de Martí”, Casa Editorial Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2009

Tomado de: Había otra vez (Blog)