Enrique Milanés León
junio 19, 2022

Para medir en brazas la hondura del mundo, los cubanos tenemos las palabras de José Martí; cada cual escoge las suyas, pero pocos se atreven a negar que el Maestro siempre acierta. Yo mismo —aprendiz de periodista que no logra pasar de las primeras lecciones— sé bien que nunca hallaré, a la hora de describir el amor por mi Daniel, una idea como la que dejó el Apóstol en su Cuaderno de apuntes: «Si he de envolver el sombrerito de paja y las pequeñas botas que usó hace un año mi hijo, miro si el papel periódico en que los envuelvo está escrito por las pasiones de los hombres o si defiende cosas de justicia, y los envuelvo en él porque defiende cosas de justicia. Creo en esos contagios».
En tal caso, la justicia es «pandemia» necesaria, contagio virtuoso: ¡Bendito el periódico que limpie, con boticas y sombrero de bebé, las amarguras comunes de la existencia! Solo un padre como Martí, sensible hasta el último átomo, puede usar algo sencillo que amaba sobremanera —los periódicos— como recipiente de la metáfora del amor mayor.
Un libro de alta poesía, dulcísimos pensamientos, la cólera ante la distancia, lágrimas que no vimos —pero que estarían allí, por sobre la línea de flotación de su pecho—, sueños pendientes… son tonos del angustioso paisaje de afectos por su José Francisco; ahora bien, Martí fue también padre, con todas las del amor, que son más que todas las de la Ley, de otra niña querida: María Mantilla.
En torno a esa relación, de vez en cuando asoman por nuestras aguas los picos del iceberg de la polémica, que rebasaron la superficie de los susurros desde la carta de María, ya anciana, a Gonzalo de Quesada y Miranda, de febrero de 1959, en la que le escribe —ante la autoproclamación de un falso nieto del Apóstol— con todas sus letras: «Yo, como usted sabe, soy la hija de Martí, y mis cuatro hijos, María Teresa, César, Graciela y Eduardo Romero, son los únicos nietos de José Martí».
En respuesta a la misiva, Gonzalo le afirma, unos días después: «Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza…».
Personalmente, no veo pruebas de que María Mantilla fuera hija de José Martí, pero tampoco tengo dudas de que José Martí era su padre. Él puso conscientemente, en función del crecimiento interior de esa niña, hasta el último gen de su organismo, y esa dedicación no tiene más nombre científico que este: Papá.