CARLOS RODRÍGUEZ ALMAGUER
21 MAY 2016, 12:00 AM
El 31 de agosto sale de Nueva York rumbo a las Antillas. Pasando por Fort Liberté y Dajabón, llega a Montecristi el día 9 de septiembre, y se queda en la casa de huéspedes de Catalina Ramos. Mandan aviso de su llegada a Gómez que está en La Reforma. El día 11 sale con Panchito hacia la finca adonde llegan al anochecer. Martí, tiempo después, lo describirá así: “Iba la noche cayendo del cielo argentino, de aquel cielo de Santo Domingo que parece más alto que otro alguno, acaso porque los hombres han cumplido tres veces bajo él su juramento de ser gusanos o libres, cuando un cubano caminante, sin más compañía que su corazón y el mozo que le contaba amores y guerras, descalzaba el portillo del cercado de trenza de una finca hermosa, y con el caballo del cabestro, como quien no tiene derecho a andar montado en tierra mayor, se entró lentamente, con nueva dignidad en el épico gozo, por la vereda que seguía hasta la vivienda oscura: da el misterio del campo y de la noche toda su luz y fuerza natural a las grandezas que achica o desluce, en el dentelleo de la vida populosa, la complicidad o tentación del hombre. Se abrieron a la vez la puerta y los brazos del viejo general: en el alma sentía sus ojos, escudriñadores y tiernos, el recién llegado; y el viejo volvió a abrazar en largo silencio al caminante, que iba a verlo de muy lejos, y a decirle la demanda y cariño de su pueblo infeliz, y a mostrar a la gente canija cómo era imposible que hubiera fatal pelea entre el heroísmo y la libertad.”