Por Igor Guilarte
marzo 15, 2025
Fue su lealtad patriótica hecha poesía lo que dio a su vida el latido de ideal justiciero y reivindicador que llega a nuestros días.

Pedro Santacilia en sus últimos años. Foto: Archivo del autor.
Vestido como si fuera a su primera comunión, con las sienes pobladas de canas y cuerpo enjuto, un señor de refinados modales, voz de seda y barba socrática encabeza la fila de exiliados que se han dado cita frente a la Legación de Cuba en la ciudad de México. La sede diplomática abrirá las puertas en acto inaugural y paralelo a la instauración de la nueva República en la distante isla. Es el 20 de mayo de 1902.
Reclinado en su pedestal de quijotadas, sufrimientos e idilios inmensos por la causa patriótica, es Pedro Santacilia quien reclama el honor de ser el primero en inscribir su nombre en el registro de la comunidad cubana residente en esa capital. Sobre la nariz cabriolan los espejuelos doctorales y detrás de los aros, cristalinas, resaltan las pupilas, muy fijas en la bandera tricolor que ondea rutilante en lo alto.
Sobre un viento aromado, como potros salvajes cabalgan en retrospectiva los capítulos de su vida. El anciano se arroja absorbido por la ventana de la memoria. Contra el horizonte del tiempo titilan, casi vueltos girones, los recuerdos sobre su frente ensanchada por la calvicie. Hace cincuenta años exactos que salió de su país y no ha regresado, si bien a lo largo de esas décadas se ha mantenido al tanto de los acontecimientos por la prensa y bibliografía cubanas que le remiten viejos amigos; y ya escaso de visión pide a su solícita esposa que le sirva de ojos para leer, porque algo es firme e imborrable: su amor por Cuba.