Por:Luis Toledo Sande
Publicado el 23 abril, 2021 • 10:45
por Redacción Digital
A lo largo de su existencia fue José Martí un trabajador incansable. Lo fue en oficinas, en la docencia –a veces sin paga, como en el club obrero La Liga, de Nueva York–, la edición y la traducción y, sobre todo, en sus dos ocupaciones centrales: la prensa –que, con la tribuna y su epistolario, resultó una de sus mayores trincheras de ideas– y la política, no como labor de pan ganar, sino consagrado a lavar con su vida el crimen de la esclavitud, o las esclavitudes.
Martí quiso y logró que los documentos rectores del Partido Revolucionario Cubano nacieran en Tampa y Cayo Hueso, donde eran más numerosos sus compatriotas obreros, emigrados como él.
Aunque monumentales, sus Obras completas cumplen más esa condición por su extraordinaria calidad que por la gran cantidad reunida: frecuentemente se hallan manuscritos inéditos y textos que han permanecido ignorados en distintas publicaciones. Y duele imaginar cuántos deberán considerarse definitivamente perdidos.
Escribió a mano en medio de una vida agitada por circunstancias y otras tareas. Solo ocasionalmente usó –fue pionero en eso– la dactilográfica, que empezaba a extenderse, y más de una vez tuvo que dictar los textos, porque la salud lo obligaba a permanecer en cama, sin fuerzas para manejar la pluma. Así vivió solamente cuarenta y dos años, pero legó un tesoro inmenso que contribuyó al enriquecimiento de las letras en lengua española, y de las virtudes humanas.