Por: Pedro Antonio García
25 Marzo 2021

Parecían cerrarse todos los caminos. Ya en Cuba había estallado la guerra el 24 de febrero de 1895 y José Martí padecía que la dirección de la Revolución no estuviera aún en la manigua para encabezarla. Empantanado con Máximo Gómez en Montecristi, ambos confiaron en un comisionista que les había prometido una goleta, con tripulación incluida, que los llevaría a la Isla amada. Pero los marinos se negaron a realizar la travesía.
A pesar de los obstáculos el Apóstol no perdía el optimismo. No dudaba de que al fin iba a lograr su empeño y escribió a doña Leonor, la madre: “Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo sin cesar pienso en usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre”.
No será la única carta que redactó y envió aquel día. Confesaría a Federico Henríquez y Carvajal: “Donde esté mi deber mayor, adentro o afuera, allí estaré yo”. Impartió instrucciones a Rafael Rodríguez sobre 400 rifles y unos 60 patriotas fogueados que aguardaban impacientes; a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, sobre planes expedicionarios. Su gran obsesión, evidente en las líneas enviadas: “contribuir a ordenar la guerra de manera que lleve adentro sin traba, la república”.
Y no podía faltar un mensaje para sus niñas, María y Carmen Mantilla: “Salgo de pronto a un largo viaje, sin pluma ni tinta, ni modo de escribir en mucho tiempo. Les abrazo, les abrazo muchas veces sobre mi corazón. Una carta he de recibir siempre de ustedes y es la noticia, que me traerá el sol y las estrellas, de que no amarán en este mundo sino lo que merezca amor”.