Dr. C. Ricardo Hodelín Tablada*
17 de julio de 2026
El 27 de noviembre de 1871 el pueblo cubano sufrió uno de los episodios más luctuosos de su historia, el fusilamiento de ocho estudiantes de Medicina de la Universidad de la Habana. Este oscuro hecho fue un escarmiento ejemplar que quiso dar España ante el auge de la insurrección, para desatar el terror y demostrar los extremos a los que podía llegar un sistema colonial que agonizaba. Era un momento en que las armas cubanas alcanzaban importantes victorias contra las fuerzas españolas.

Fermín Valdés Domínguez y Quintanó (1853-1910)
Los alumnos del primer año de la carrera fueron acusados de profanar la tumba del periodista español Gonzalo Castañón Escarano. En un primer juicio, unos quedaron absueltos y otros tuvieron penas menores; pero la furia del Cuerpo de Voluntarios y la inmoralidad del gobierno colonial español se combinaron para anular la sentencia. En un segundo juicio, verdadera farsa caracterizada por la maldad, donde no se pudieron mostrar evidencias que probaran la acusación, de los cuarenta y cinco estudiantes juzgados, dos quedaron absueltos y se decidió condenar a ocho a la pena de muerte.
Los penalizados fueron seleccionados de forma arbitraria: cuatro que habían estado en el cementerio de Espada o de San Lázaro, como también se le llamaba, jugando con el carro que transportaba los cadáveres; un adolescente de 16 años que arrancó una flor y los otros tres sacados al azar, entre ellos, un estudiante que el día del incidente no estaba en La Habana. Ninguno de ellos había alcanzado 22 años de edad. De los otros treinta y cinco estudiantes, cuatro fueron condenados a seis meses de cárcel; veinte, a cuatro años y once a seis años.
Entre los condenados a seis años de prisión se encontraba Fermín Valdés Domínguez y Quintanó, quien había nacido en La Habana, el 10 de julio de 1853, es decir, tenía 18 años. Al año siguiente de los trágicos sucesos de noviembre de 1871, fue firmada la condonación de la causa por el rey Amadeo I, en Madrid, el 9 de mayo de 1872. Gracias a este indulto Fermín viajó a España donde terminó los estudios de Medicina. En la península ibérica se encontró con José Martí, su compañero desde la infancia en el colegio de San Anacleto que dirigía Rafael Sixto Casado García de Alayeto. Al conmemorarse el primer aniversario del fusilamiento, Fermín concibió la primera acción en defensa de los estudiantes de Medicina. Así pues, circuló en la capital española una hoja impresa que recordaba a los jóvenes cubanos fusilados; el documento, firmado por Fermín Valdés-Domínguez y Pedro de la Torre Núñez, fue escrito por José Martí.
Al año siguiente, 1873, Fermín publicó un emotivo e impresionante libro que tituló Los voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de Medicina. Cuenta Fermín de una tarde fría en Madrid, cuando sentado junto a Martí en su mesa de estudio, él le daba los originales que Martí leía llorando; luego se abrazaron y Fermín concluyó el volumen con una sentencia: «libro que empieza el martirio, debe cerrarlo la poesía». En ese libro se incluyó el poema de Martí A mis hermanos muertos el 27 de noviembre. Luego salieron otras ediciones bajo el título El 27 de noviembre de 1871.
Fermín se incorporó a la Guerra Necesaria el 24 de julio de 1895, ese día desembarcó por punta Caney, Tayabacoa, en la costa sur de Las Villas. Viajó como miembro de la expedición del vapor James Woodall, luego renombrado José Martí, bajo el mando de los generales Carlos Roloff y Serafín Sánchez. Fue designado jefe de Sanidad del 4º cuerpo de Las Villas, el que comenzó a organizar el 11 de agosto de 1895. Estaba en la ciénaga de Zapata cuando fue herido en ambas piernas en un ataque de las tropas españolas. Asistió como representante a la Asamblea Constituyente de Jimaguayú, en septiembre de 1895, donde fue elegido subsecretario de Relaciones Exteriores. El 19 de diciembre de 1895 fue nombrado jefe de Sanidad del 1er cuerpo de Oriente. Destaca su trabajo como jefe de despacho del general Máximo Gómez Báez, terminó la guerra con grado de coronel.
Con el tiempo, el coronel médico realizó otras acciones que lo convirtieron en el verdadero reivindicador de sus compañeros asesinados. Además de las dos señaladas, realizadas en Madrid, destacan el encuentro con el hijo de Castañón quien le firmó una carta demostrando que el nicho, donde descansaban los restos de su padre, no había sido profanado; el descubrimiento del lugar donde fueron enterrados los ocho jóvenes; la creación de un monumento para guardar sus restos; las múltiples conferencias y conversatorios durante la República para recordar a los jóvenes, entre otras.





















