Sofía González Angulo
julio 13, 2026

Foto de portada: Fermín Valdés Domínguez, médico y patriota cubano que dedicó su vida a la ciencia, la independencia y la búsqueda incansable de la verdad.
Si les hablara del hombre que dirigió el primer cuerpo de sanidad militar de Oriente, que investigó con rigor científico la fiebre amarilla; del que fungió como subsecretario de Relaciones Exteriores en plena manigua y luego ocupó la jefatura de despacho del General Máximo Gómez, ¿pensarían inmediatamente en Fermín Valdés Domínguez? ¿O bastaría con decir “el amigo del alma de José Martí” para que la memoria colectiva ubique a esta figura que tanto aportó a la historia de Cuba? Quizá la grandeza de su vida merece que empecemos por esos méritos propios y no solo por el reflejo de una amistad legendaria.
Hablar de Fermín sin evocar a Martí es casi imposible, porque sus caminos se entrelazaron desde la adolescencia. Compartieron aulas en el Colegio San Anacleto y luego en San Pablo, desde 1869, y más tarde, en España, la misma pensión y las aulas universitarias: Martí en Derecho, Fermín en Medicina.

José Martí y Fermín compartieron aulas, exilios y una lealtad que ni siquiera el tiempo pudo borrar.
Aquel año de 1869, cuando todavía eran unos muchachos, Fermín ya había demostrado la firmeza de sus valores. Durante la Cuba colonial, cuando las lealtades se medían con extrema crudeza, los dos jóvenes escribieron una carta donde tachaban de traidor a un compañero que se había alistado en el Cuerpo de Voluntarios, una milicia urbana compuesta por españoles y criollos leales a la metrópoli que reprimía cualquier brote independentista.
Llevados ante un tribunal militar, ambos se declararon autores del texto y Fermín fue condenado a seis meses de presidio. Aquel gesto bastaría para inscribirlo en la historia, pero repetirlo como único atributo sería un acto de injusticia con la biografía de un hombre excepcional.
















