Por Martha Gómez Ferrals/ ACN
11 Mayo 2026
El mayor general del Ejército Libertador Ignacio Agramonte y Loynaz cayó en combate, a los 31 años, el 11 de mayo de 1873 en los potreros de Jimaguayú, cercanos a su natal Camagüey, donde comandaba la legendaria caballería mambisa de la cual todavía se habla.
A pesar de su juventud ya lo acompañaba la identificación rotunda de “el Mayor”, por las cualidades guerreras que lo pusieron desde ese día en el panteón de la gloria de la Patria, al dedicarse por entero a la lucha por la independencia. Inicialmente desde la conspiración revolucionaria ciudadana y luego como primer soldado desde noviembre de 1868.
Una bala que entró en la sien derecha de Agramonte causó la muerte de aquel patriota extraordinario, de probada audacia y efectividad en todas las batallas, cuya huella aún relumbra en los apuntes de la historia de Cuba y hacen de él un símbolo de la juventud cubana en todos los tiempos.
Se difundió entonces que el enemigo quemó hasta las cenizas su cuerpo, las cuales aventó para no dejar rastro del héroe.
Valorando su moral, José Martí lo llamó “diamante con alma de beso”, pues vio la luz emanada de aquel joven nacido en la ciudad de Puerto Príncipe del Camagüey el 23 de diciembre de 1841, como vástago de una familia de abolengo, culta y librepensadora.
Alcanzó la madurez de un jefe militar con autoridad indiscutible con prontitud y cuando reconoció ciertas razones del presidente en armas, Carlos Manuel de Céspedes, con las cuales no estuvo de acuerdo, mantuvo una conducta leal y sin tacha.


























