por Cynthia Ibatao Ruiz
27 de mayo de 2026
Investigador revela el culto cívico al Héroe Nacional cubano en instituciones de Santiago de Cuba, antes y después de 1959.

Momento en que María Caridad Rodríguez Guibert (Macusa) expresa emotivas palabras cuando el Colegio Spencer recibe la custodia del Mausoleo.
«El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos». Esa frase, escrita por José Martí Pérez hace más de un siglo, condensa la esencia del poeta, periodista, diplomático y estratega independentista cubano. Nacido en La Habana en 1853 y caído en combate en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, su pensamiento antirracista, antimperialista y profundamente humanista lo convirtió en el más universal de los cubanos.
Sin embargo, durante las primeras décadas de la República Neocolonial (1902-1958), el conocimiento de su figura fue un proceso desigual. Durante años, solo se conmemoró la fecha de su muerte. No fue hasta el 20 de abril de 1922, bajo la presidencia de Alfredo Zayas, que se decretó el 28 de enero —natalicio del Apóstol— como fiesta nacional. La norma incitaba a nombrar calles principales con su nombre y a colocar bustos u obeliscos en cada municipio. Cada 28 de enero, los niños de todos los colegios, con una flor en el pecho, rendirían homenaje al «Maestro».
Pero mientras el Estado oficializaba los símbolos, desde antes, en las aulas santiagueras germinaba un culto cívico mucho más profundo. Así lo documenta el investigador Arnaldo Alfredo Delgado Fernández, Máster en Ciencias Sociales y Pensamiento Martiano por la Universidad de Oriente, quien ha examinado archivos y prensa de la época para reconstruir dos experiencias excepcionales: la escuela pública No. 3 Spencer (para niñas) y el colegio privado Juan Bautista Sagarra (para varones).
















