Barbara M. Cortellan Conesa
1 septiembre, 2026
Las mochilas vuelven a los hombros, las libretas esperan las primeras anotaciones y las aulas recobran el bullicio de los sueños. Cada inicio de curso escolar en Cuba no es un simple cambio de calendario; es la ratificación de un principio que José Martí elevó a categoría de mandato: la educación como base irrenunciable de la patria libre. El regreso a las escuelas nos convoca, una vez más, a preguntarnos qué tipo de nación estamos edificando y qué ciudadanos queremos formar.
“Ser cultos es el único modo de ser libres”, sentenció el Apóstol. Esta máxima, repetida en discursos y pancartas, es en realidad un programa de vida. Martí no concibió jamás la educación como un mero depósito de conocimientos, sino como la forja del alma. Para él, enseñar a leer y a escribir era el primer paso, pero el verdadero objetivo era enseñar a pensar, a sentir y a actuar con rectitud. Por eso, cada mes de septiembre en que se abren las puertas de las escuelas debería ser un recordatorio de que la cultura es el mejor blindaje contra la ignorancia y la sumisión.
Y aquí aparecen los valores, esa brújula sin la cual la inteligencia se extravía. Martí advertía: “La enseñanza, ¿quién no lo sabe?, es ante todo una obra de infinito amor”. Por eso, la educación que soñó estaba intrínsecamente ligada a la moral. No basta con saber; hay que ser bueno. La escuela, para él, debía ser la cuna de hombres íntegros, capaces de anteponer el bien común al egoísmo y la dignidad al cálculo. En un mundo donde a menudo se premia la astucia por encima de la honradez, el pensamiento martiano irrumpe como un faro: la verdadera instrucción es la que forja la decencia.
























