Luis Enrique Domínguez Vázquez
La Jiribilla
13/07/2026
En la geopolítica actual, asistimos a una tensión creciente: la resistencia de un mundo que se empeña en ser unipolar frente al empuje de potencias emergentes y bloques regionales que reclaman un orden multipolar, cimentado en el respeto a las soberanías. En este tablero, la batalla no se libra solo con armas o tratados, sino también en el terreno de las ideas. El perfeccionamiento de los medios de comunicación y la irrupción de nuevas plataformas tecnológicas han otorgado a las naciones hegemónicas una ventaja decisiva en lo que hoy llamamos guerra cognitiva.
Esta dinámica no es inocua. Transforma nuestra vida material y espiritual, distorsiona la percepción del mundo, erosiona valores y condiciona decisiones políticas y sociales. Asistimos, así, a una pérdida acelerada de la diversidad cultural y a una inquietante estandarización de la existencia. Se instala, casi sin que lo notemos, la falacia de que solo existe una manera válida de vivir, de gobernar y de generar conocimiento. Una premisa que, por supuesto, beneficia a los grandes grupos de poder del capitalismo y lastra cualquier intento de gobernanza más horizontal o de diálogo intercultural genuino. Para las naciones del Sur Global, esta crisis de valores no es un concepto abstracto: es el peligro real de ver diluida la identidad propia bajo el peso de una información descontextualizada y un pensamiento acrítico.
Frente a este escenario, la obra de pensadores latinoamericanos como José Martí se revela como un arsenal teórico de urgente vigencia. Su pensamiento, anclado en la ética y la justicia, ofrece herramientas para edificar sistemas de gobernanza más humanos y para reclamar el equilibrio perdido. Pero, ¿qué hay de cierto en la imagen de un Martí deslumbrado por la prosperidad de los Estados Unidos? Durante décadas, ciertos sectores intelectuales, tanto fuera como dentro de Cuba, han promovido esa idea. Sin embargo, un viaje por sus crónicas y cuadernos de apuntes nos devuelve la imagen de un observador agudo, que admiraba el progreso material pero que era profundamente crítico con el alma de esa nación.



















