Por Reynaldo Zaldívar
Agosto 23, 2026
El 24 de agosto de 1879, en un barrio de la región oriental de Cuba conocido como San Lorenzo, cerca del río La Rioja y a pocos kilómetros de Buenaventura, en el territorio de Holguín, volvió a escucharse una voz que apenas un año y medio antes parecía haber quedado sepultada: “¡Independencia o muerte!”
Aquel día, el brigadier Belisario Grave de Peralta, acompañado por el teniente coronel Cornelio Rojas y otros oficiales, se levantó en armas al frente de unos doscientos hombres. Dos días después, el 26 de agosto, se produjo en Santiago de Cuba el alzamiento principal, encabezado por José Guillermo Moncada, José Maceo, Quintín Bandera y otros jefes veteranos de la Guerra de los Diez Años. La guerra que la historia llamaría después Guerra Chiquita volvía a poner sobre la mesa una pregunta que el Pacto del Zanjón no había conseguido responder: ¿Había terminado realmente el anhelo independentista?
La respuesta estaba alzando las viejas armas en los montes.
Habían pasado solamente un año, seis meses y catorce días desde que, el 10 de febrero de 1878, representantes de una parte de las fuerzas independentistas cubanas suscribieran el Pacto del Zanjón. Era muy poco tiempo para que la memoria de diez años de guerra se borrara y, sobre todo, demasiado poco para que desaparecieran las razones que habían llevado a miles de hombres a tomar las armas en 1868.



























