Por Jorge L. León
Miércoles, 2 Septiembre, 2026 - 10:53

Un municipio de Granma lleva el nombre de Bartolomé Masó - Foto © Radio Bayamo
Hay personajes de nuestra historia que han quedado atrapados entre sus méritos y los juicios posteriores. Bartolomé Masó es uno de ellos. No pretendo convertirlo en un hombre sin errores. Tampoco sería históricamente serio hacerlo. Masó tuvo diferencias con otros dirigentes de la revolución, tomó decisiones discutibles y protagonizó episodios que la historiografía ha examinado críticamente. Pero una cosa es estudiar sus errores y otra muy distinta convertirlos en la explicación de toda su conducta.
Durante demasiado tiempo hemos tendido a mirar la historia de Cuba desde una perspectiva excesivamente épica. Maceo es el Titán; Gómez, el Generalísimo; Martí, el Apóstol. Y Masó queda con frecuencia en un segundo plano, asociado principalmente a sus discrepancias con aquellos hombres. Pero la historia real suele ser menos cómoda. Y también más humana.
Bartolomé Masó no fue un hombre que apareció de repente en 1895. Su trayectoria estaba profundamente vinculada a la primera guerra independentista. Había participado en la Guerra de los Diez Años y pertenecía a aquella generación de cubanos que había aprendido, a través de la derrota, que la independencia no podía depender únicamente del entusiasmo de una generación, sino que necesitaba continuidad, organización y sacrificio.
Ahí comienza una de las dimensiones más importantes de su grandeza. Masó fue un hombre de continuidad revolucionaria. No abandonó la causa después del fracaso de 1878. Cuando una nueva generación preparó la Guerra de 1895, Masó volvió a comprometerse.
No fue, por tanto, un simple acompañante de la revolución de Martí. Fue uno de los veteranos que aportaron a aquella nueva guerra la experiencia acumulada durante décadas de lucha.























