Carmen Rodríguez
2 julio, 2026 - 5:45am
Sin más ambición que las ansias de libertad, el paladín espirituano marcó hitos en la historia de las tres guerras libradas por los mambises cubanos

El velorio de Serafín fue inmortalizado en la obra del pintor taguasquense Francisco Rodríguez
El primogénito del matrimonio Sánchez Valdivia llegó al mundo con el único privilegio de ser cubano y ver la luz, hace 180 años, el 2 de julio de 1846, en el seno de una de las familias respetadas y virtuosas de la ciudad de Sancti Spíritus. Le dieron un nombre grande, Serafín Gualberto, sin sospechar que iba a ser inmenso, un hombre lleno de integridad y cubanía, una de las figuras más excelsas de las luchas contra la ocupación española y un espirituano insigne, héroe de las tres guerras de independencia.
Lo de cubano de pura cepa nació con él por su apego a la vida libre, en pleno campo, con el gusto de sus baños en el río y con la aptitud para montar a caballo, algo que le facilitó adaptarse a las difíciles condiciones de la manigua redentora durante las gestas guerras mambisas, en las que tuvo Serafín una asombrosa hoja de servicios, toda vez que dejó sus huellas en más de 120 combates contra las tropas españolas
A pesar de crecer lejos de penurias económicas, muy joven tuvo claras las injusticias que padecía su patria y la necesidad de encontrar adeptos con ideas de redención; así, fue de los primeros en salir al monte en este territorio cuando, con apenas 22 años de edad, se alzó al frente de 45 hombres armados de escopetas el 6 de febrero de 1869, en la finca Los Hondones, en la zona de Bellamota, perteneciente a la demarcación espirituana.

La muerte en combate de Serafín fue un duro golpe para las fuerzas mambisas del centro del país.
Más adelante se incorporó a Honorato del Castillo y luego al coronel Leonte Guerra, bravo entre los bravos; asistió a la toma de Mayajigua y al ataque de Chambas, para después volver al lado de Honorato del Castillo, con quien estuvo hasta el día fatal en que cayó el jefe mambí. Sofocada la Revolución en las Villas, marchó al Camagüey, donde se sumó a Ignacio Agramonte. Al frente de 80 hombres, chinos en su mayoría, asistió a la acción de Jimaguayú, donde se eclipsó para siempre la vida de aquel hombre estupendo, legislador y soldado. Cuando, en sustitución de Agramonte, pasó a ese territorio Máximo Gómez, protagonizó numerosos combates a las órdenes del insigne caudillo, entre ellos los de Palo Seco, La Sacra y Naranjo, timbres de gloria del ejército cubano. Más tarde asaltó el fuerte San Antonio del Jíbaro, al frente de un escaso número de hombres, para lograr un verdadero triunfo gracias a la oportuna llegada del general Julio Sanguily. Nombrado luego jefe de la brigada de Sancti Spíritus, libró batallas memorables en varios sitios de esta geografía.











