Barbara M. Cortellan Conesa
21 febrero, 2026

La mirada visionaria de José Martí, el hombre que soñó y luchó por una América libre - Foto: Tomada de Internet
Escribir sobre José Martí es siempre un desafío y un acto de amor. No se trata solo de conmemorar una fecha más en el calendario patrio, sino de redescubrir, una y otra vez, la fuente inagotable de pensamiento y acción que representa el Apóstol de nuestra independencia. En estos tiempos complejos que vive Cuba y el mundo, detenernos en sus “esencias” se vuelve no solo un deber patriótico, sino una necesidad espiritual. Porque Martí sigue siendo nuestro contemporáneo, un hombre de estos tiempos que nos habla con la urgencia de quien sabe que aún tenemos camino por andar. Nos interpela y nos muestra caminos posibles en medio de la incertidumbre.
¿Cuáles son esas esencias? Son muchas y profundas. Está, ante todo, su concepto de libertad, que no concebía como un privilegio, sino como “el derecho que tiene todo hombre a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía”. Martí entendió que la libertad implicaba responsabilidad y respeto por el prójimo. Una libertad inseparable de la justicia social. Por eso soñó con “una república con todos y para el bien de todos”, máxima que sigue siendo brújula moral para cualquier proyecto de nación que aspire a la dignidad plena. En esa frase se condensa su visión: el bienestar no puede ser patrimonio de unos pocos, sino derecho de todos los que habitan esta tierra.
Otra esencia cardinal es su humanismo radical. Su amor por la patria no era un nacionalismo excluyente, sino expresión de su amor por la humanidad entera. “Patria es humanidad”, nos dijo, derribando cualquier muro que separara lo cubano de lo universal. Nos enseñó a ver al otro —el campesino, el trabajador, el desposeído— como base y razón de ser de la república por la que luchaba. Ese humanismo se manifestaba también en su profundo respeto por los niños, a quienes llamó “la esperanza del mundo, los que saben querer”, y por los ancianos, en quienes veía la sabiduría acumulada de los pueblos. Su sensibilidad social no era teoría: era práctica de cada día, era reconocer en el otro a un hermano.



















