Sergio J. Monreal
13 Ago, 2026, 13:39
Amor de ciudad grande no puntualiza entonces ningún anecdotario biográfico, no consigna ni geografías específicas ni nombres propios.
Los borradores de Amor de ciudad grande están fechados por José Martí en Nueva York, durante el año 1882. Se trata de un poema donde la experiencia amorosa, en tanto ejercicio de una libertad y una honestidad irredentas y a contracorriente, queda planteada como algo todavía por vivirse, como un camino todavía por recorrer/.
Amor de ciudad grande constituye menos el recuento de una experiencia que el testimonio de una inminencia: una elección acatada en simultáneo como sino fatal y como encomienda por acometer frente al horizonte futuro. Lo cual otorga a sus versos una franca intensidad adolescente. El poema admite contemplarse como la declaración de principios de un niño en trance de hacerse hombre. Y no resulta menor ni casual que semejante toma de protesta, semejante profesión de fe, sea pronunciada por un emblemático referente de la América hispánica durante la recta final del siglo XIX; es decir, perteneciente al último rincón de Iberoamérica por independizarse de la corona española, de cara ya a los albores de la vigésima centuria.
“Me espanta la ciudad” confiesa el poeta, enfrentado a los crueles, equívocos pero a la vez irresistibles encantos de la urbe decimonónica, transparentada para entonces en todos sus novísimos claroscuros por Poe, Baudelaire y compañía; y ya distinguible también como obligado patrimonio global para cuantos pueblos, afanosos, se empecinaran en remitir a sus propios parámetros de referencia los ideales burgueses de libertad, igualdad y fraternidad, con todas las implicaciones que ello llevaba de por medio.
El sujeto lírico de Amor de ciudad grande no llega a singularizarse en momento alguno, aun cuando durante significativo trecho del poema se apele a la primera persona, y nosotros podamos entender cuánto de personal confesionalismo lleva de por medio cada verso, aludiendo a la decisiva y dilatada experiencia neoyorquina de su artífice. El tono dominante corresponde a una impersonalidad que intercambia y confunde discreción y desmesura, como temprano anticipo de la “épica sordina” que luego servirá a Ramón López Velarde para rematar, al menos en el caso mexicano, la aventura modernista.

























