Luis Toledo Sande
febrero 6, 2026
El discurso que José Martí pronunció el 19 de diciembe de 1889 en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, de Nueva York, y suele titularse “Madre América” (VI, 131-140),* merece conocerse bien, como la generalidad de su obra. Pero recientemente el autor del presente artículo comentó que hay indicios de que el conocimiento de ese discurso en particular no es el debido, y uno es el de quien, mientras impartía una clase, dijo que Martí había llamado “Madre América” a los Estados Unidos.
Ese despropósito da por sentado que Martí sentía hacia esa nación la simpatía incondicional que no sintió por ella, y menos al pronunciar un discurso que es parte de sus denuncias sobre el Congreso Internacional de Washington, celebrado entre octubre de 1889 y abril de 1890. En el pórtico de Versos sencillos habla de “aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos”.
Ante ese foro, que devendría la primera de las Conferencias Panamericanas urdidas por los Estados Unidos, comprendió que había “llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia” (VI, 46), y dirá: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos” (VI, 15).
El mensaje del discurso lo iluminan las valoraciones de Martí sobre el Congreso y los Estados Unidos, plasmadas en crónicas donde sustentaba su pensamiento, avanzado para su tiempo y más que vigente aún hoy, y cartas a destinatarios que al menos en lo fundamental lo seguían. Pero no podía ignorar que, entre los representantes hispanoamericanos al Congreso presentes en la velada que la Sociedad Literaria Hispanoamericana organizó para agasajarlos, habría ganados por el boato de una nación en crecimiento y diestra en presentar su propia imagen como el gran paradigma.
En crónica publicada el anterior 14 noviembre, Martí habla del “tren palacio” descrito por The New York Herald, poderoso órgano afín a los planes de los anfitriones. Entre la soberbia y el sarcasmo, el diario comenta: “Es un tanto curiosa la idea de echar a andar en ferrocarril, para que vean cómo machacamos el hierro y hacemos zapatos, a veintisiete diplomáticos, y hombres de marca, de países donde no se acaba de nacer”.

























