viernes, 5 de mayo de 2006

José Martí: Referencias a la etnología y el folklore en su obra (Parte I)

Cultura - Cuba

Por: María Teresa Linares Savio* (Fecha publicación:04/05/2006)

Las acotaciones, descripciones y criterios sobre la vida del hombre, que José Martí vierte en los artículos, críticas y relatos de viaje, demuestran su preocupación por aspectos relacionados con la antropología de los pueblos americanos. En estos breves comentarios se señala su valiosa labor pionera como estudioso de la etnología y el folklore americano.

En muchos de sus trabajos, José Martí demuestra su profunda preocupación por el desconocimiento que existía sobre la vida cotidiana del hombre americano. Considera y manifiesta en sus trabajos que es necesario analizar las costumbres -vida familiar, economía, artesanías, comidas, medicinas y remedios caseros, vestuario, la filosofía expresada en sus decires- y todos aquellos aspectos que entrarían en la cultura material y espiritual del hombre 'natural', para con ello entenderlo y guiarlo por el mejor camino de su desarrollo.

En agosto de 1887 José Martí publicó en El Economista Americano un artículo crítico sobre la lectura que hiciera el antropólogo y etnólogo norteamericano Daniel Garrison Brinton, de Filadelfia, ante la Asociación de Adelanto de las Ciencias, titulado 'Noticia de los datos actuales para el estudio de la cronología prehistórica de América', en el que destaca los libros publicados por aquel autor referidos a las lenguas aborígenes, las leyendas mayas, una gramática de la lengua cakchiquel y un baile -comedia en nahuatl- español llamado El guegüense, de los primeros años de la conquista.

Se refiere a las teorías del antropólogo sobre la antigüedad de la raza americana y su procedencia del oeste de Europa a través del puente de tierra preglacial que la unía a América.

Señala también cómo el antropólogo demuestra sus hipótesis por los '... hallazgos de depósitos de conchas y huesos de especies distintas donde se han hallado restos de cerámica y útiles de piedra pulidos con relativa habilidad, y en los arenales de Trenton y lugares varios, ricos en residuos paleolíticos que revelan la existencia del hombre americano en la época glacial, cuando no antes en lo esparcido del cultivo del maíz y del tabaco, que en edad remotísima se cosechaban desde el Canadá hasta la Patagonia'.
Martí se refiere también en este artículo a la mención que hace Brinton de las más de 200 lenguas aborígenes diferentes de raíz que existían en Norte y Sudamérica, '... quizás desaparecidas hoy muchas de ellas, pero que acusan una edad muy lejana, pues sólo por la duración de ella pudo parar en esas opuestas ramas una raza cuyo común origen se comprueba por la identidad de los cráneos hallados en los depósitos cuaternarios más antiguos: -y en el descubrimiento de útiles de labor en los depósitos glaciales-, lo que remonta la existencia del hombre en América hasta la época del hielo, hace unos 35 mil años'.
Estos sorprendentes comentarios nos sitúan ante el interés de José Martí por un conocimiento de nuestros orígenes para apoyar la defensa de nuestra identidad americana y el interés por aspectos de la lingüística, la etnología y la antropología de los pueblos de América. Por esto quizás se pronuncia contra el injerto de elementos culturales exóticos en nuestra cultura cuando dice:
'La historia de América [...] ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia'.
Y no es que esté en contra de la cultura universal, sino que está consciente de que, por conocer y dar prioridad a aquélla, se descuida la nuestra.
Sobre esto sentencia: 'Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco [abonado, irrigado] [...] ha de ser el de nuestras repúblicas'.
El pensamiento de Martí no puede considerarse por esto localista. Su pensamiento americano trasciende todas las fronteras, a través de las descripciones de sus visitas a Guatemala, Isla de Mujeres (México), los Estados Unidos; a través de sus comentarios críticos y en sus poéticas visiones del Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos.
En Livingstone, Guatemala, encontramos que se detiene ante el hombre y su contexto social: 'Pues, ¿qué hacen en aquella plaza tantos hombres que van y vienen?
No es plaza, es que están embarrando una cabaña. Ese bullicio es simpático; atrae ojos y corazones, porque lo engendra un sentimiento fraternal. [...] En este lugar el pueblo no permite que un hombre solo haga su casa: todos le ayudan, sea cualquiera la época del año; ellos la arrancan de la tierra y la acarrean para endurecer el suelo, ellos cruzan las varas, ellos construyen bruscos ladrillos, ellos coronan la choza de abundantes hojas de palmeras'.
Su mirada rápida de viajero, ávida del conocimiento del pueblo, capta una escena que es común en toda nuestra América, tal como se realiza en Cuba una junta o reunión de vecinos para la construcción de su bohío. Y describe todos los pasos de la preparación de la arcilla, los cujes que le sirven de apoyo a las paredes de embarrado, el techado de guano.
En nuestros grupos primitivos fue necesaria la unión para no perecer, y en estas visiones de América comprueba los elementos de la cultura material derivados de grupos indígenas similares en Centroamérica y Cuba y su permanencia en las poblaciones contemporáneas a sus viajes.
Se refiere luego Martí a las relaciones humanas: 'El marinero es saludado por todo el mundo [...] hablan su Caribe primitivo, su dialecto puro [...]. Y ¡qué manera de hablar! Una vez admiró el viajero la rápida palabra de los vascos: ahora ve que ésta le es muy superior. Son locuaces con la lengua, con los ojos, con las caderas, con las manos [...]'.
Gestualidad y cordialidad propias también del cubano. Describe así detalles importantes para el estudio de un pueblo, su lengua y expresividad, el hombre y su parla, el carácter social del conglomerado, la mujer y su vestuario: 'Y cómo se viste esa negra: es el vestido del país. Un pañuelo blanco, atado de manera de turbante le cubre por delante la frente; y por detrás el cuello, dejando las largas puntas sobre la ebúrnea espalda. Un camisón de azul listado deja al aire brazos y cuello, y, más debajo de las rodillas, deja paso a la saya que le cuelga de la cintura [...] más debajo de la cintura ciñe con un lazo abandonado el camisón de hilo, un pañolón azul de largas puntas'.
Y como Martí describe otros lugares, no usa los términos de aquel pueblo, sino un lenguaje sencillo, poético, que a todos nos llega como un paisaje a todo color, captado por su mirada panorámica, acuciosa, similar a la de su llegada a Livingstone.
Cuando Martí llega a Zacapa, encuentra que los pobladores viven del cultivo del tabaco y la fabricación de sombreros de petate, y al usar una palabra del lugar aclara su significado: '[...] éste es el patrimonio, como dice la gente del pueblo'.
Y con esta noticia aclaratoria va la base económica y el nombre que le dan en el lugar a la producción y al material del sombrero, especie de guano de palma para tejer.
Luego de un azaroso viaje en mula por lugares inhóspitos durante varios días llega a Isla de Mujeres y observa formas de transacciones comerciales comunes en Cuba y en poblaciones rurales en desarrollo en países centro y sudamericanos durante el siglo XIX, y quizás aún en algunos. Se refiere al comercio de productos de cambio en la bahía.
'Se compra aquí con huevos, se llama al aguardiente de caña habanero, se hacen frecuentemente bailes con poninas, contribución voluntaria que no excede nunca de cuatro reales, y con ellos, como en todas partes, se bebe abundante vino dulce'.
Los bailes de ponina fueron descritos por los costumbristas en Cuba como los realizados en zonas campesinas o en barrios humildes en los muelles y alrededor de la ciudad de La Habana. En éstos se vendía ponche de leche y agualoja.*
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(*) María Teresa Linares Savio es cubana, musicóloga, una de las más importantes estudiosas de la raíz africana en la cultura de Cuba.

miércoles, 3 de mayo de 2006

José Martí en la esfera de lo erótico

Por: Imeldo Álvarez García

02 de Mayo, 2006

(Cubarte).- La lectura de Martí, Eros y Mujer (revisitando el canon), de Mayra Beatriz Martínez (La Habana, 1955), ensayo que mereciera premio del jurado Pinos Nuevos, integrado por Caridad Atencio, Teresa Blanco y Jesús David Curbelo, y que la Editorial Letras Cubanas presentó en la recién concluida Feria de La Habana, constituye, sin duda, una incitante y recapituladora incursión en la visión erótica del hombre que dijera: la única verdad de esta vida, y la única fuerza, es el amor.

La autora es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad de La Habana, especialista del Centro de Estudios Martianos, coautora de la edición crítica de los Diarios de campaña martianos. Ha obtenido varios premios, como el Razón de Ser, en 1994; el Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, en 1996; y el Dador, en 2002. Se trata no solo de una tenaz investigadora del equipo que acomete la edición crítica de las Obras Completas de nuestro Apóstol, sino una periodista y editora abierta a las encrucijadas del conocimiento y la creación.

Desde la contracubierta se le informa al lector que en este libro podrá apreciar cómo “se construye, genérica y sexualmente, la imagen femenina martiana: ese moral y cívico deber ser de la mujer” gracias al análisis de los escritos públicos o privados, literarios o políticos, poéticos, narrativos, dramáticos, periodísticos y otros del genio literario y político que en su paradigmático texto “Nuestra América” dijo que en este Continente “los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales”. Es decir, de cómo Martí fue proyectando en su obra la imagen del eros y de la mujer de su época.

Para ello son “revisados y valorados el cuerpo martiano, los patrones con que él concibió la masculinidad y la feminidad – no exentos de prejuicios y contradicciones –, el papel que les asignaba a las mujeres en la sociedad, las diversas líneas ideológicas que tensaron el discurso erótico martiano”. Martí, en su Cuadernos de apuntes No.2, en torno al tópico de la recuperación de lo real mediante la reivindicación del cuerpo, escribió: “Pasión por el deber: preferencia por el martirio voluntario, esto es el alma que asciende. Lo otro es cuerpo que retiene. Esa clase de cuerpo que hay que vencer”.

Dice Mayra Beatriz: “Siendo eros, sin lugar a dudas, uno de los símbolos del tiempo – de las más significantes expresiones de cada época y grupo humano, y el ámbito por excelencia del reconocimiento cercano y del autorreconocimiento íntimo, capaz de permitir que nos observemos y actuemos al desnudo –, habría de resultar imposible desterrarlo de cualquier estudio que aborde el registro mayor identitario, dedicado, en Martí, a la observación consagrada, y a la aceptación y defensa comprometida de las culturas hispanoamericanas en general, y de la cubana en particular”.

Confieso que, desde esta perspectiva, Martí, de cierto modo, me resultaba una atracción, además de ontológica, profundamente humana. En sus provocativas percepciones preliminares, Mayra Beatriz señala que en este aspecto el gran hombre sigue siendo un desconocido. Yo, mientras penetro resueltamente en el ensayo de ella, recuerdo una frase del Maestro, tan apreciada: En el erotismo faltan dignidad y fe. Y esta otra: A nada se va con hipocresía. Porque cerremos los ojos, no desaparece de nuestra vista lo que está delante de ella. Ni calmamos lo que nos dice el corazón transgrediendo muchas veces lo que la praxis pone en la cabeza. De pronto, nos agarra, al vuelo, un criterio de Mayra Beatriz: “Martí, en la esfera de lo erótico, actuó siempre en forma muy refrenada”.

Ella explica la paradoja de quien quiso fijar las más audaces prescripciones a través de un proyecto cultural revolucionario en su sentido más amplio, capaz de incluir rupturas radicales en el plano político, económico y pedagógico, y, sin embargo, proyectó un discurso erótico que, para la época, y en general, puede considerarse conservador, al menos de modo explícito. Yo retengo y en general y sigo adelante. Reflexiono lo de al menos de modo explícito.El corpus temático me clava en la lectura porque los senderos y la necesidad de la máscara, digamos, la privación del espacio para la mujer, la afrenta y dolor del adulterio femenino, los compromisos con la vida en el espacio público, las entretelas de Lucía, la protagonista de la única novela escrita por Martí, la virgen dentro y fuera del canon, de la almohada de estrellas a boa infernal, la dislocación de los modelos, la moralidad suprema (la mujer que anima, aplaude, unge), las cartas a la madre, a la esposa, a las Mantillas...y otras derivaciones no conclusivas, en fin, la mítica leyenda y el encuentro con una visión menos legendaria. (Eva dice: Todo es Eva).

En verdad hay que darle las gracias a Mayra Beatriz por conducirnos desde los textos iniciales de Martí hasta sus días alucinantes, tras su desembarco en Playita de Cajobabo, por mostrarnos, con lucidez y ternura femenina, cómo la percepción y pensamiento del cuerpo implicaron en Martí laceración física y padecimiento existencial, insistente autocensura, sin decaer en su escritura, tan distante de los ensayos hechos con frialdad académica, no imponiendo criterios, sino buscando respuestas en forma diferente, sin plegarse a los criterios establecidos, ejerciendo su legítimo derecho.

Me detengo en cada una de las 253 notas con que Mayra ha ampliado, apoyado, enriquecido su ensayo. Notas que subrayan su horizonte intelectual, el conocimiento, variado y actual, de obras, autores y corrientes que afirman el curso de estas provocadoras décadas del siglo XXI en el campo de la cultura.

Pienso, resumiendo, que constituye una ganancia la lectura de este libro. A mí me ha ayudado a profundizar en la idea de que así debiéramos abordar otros temas y proyecciones de la vida y obra de Martí. Con amor, autenticidad y espíritu despojado de rutinas y esquemas, de cara al mañana que entre todos estamos construyendo.

Ganadores de los premios José Martí

Las Vegas, Nev.

En su 21ava. Conferencia Anual, la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) anunció los ganadores de sus primeros premios José Martí por la Excelencia en Publicación.

Se recibieron setecientas cuarenta participaciones en 6 categorías: Publicación Sobresaliente, Secciones Sobresalientes, Palabra Escrita, Diseño, Fotos y Caricaturas y Mercadotecnia.

De las 740 nominaciones, 35 publicaciones recibieron premios.

El jurado para evaluar las entradas, conformado personas ampliamente conocidas en el mundo de la prensa hispana escrita, evaluaron las participaciones en Nueva York en febrero pasado; e incluyo a: Nelson Fernández, de APCO Worldwide; Gloria Constanza, socia de CMS; Michael Gómez, de MasterCard; Angel Linares-Lugo, de People en Español; Mindy Figueroa, de Scholastic Entertainment; Gladis Roda de Rosa Public Relations and Communications; Chiqui Cartagena, Meredith Integrated Marketing; LLC y Terry Mireles, de Vigo Remittance Corp.

Lupita Colmenero, presidenta de la NAHP, informó que: “Este año hemos decidido reducir el numero de los premios y hacer que tengan un mayor significado para nuestros miembros. Hemos dado al concurso el nombre de José Martí porque él fue un hombre de letras que buscó la excelencia a través de toda su vida”. Y agregó: “También decidimos concentrar el trabajo de juzgamiento de los premios en un solo lugar y escogimos la ciudad de Nueva York por el fácil acceso a un distinguido panel de jueces”.

La Convención Anual de la NAHP se realizó en Las Vegas, Nevada, del 29 de marzo al 1 de abril. NAHP, fundada en 1982, representa a periódicos y revistas con un promedio de más de 20 millones de lectores cada semana.

La organización ha reformulado su programa de premios y ha bautizado el concurso con el nombre del renombrado periodista, héroe cubano, poeta y estadista José Martí.

martes, 2 de mayo de 2006

José Martí

2006-5-1

Por Cástulo Gregorisch

Si ocurriera el milagro
de un renacimiento,
de aquel que nació
un 28 de Enero.

Si resucitar pudiéramos
a nuestro maestro,
quién sacrificó su vida
por la de su pueblo.

Cruel cruz lleva Cuba
sobre sus espaldas,
con odiosa hoz
clavada en su alma.

La patria que sufre
hoy le necesita,
necesita un hombre
de su valentía.

No tenemos un líder
que tenga su talla,
que con entereza
se enfrente a las balas.

Alguien que nos guíe,
que nos dé la mano
para terminar
con el vil tirano.

Alguien que no aspire
a ejercer el mando,
alguien que se entregue
sin poner reparos.

Alguien que lo mueva
un gran amor a Cuba,
alguien que posea
su gran estatura.

Cuba hoy le requiere,
Cuba hoy por él clama,
¡José Martí Pérez
levántate y anda!

domingo, 5 de marzo de 2006

Entre 'Montecristi' y 'La historia me absolverá'

Sociedad

El místico del ángel, de Víctor Patricio Landaluze

El místico del ángel, de Víctor Patricio Landaluze.

Desde hace poco más de dos lustros, un grupo de profesores universitarios que trabaja fundamentalmente en Estados Unidos (entre ellos Aline Helg, Alejandro de la Fuente y Ada Ferrer), vienen levantando una imagen —están convencidos que destruyen otra falsa— con respecto a José Martí y sus posturas en torno al problema racial cubano. Junto con ciertos círculos académicos, estos autores, que llamaremos cubanistas, han recibido la complacencia de más de un auditorio, de más de una publicación.

Martianos reconocidos en Cuba y otros países no han iniciado, que sepamos, una polémica en la que tienen todas las de ganar. La excepción, Jorge Ibarra, se centra en comentar el denominado "mito de la democracia racial", aunque exige se fundamente el acatamiento a tal ideología.

El mito, en esencia, negó la discriminación y obstaculizó la formación de una conciencia colectiva de la explotación a que eran sometidos los negros, a quienes busca mantener en subordinación. Un maestro del tema como Carlos Ripoll, jubilado pero en efervescencia creadora, enfrenta quizá asuntos más estimulantes que polemizar con estos cubanistas. Pero Eduardo Lolo, cuyo ensayo sobre La Edad de Oro es lo más sagaz que se haya escrito al respecto, señala que la igualdad y el antirracismo vertebran los cuatro números de la revista celebrada.

Con opiniones similares a franceses como Paul Estrade, Juliette Oullion o Jean Lamore, imagino que expertos como Juan E. Mestas, Fornet-Betancourt, Miguel A. de la Torre y otros, lean a los cubanistas y hasta sonrían, pues no falta la que aseguró que el antiesclavismo de Martí fue desestimable.

De acuerdo con Mestas, "en muchísimas ocasiones condenó Martí las desigualdades sociales basadas en las diferencias de raza o de color". Fornet-Betancourt agrega: la defensa del negro se convirtió en una de las preocupaciones centrales de su vida y su obra. Y Cintio Vitier da cuenta de su antirracismo radical, a poco de que el puertorriqueño Maldonado Denis se atreviera a titular "Martí y Fanon" uno de sus ensayos.

De la Torre coloca aquí y allá aclaraciones que por su carácter puntual no alcanzan a abrir una discusión. Para este autor, experto en análisis de raza, género y teoría postcolonial, Martí fue contra su propia blanquedad —acentuó que los españoles venían de sangre mora y cutis blanco (VIII:336)— para crear una Cuba libre de estructuras socioraciales, y añade que se opuso al blanqueamiento de la sociedad cubana, estrategia que venía incubándose desde Arango y Parreño y su discípulo José Antonio Saco, y no dejó de aplicarse en la República.

Aplaudido en Estados Unidos y otras latitudes por los mismos textos que critican nuestros cubanistas, a Martí se le ha ido transformando en un personaje informe, inexplicable, un ente que, si pensamos en los cerca de 35 tomos que tendrá la edición crítica de sus obras completas, lo mejor parecería olvidarlo y que se diga de él lo que a cada cual convenga.

Leer a Martí

Esto de la extensión de la obra de Martí es muy importante, ya que para enterarnos de sus ideas sobre la dinámica racial en Cuba hay que leerlo todo, resultado de sus cavilaciones incesantes. Los cubanistas, sin embargo, encontraron una solución vía rápida, expedita, que en menos de media hora lleva a destino. Alguno decidió, leyendo una compilación que data de 1946 (La cuestión racial), que allí estaba el resumen salvador y disfrutó en llamarlo "good compilation" y, en su tesis de doctorado, "compilación útil". La realidad, empero, es otra. El prontuario es pésimo y faltan galerías completas de la obra del político antillano.

Si la porción cubana de su quehacer aparece fragmentada, están ausentes las cartas (cinco gruesos tomos, ya compilados aparte), sus apuntes (por cerca de dos tomos), y faltan, muy enfáticamente, las Escenas Norteamericanas (cuatro tomos). Habría también que enlistar sus diarios, un grito desde el arte, desde la pintura en palabras, contra la colonización del cuerpo del negro y ámbito donde palpita la más cumplida resistencia de toda nuestra literatura contra el predominio del canon de belleza occidental.

Y no hablamos de La Edad de Oro, donde hasta un negro desnudo es bonito, y nada casualmente observado, en la ilustración de un libro quizá de antropología, por una niña blanca, la "Nené Traviesa". "La Muñeca Negra" es oriunda —y la atmósfera recreada merodea por todo el cuento— de la esclavitud estadounidense, de "La cabaña del Tío Tom", del cual Martí captó, a propósito, sus "flaquezas". Tampoco nos referiremos a numerosos textos encontrados después de 1946.

Precisamente de su mansión estadounidense extrae Martí lo más pujante de su meditación cubana. Hay que destacar el conocimiento de primera mano de las realizaciones de la Reconstrucción en favor del negro, y de su historia, así como de la corriente emigracionista, que perturba hasta Malcom X. La reacción sureña no ha cercenado los beneficios de la Reconstrucción cuando el conspirador llega a Nueva York para su escala más dilatada. Van Den Berghe rubrica que la Reconstrucción es lo más cercano a una revolución social en la historia de Estados Unidos.

En una crónica, por ejemplo, describe Martí la votación en Kansas de hombres y mujeres de raza negra. Esto era uno de sus sueños en Cuba, y lo reverdece cuando ataca a políticos en la Isla "entretenidos sobre el derecho del negro al voto", y establecía a su compatriota de manera tajante: "quien fue bueno para morir, es bastante bueno para votar" (I:338).

No resulta casual que Frederick Douglass fuera designado embajador en Haití después de otro afroamericano, Ebenezer D. Bassett, y que Martí escribiera también sobre jurados integrados por negros en Estados Unidos, entre muchos tópicos raciales en ese país. Negros en el servicio diplomático y jurados con su presencia, tema abordado por Rafael Serra en la república, nada casualmente se convirtieron en demandas del Partido Independiente de Color (PIC).

Pero a partir del folleto (la "good compilation") brotaron ideas por lo menos extravagantes: 1) Martí no distinguió las razas en Cuba. 2) Además de ambiguo, decidió rehuir el problema, dar las razas por trascendidas. 3) Calló, "silence about race", dice una doctora, y otro estampa en la tapa del libro en español de su tesis de doctorado y no en el cuerpo del estudio, el vocablo excommunicatio, utilizado en un artículo previo en relación con Martí. Según estos autores, además, el poeta puso las primeras piedras del mito de la democracia racial, entre otras graves equivocaciones.

Desde luego que semejantes postulados derivarían —en Alejandro de la Fuente— hacia afirmaciones en las cuales el bardo legitima un discurso fundacional hegemónico. Las conclusiones de estos catedráticos provienen de la particular interpretación de unas cuantas parcelas martianas, que brindan despojadas de contexto y detalle histórico. Pero sobre todo no tratan de leer a Martí con los ojos de los negros y blancos del siglo XIX, sino desde sus deseos precocidos en las postrimerías del siglo XX o en los albores del XXI. Por cierto, que determinados desenfoques —y hasta un párrafo arbitrariamente talado— se los copian dos de ellos, respecto a Martí, con lamentable despreocupación.

Hagamos una pregunta, tal vez lógica. ¿Cómo logró este hombre convocar a los negros para la guerra —desde 1886 la esclavitud está abolida—, si ocultó y menoscabó un problema vital para el isleño de linaje africano, la igualdad, cuya búsqueda, en última instancia, lo llevaría otra vez al combate? ¿Sobre qué base convenció a José Maceo para que regresara a la contienda en 1895, cuando ni su hermano Antonio pudo?

José fue uno de los oficiales que sufrió humillantes discriminaciones durante las guerras de independencia. A este hijo de Mariana le fija en una carta: "en todo como en todo, seré su defensor" [contra los racistas desde luego, III:333], y a Serra: "Todo lo que yo consiga, ¿no es para Ud. —y para Uds.?" (XX:435).

Se estableció, en fin, entre Martí y los negros un compromiso, una negociación no firmada, para cuya ilustración sin rendijas no tenemos espacio, pero que hincaba su pilar en la lucha conjunta por la igualdad. Por su humanidad y patriotismo, pero también por esa negociación, llegó Martí tan lejos en estos contenidos.

Las relaciones raciales y la igualdad constituyen el argumento más desarrollado por el político habanero después de la independencia. No es una conclusión nuestra. Antes de la emancipación sin peligros de los componentes de geografía e historia que estorban la marcha libre de Cuba y de solventar el conflicto entre las tendencias dictatoriales y democráticas, otorga prioridad a la tarea de "acomodar a las razas diferentes" que pueblan el país (I: 21-22).

Una salvedad. Martí no suele ser el eje de los estudios más importantes de los catedráticos que provocan este artículo, pero por su trascendencia en la historia de Cuba debieran otorgarle más tiempo de reflexión. En los temas esenciales de sus investigaciones suelen ser rigurosos y certeros.

Un Manifiesto

Vamos a abordar, de manera muy sucinta, el tratamiento del negro en el Manifiesto de Montecristi, un documento programático escrito por Martí para dar a conocer al mundo la sustancia de la revolución que se iniciaba y cuáles eran sus expectativas, razones y problemas. Para De la Torre, este documento es el único de su tipo en el hemisferio occidental que menciona a los negros como una fuerza positiva en la sociedad.

Martí refiere aquí la mentira que formulaba a la raza negra como un peligro de dictadura, lo cual el poeta deprecia como "temor insensato" que en el fondo pretendía abortar la guerra. Y un poco más allá afirma que cubanos hay ya "olvidados para siempre del odio en que los pudo dividir la esclavitud".

He aquí un deseo de Martí y no una realidad. Pero los lectores de su tiempo conocen estas manifestaciones del poeta, sus debe ser, sus ilusiones con verbo en presente. Si este tipo de declaraciones disgusta a los cubanistas, sin duda que desde mucho antes de 1895 se habían hecho tan comunes entre sus lectores, que no había isleño que lo leyera o escuchara y no supiera dónde había que pararse y qué entresacar de la conjunción de idealista y hombre práctico que cifra a Martí; dualidad frecuentada entre otros por Manuel I. Mendez, Nöel Salomon y Le Riverend.

Revísense los artículos de Rafael Serra, uno de los más cercanos amigos de Martí, y se verá cuáles porciones de su obra selecciona y se reconocerá por qué a uno de sus periódicos le llamó La Doctrina de Martí. ¿Quién inspiró y qué ideas refleja, por otro lado, La república posible? Este opúsculo es el más brillante homenaje que se haya rendido jamás al antirracismo martiano. Y Serra fue, sin duda, el líder negro más radical desde finales del siglo XIX hasta 1909, en que fallece. No sin perspicacia dice Aline Helg que fue Serra quien mejor articuló el desafío contra la ideología dominante. Olvida sin embargo que tal desafío se redondea a través del poeta.

El tabaquero y autodidacto divulgó bases teóricas —de resistencia pacífica martiana desatendidas luego—, en momentos en que cuajaban los ánimos para la fundación de lo que sería el PIC. Serra mantuvo relaciones de amistad con Evaristo Estenoz y con otros dirigentes negros. Recuérdese que resultó electo en dos mandatos a la Cámara.

No por gusto Michelle Van Beusekom plantea que el olvido de la obra martiana durante la República es un mito entre los estudiosos, y añade que su pensamiento jugó un gran papel durante los primeros años de la República entre los cubanos que se hallaban con él en Estados Unidos y luego fueron a Cuba. Entre aquellos isleños están Serra y otros negros exiliados. Hugh Thomas asegura que Martí y Maceo eran los horizontes ideológicos de los Independientes, y Fernández Robaina corrobora la presencia del Maestro entre ellos.

¿Por qué habla Martí en el Manifiesto de subordinados generosos en la guerra de 1868? Generosos porque eran mayoría y no intentaron prevalecer sobre la revolución. Nace también de la actitud no confrontacional de casi todos los negros ante los oficiales y políticos racistas. Estos son los que el poeta cataloga de "revolucionarios señoriales", que "echaron en brazos de España más guerrilleros, en el desconsuelo de una aspiración engañada, de los que se ganó por la paga o el terror" (III:351-52).

A quién más que al negro afecta este desconsuelo. De los revolucionarios señoriales recordará, además, sus manos extraviadas (IV: 204). Eran aquellos que querían continuar tratando a los negros como esclavos, sostiene Rebecca J. Scott, que, aclaro, no asume las ideas de los cubanistas mencionados.

Y habría que preguntarse también por otros significados de la subordinación. En la guerra, desde el punto de vista militar, subordinarse implicaba amor a la causa por sobre todas las cosas, pues las indisciplinas abrieron el camino de la traición y la paz. A los cubanos —escribe el poeta— no les quitaron la espada, la entregaron (IV: 248). Para Antonio Maceo, el Zanjón fue lisa y obviamente una rendición.

Pero sucede que el Manifiesto apenas hay que deshilarlo. La subordinación generosa se extiende aquí en una frase sólo igualada por el propio Martí: "En sus hombros [los del negro] anduvo segura la república a que no atentó jamás". Si Philip Foner cuenta al racismo entre las causas de la derrota, y un libro publicado en Cuba en 2004 admite sus nefastas consecuencias para la independencia, Martí está diciendo que fue principalmente la hegemonía la que provocó el desastre que culminó en 1878. Se produce así una conexión, por encima de seis décadas, con una idea de Walterio Carbonell, quien afirmó que la masa esclava fue la masa líder en la guerra. Martí entrega el sentido exacto de ese liderazgo, en la masa negra.

Y en qué estado andaban las relaciones sociales, según el Delegado, en esos momentos. Las relaciones sociales tropiezan, son ásperas y nuevas, "consiguientes a la mudanza súbita del hombre ajeno en propio". La tercera guerra es también necesaria para que ese hombre pase a ser lo que denomina, respecto al poblador autóctono norteamericano, "creador de sí" (X:373), que adquiera "personalidad propia" y conciencia de haber "hallado en sí la dignidad humana" (VI: 265), lo que el catedrático chileno Carlos Ossandón llama, en texto sobre el cubano, el sujeto como valioso para sí.

¿Y no fue el PIC la herramienta política de un grupo que se convierte en creador de sí? Señalando el caso de Ricardo Batrell, comprende Fernando Martínez que la guerra lo hizo crecer, enorgullecerse, exigir igualdad, sentirse caballero e identificar a potenciales enemigos.

Si ya habló Martí del odio, volverá sobre él en el Manifiesto: "Sólo los que odian al negro ven en el negro odio". Vale lo que una simpleza expresar, como se ha hecho, que cuando en Nuestra América niega el concepto de raza (lo vuelve a hacer en XXVIII:290), está negando el odio o la discriminación. Estos proceden del campo de los prejuicios sociales y no de divisiones que para él no existen, biológicamente hablando, al igual que para la ciencia de la globalización.

Si el odio y la discriminación son falsos, a qué responde cuando, un año después de Nuestra América, en crónica descubierta por Ernesto Mejía Sánchez, describe la quema de un afroamericano en un pueblo del sur estadounidense, corolario en el corpus martiano de la violencia en esa zona, donde el sol se alzaba cada mañana sobre cadáveres de negros (XI:264).

Alicia Ríos discurre que según Martí las razas biológicas no existían, aunque sí con la perspectiva del oprimido, del esclavo. Es su respuesta a Sarmiento, con quien indudablemente dialoga en este texto. Y el autor de The Invention of Argentina, Nicolás Shumway, sostiene: "Martí dice que no hay razas, no dice que la idea de raza es una construcción histórica como diríamos ahora, pero afirma que la idea de raza es algo artificial y que vemos razas porque queremos ver razas". De la Torre le pone corona a la inhabilitación martiana del concepto: es una construcción social a través de la cual un grupo oprime a otro.

Martí estuvo muy al tanto, por otro lado, sobre lo que define de "ciencia superficial" sobre los seres humanos, con ancho despliegue entonces. Esta pseudociencia pretendía —y perfila de esta manera el siglo del biopoder que indaga Michel Foucault— "la justificación de la desigualdad, que en el gobierno de los hombres es la tiranía" (XXI:431). No hace mucho se descubrieron documentos que llevaba al morir. Cargaba notas sobre antropología física. En tal envergadura, le importó un asunto no develado hasta hoy en sus pliegues difíciles y sus honduras.

Un clásico como Pierre-André Taguieff subrayó en La force du préjugé que la deslegitimación biológica de las razas constituye sólo un frente de la lucha contra la discriminación, pues los otros frentes se encuentran en lo político y social. Exactamente eso representó para quien me gusta llamar, cada vez con mayor orgullo, Apóstol. Y que conste que yo soy negro.

Derechos medulares

En un apunte donde revela su actitud en el caso de que una hipotética hija suya se enamorara de un hombre negro —documento que por alguna taimada razón se mantendría sin publicar hasta 1978—, manifiesta Martí "la oposición y repulsa general, y los prejuicios sociales, odios a la juventud y la mujer, que el problema negro implica". Y si esa hija se enamora de alguien de epidermis oscura: "Yo sé que tendría la sensatez y el valor de afrontar el aislamiento social".

Se ha criticado el pensamiento martiano que suscribe que la generación revolucionaria de ascendencia europea liberó al negro —algo que por demás es historia—, pero se desconoce o no se comenta que también exclamó que el hombre del Congo y el de Benín defendía con su pecho a los hombres del color de sus tiranos, a los que habían sido sus tiranos (IV:237). Y en otra espesura de su obra recuerda al campesino negro que vuela a su rifle, con el que jamás en diez años hirió a la ley, y mira con amor al hombre de tez de amo que marcha a su lado o detrás de él, defendiendo la libertad (IV:153).

Y si critica a España y al segmento blanco de la sociedad por decretos civiles incumplidos, los mismos le sirven como pretexto para indicar que "sin el interés fraternal [por la independencia] de nuestros libertos que, a no ser tan nobles como son, y hombres de tanto fuego y libertad como nosotros, podrían seguir con más agradecimiento, en su afán de legítima mejora, al español aleccionado que se la ofrece, que a los cubanos incapaces que los desdeñan" (IV:243). Junto al relato que se dice inventó Martí de la nación, late sin duda otro de muchísimo interés.

El derecho de los cubanos de piel oscura tiene su zona en el Manifiesto. En el tan mal leído artículo Mi Raza, de apenas dos páginas y media, la palabra derecho, medular cuando se escribe del tema, se repite en 13 ocasiones. Lo que se agita en la circunstancia de Mi Raza son gérmenes de violencia en la comunidad cubana asentada en Estados Unidos, que ya habían enseñado la oreja entre el mambisado.

A finales de 1888, Martí ha condenado en carta al general Emilio Núñez que a los "negros se les dice poco menos que bestias" (I: 227), y estos, desde luego, se defienden. Téngase en cuenta que Guillermón Moncada, al frente de un grupo de oficiales negros, quiso excluir a los blancos de sus tropas, acción que Antonio Maceo denunció ante el gobierno. Y esto evidencia el puente de tragedias en que Juan Marinello atisba al Titán.

En 1895, casi en los portales de la guerra, Martí vuelve a encarar a la élite desde el Manifiesto, y acuña que en la república el negro gozará la "posesión de todo lo real del derecho humano". Tantas veces habla del derecho humano para los cubanos de sangre africana, que hice un inventario. La escritura martiana —dígase ya— es una auténtica contrahistoria, para utilizar un término foucaultiano.

Convendría precisar que más de un decenio antes de que el ilustre W.E.B. Du Bois dijera en The Souls of Black Folk su famosa frase en torno a que el siglo XX sería el del problema de las razas, ya Martí había expresado sobre el afronorteamericano: "¿A qué la escuela [con profesores blancos] donde le enseñan que nació para ciervo por el castigo del color, y que jamás podrá gozar en su suelo nativo de los derechos plenos de hombre?" (XII:336).

Y en otra esquina coincide en que en todas partes protesten los negros contra quienes agreden a las parejas mixtas (XI:264), contra la segregación en definitiva. ¿Por qué, si muestra su acuerdo en Estados Unidos, iba a enarbolar una actitud contraria, por ejemplo al PIC, siempre y cuando la protesta de éste contra de la discriminación fuera de carácter pacífico, como en la interpretación de sus ideas propusiera Rafael Serra?

Cotejar al dúo Martí y Serra con Mahatma Gandhi, quien plasmó en la práctica la resistencia pacífica, arroja que ambos llegan a adelantársele teóricamente. La biografía sudafricana de Gandhi se resuelve contra la opresión que sufría allí la comunidad india. El Mahatma descubre, en su oposición a la discriminación racial, un nuevo tipo de resistencia que posteriormente aplica a la libertad de su patria. Si la aseveración anterior, si el adelantarse promueve sonrisas suspicaces, bastaría leer La república posible o el artículo del 15 de octubre de 1904 en El Nuevo Criollo, que, desde luego, son posiciones que se sustentan desde antes, desde el XIX.

En ellos discierne sobre una "lucha" impulsada por "riguroso enfado" como causa de la "absorción de derechos", pero que será "ordenada y visible", "dentro de la justicia y la ley", es decir, pacífica. Y va más lejos Serra, pues antevé el error del PIC y señala tanto la "peligrosa rebeldía" [armada] como al no menos peligroso "retraimiento". Dice Serra que "la obra de la conquista del derecho ha comenzado", que los "activos elementos populares", aquellos que "no tienen pasaporte de estirpe", "se entienden y se ponen de acuerdo".

En el periódico Patria ya había dicho Martí, por su parte, que Rafael Serra "ha sabido salir puro, sin ceder ni odiar, de las afrentas de la esclavitud" (V:202), y agregaría al amigo en una carta: "No se canse de defender, ni de amar" (XX: 473). Y también asentó: "el derecho pedido a su hora y en su medida por quien no lleve cara de cejar, descorazona y conquista a los mismos que más quisieran oponérsele" (II:26).

La hora arribaría con la república y la democracia, y con lo de la "medida" riposta a los que pregonan que el negro pretendía apropiarse del país. Este es el rostro verdadero de Martí, el que los negros de su tiempo supieron aquilatar y hacer suyo, muy diferente del querubín manoseado por el discurso de más de un siglo y que ahora se confunde y repinta, con otros tonos, fundamentalmente desde la cátedra norteamericana.

Todos en la circunstancia martiana percibieron que él se hallaba entre "los que están prontos a morir por el derecho del hombre, sea negro o blanco" (IV:436). No hay que titubear en que la posibilidad de morir cuenta entre las expectativas de la organización y movilización política, vital en la teorización democrática en nuestros días. A la guerra pacífica, de día y de noche, que elogia en el periodista ecuatoriano Federico Proaño (VIII:257), se agregaría "el remedio blando al daño" en la dinámica clasista.

El Delegado exhortó a enseñar este tipo de solución no violenta (IX:388). Ariel Hidalgo rondó esta propuesta en Martí, aunque en contra de una dictadura. Verdad que Juan Mestas no se propone penetrar en la resistencia pasiva, pero entrega, como ningún texto hasta el presente, la quintaesencia de esta previsión. El carácter pacífico de la protesta en Martí "es de método", caracteriza Mestas.

A pesar del espacio muy ceñido con que contamos, está aquí el caldo de la desobediencia civil. Pero no olvidemos que la mina es sin acabamiento, al decir de la Mistral. A su amigo negro Juan Bonilla, su alumno en La Liga neoyorquina, le desnuda Martí que la guerra próxima, que los tiempos que viven, "no son más que los preliminares de una gran campaña, de una campaña redentora y activa, y tal que después de ella los malos nunca se atreverán a serlo tanto" (XX:424).

En materia de discriminación, Serra interpreta y trae a la república a Martí, y clava la expresión primera de esta veta del Apóstol sospechosamente ausente —hoy y siempre— de las librerías.

Serra, sin duda un prócer, concretó: [Martí] "nos enseñó a ser indóciles contra toda forma de tiranía, contra toda soberbia". Juan Gualberto Gómez escribió que el poeta que recoge los sufragios unánimes de los lectores de La Igualdad, cualquiera que sean sus opiniones, es el Martí amigo de los negros; el celoso de la libertad, del decoro, de la cultura y la dignificación del cubano de color. Y Antonio Maceo, haciendo gala del talento que el poeta le atribuyó incluso por encima de la capacidad del guerrero, lo recortó en su silueta primordial: [Martí] "con su cerebro iluminador despeja las sombras que dejó la esclavitud a nuestro pueblo".

A pesar de la unión imperiosa para la guerra, no esconde ni enmudece, sino que califica, y con adjetivos muy duros, tales como necio, ignorante, incauto, desdeñoso, incapaz, imprevisor y cobarde, al racista cubano, "temeroso muchas veces, aunque por pura ignorancia y sin razón, del adelanto de la raza negra" (III:28). Martí puso en peligro su ascendencia sobre la población blanca, a pesar de que ello podía conducirlo a la derrota irreparable de sus más caros sueños.

Leer completo al político isleño permite verificar cómo va dejando atrás incoherencias, cómo se sacude las influencias de un siglo tan determinista como el XIX y cómo se enriquece y crea. El ejercicio de la acción afirmativa puede únicamente producirse en democracia, entiende el poeta. Tal camino, más que entreverlo, lo presagiaron José Iglesias y Octavio de la Suarée. Una justicia social sin precedentes funciona en su escritura.

Más allá de la solidaridad tantas veces manifiesta en su biografía y su palabra, y que él suele llamar amor, puede sostenerse que sus acercamientos a la desobediencia civil y la acción afirmativa nacen de su clara conciencia de que en la república resurgirían los reclamos de clases y grupos, de aquellos cuyas necesidades aguardaban, durante siglos, soluciones. El avizorar persistentemente el país, removido el colonialismo, no se reduce a la satisfacción por el fin del esfuerzo bélico, pues la revolución verdadera se iniciaría en la libertad, como le ha dicho a Juan Bonilla. Él piensa "para ahora y para luego, que es como se debe ver en las cosas de los pueblos" (I: 181).

Se ha promulgado mil veces que su genio se consagró en "los preliminares", en el "ahora". No. La más genuina genialidad política de Martí late sobre una Cuba que, una vez expulsada España, no será para los pobres, ni estos tendrán preponderancia en la nación por la que se han sacrificado como ningún otro sector (IV: 209). A partir de esta convicción —una de las sinceridades más ásperas de su vida y que parece ir incluso contra sus propios esfuerzos—, medita las luchas venideras, la desobediencia civil y la implementación de la acción afirmativa.

La historia me absolverá

La historia me absolverá es también un documento programático, donde Fidel Castro cree vislumbrar económica, social, política y moralmente el futuro de la república, y analiza, también en esos aspectos, el pasado y presente.

Hijo de múltiples versiones —fue pensado, repensado, transformado y rescrito nadie sabe cuántas veces, subraya la biógrafa Georgie Anne Geyer—, resulta verdaderamente alarmante que en sus numerosas páginas, si se compara con el puñado de párrafos del Manifiesto de Montecristi, no se haga alusión una sola vez al problema de las razas en Cuba, ni se mencionen, absolutamente nunca, las palabras negro, discriminación o prejuicio. Con razón, autores como Enrique Patterson y Francisco León aseguran que las medidas populares de la revolución no se concibieron pensando en los negros y mulatos, o estos no tuvieron la prioridad.

Si Martí ensambla y desensambla el tema —sin exceptuar sus renglones sexual y psicológico—, Castro se refiere a él cuando no le queda más remedio y preferentemente ante auditorios extranjeros. Basta señalar que durante casi cinco lustros, la discriminación en la Isla se decretó fallecida, un deceso del cual se exponía el sarcófago mas no el cadáver.

Y esto, después que Martí afirmara que era de provecho hacer público el tema y, en una de sus fierezas, asegurara en Patria que se debía "censurar a los que quieren hacer de su diferencia de color, sofocando acaso un bochorno cobarde, el instrumento de su poder o de su beneficio" (I:338). Uno de los objetivos de Fernando Ortiz en su ensayo Martí y las Razas reside en anotar ocasiones en que el poeta explicita la necesidad de hablar sobre la discriminación.

Tal vez algún cándido presumió que Fidel Castro extraería lecciones del libro de Carlos Moore (Castro, The Blacks, and Africa) y evitaría reiterar posturas que en dicho estudio, publicado a finales de los ochenta, se le critican. Nosotros decidimos seguirle la pista a las ideas del caudillo en el siglo XXI, tres lustros después que admitiera que en la Isla la discriminación era un hecho.

Para concluir, sólo pondré un ejemplo. El 8 de septiembre de 2000, en Riverside Church, en Harlem, refleja el tamaño de su ignorancia o toda la profundidad de su desvergüenza y dice, en contra no ya del criterio de la ciencia antropológica en Cuba, de un informe de 1997 de La Habana a un foro de la ONU, de la estadística y de la lógica misma, que los negros y mulatos en la Antilla son minorías étnicas.

Pero como las presunciones, imaginaciones, prejuicios y deseos de Castro nacen compelidos a exhibir respaldo en la realidad, después de tres años de efectuado el último Censo de Población y Viviendas, éste cuenta —claro que es un hecho narrativo— que los negros y mulatos se reducen a poco más de la tercera parte del total de cubanos en la Isla, aproximadamente la misma proporción que en 1900, pero cuando cerca de un millón de personas, generalmente de raza blanca, ha abandonado el país.

El Manifiesto de Montecristi y La historia de absolverá son, pues, dos polos. Por haber llegado a la conclusión de que la vida es una guerra —y de esto saben Ripoll y Jorge Valls—, fue Martí un hombre de amor. Sus continuos escalamientos lo convertirían en anticipador de figuras como Mahatma Gandhi y Martín Luther King Jr. Como ellos, es también un valor ético, apegado al principio de liberación de los oprimidos. Su amor por todas las criaturas humanas y la rebeldía que le infundió a ese amor, es su fuerza más consistente. Si los hombres echáramos los corazones a rodar, como él dijo, quedaría hecho el mundo.

miércoles, 1 de marzo de 2006

A propósito de una polémica

Gracias a la gentileza de Mercedes García, Directora de Bitácora Cubana, tuve ocasión de conocer y de estar al tanto de una polémica entre varios intelectuales cubanos a propósito de José Martí.

Él documento que dio pie a posteriores reflexiones fue un artículo de Carlos Alberto Montaner titulado "La mitología política en el culto a Martí" que, con ligeras modificaciones, fue expuesto por el intelectual cubano en sus palabras de apertura en un Congreso realizado en Miami. Estas palabras fueron recogidas bajo el título de "La segunda muerte de José Martí", y es la versión que he publicado aquí atendiendo a las referencias que hace Ripoll en su artículo.

A continuación he reproducido el artículo de Carlos Ripoll titulado "Martí no ha muerto" en el que cuestiona y critica varios de los planteamientos de Montaner.

Finalmente reproduzco el artículo de Emilio Ichikawa titulado "Muerte y muertes de José Martí" con interesantes reflexiones sobre Martí y los trabajos anteriormente citados.

Muerte y muertes de José Martí

Emilio Ichikawa.
Febrero-2006

El Sábado 11 de febrero (2006) el periódico “El Nuevo Herald” de Miami publica un artículo “representativo” del Sr. Carlos Ripoll titulado “Martí no ha muerto”. Representativo en el sentido emersoniano; un texto que resume un tiempo, una época. Una época que, si no es ya arcaica, al menos representa un espíritu que hemos buscado superar.

No hablo aquí de política sino de estilo de pensar, incluso de léxico. Es más, tan distanciada está nuestra consideración de lo esencial político que, en lo que busca resaltar, observo a Carlos Ripoll más cercano a Cintio Vitier, un ideólogo en sus antípodas, que a otros estudiosos de Martí que comparten su exilio.

Ripoll es, como muchos especialistas saben, uno de los grandes conocedores de Martí. Y digo “especialistas” con toda intención, pues no sé si tal conocimiento es del dominio de esa gente común que, como diría el propio Martí, sostiene esta tierra. Su archivo es legendario entre los investigadores del tema, y se asegura que siempre tiene alguna frase a mano, una cita exclusiva, para desmontar cualquier interpretación inconveniente. Los medios más prestigiosos le conceden dicha autoridad, por eso aparece casi siempre, como ahora, corrigiendo afirmaciones, enmendando la plana a los perplejos, cronometrando fechas, ajustando credos. Ripoll tiene convicción martiana, sin duda alguna; mas no sé si a esta altura posee curiosidad, tentación, martiana sencillez.

Este posicionamiento rectoral en torno al legado martiano determina muchas veces (como en Vitier) el tono didáctico de sus escritos, la intención escolar y hasta esa irritación explícita que tan incómoda hace su lectura. Pero veamos en detalles el artículo de Ripoll que es ante todo el resultado de una mezcla conocida: por una parte, la suficiencia martiana, por otra, la incomprensión radical de la sociedad cubana emergida de los eventos de 1959. Evito decirle revolución o tiranía y brego en perífrasis. Por ahora.

El propio título del artículo, “Martí no ha muerto”, es de carácter fideísta. Ripoll lanza una aspiración romántica “prewertheriana” contra el sentido común. ¿Con qué objetivo? Pues con el no muy noble propósito de insinuar, ya que no una falla cronológica (el erudito puede al menos conceder que sabemos que Martí murió el 19 de mayo de 1895), sí una insuficiencia moral: hemos dejado morir a José Martí. La culpa otra vez, nuevamente, siempre nuestra culpa.

La primera oración es ya como para ponerse a la defensiva: según Ripoll quien habla en Cuba, o de quien se habla en Cuba, tiene una cuestionable relación con la justicia y la libertad. O ha hecho alguna concesión porque de lo contrario, piensa el articulista, estaría condenado al silencio. No toma en cuenta que, así como él mismo tiene lectores y hasta seguidores que le admiran el tono grave por simple simpatía grupal, hay otros escritores cubanos, de dentro y de fuera, que conectan con un público por simpatía epocal, por formas (cierto que a veces muy singulares) de entender la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, que es lo que Octavio Paz llamaba civilización. Hay gente muy honesta que habla y publica en Cuba. Incluso sobre Martí.

Dice Ripoll que “en Cuba han sometido al silencio a Martí”. Analizada en toda su exactitud esa afirmación es falsa. Si el estudioso hubiera interpuesto un adjetivo a “silencio” o a “Martí”, si hubiera dicho, por ejemplo, que “en Cuba han sometido al silencio al `verdadero` Martí”, entonces su sentencia pasaría como aceptable. Por lo menos transferiría la discusión a las nebulosas áreas de la interpretación, salvando así su crédito. Pero tomada literalmente, es una equivocación: Martí ha hablado mucho en la Cuba de Castro, ha hablado demasiado. Le han hecho decir todo, lo han forzado a opinar de cuanta fantasía ha brotado de la descomunal imaginación política del tirano. Martí carga un niño en el “protestadero”, los libros de cocina hablan de sus descubrimientos gastronómicos y hasta los ingenieros le han colocado frases en la pantalla de los televisores Panda fabricados en China y ensamblados en la isla.

En cambio, sí adjetiva Ripoll cuando debe referirse a las ediciones martianas. Sabe que el castrismo se ha cuidado mucho de asir demagógicamente el legado y para ello, entre otras cosas, ha publicado millones de páginas. Páginas que con alguna razón y todo el derecho no satisfacen al articulista porque no incluyen una “antología seria” ni una “somera biografía”: pero dónde, o mejor, quién radica lo “serio” o lo “somero” de un libro. Crear un poder epistémico con atribuciones para determinarlo, así esté presidido por el mismo Ripoll, es reincidir en autoritarismos. La crítica, igual que en sus virtudes, debe ser libre en sus errores. Y Martí deber ser objeto de esa crítica. A la discusión en torno a Martí no se debe ir con más autoridad que el ejercicio sincero del juicio.

Por demás, filosóficamente hablando, el preámbulo de la Constitución que refiere Ripoll ni siquiera es cínico: es a-moral, a-jurídico, políticamente descarado.

Calificar moralmente la elección de un tema sí es autoritario. Tenemos miles de ejemplos al respecto. La ciencia, como se sabe, está sujeta a fuertes presiones políticas y sociales, pero esos influjos se dan de forma indirecta, sutil. De ahí que el investigador deba hacer un esfuerzo para descubrir los nexos. Max Scheller, en su libro “Sociología del saber”, introdujo un capítulo sobre la “Sociología de la metafísica”; por tanto, si la metafísica está sometida a sobredeterminaciones, ¿qué podemos esperar de otras disciplinas (como la historia) tan ligadas a los intereses políticos y la consolidación o destrucción de las naciones?.

Pero lo que hace Ripoll nada tiene que ver con sutilezas; acusar de “maldad” un ejercicio intelectual es partir de la consecuencia, es preavisar una conclusión que busca imponerse prescindiendo del razonamiento que debe conducir a ella. Por demás introduce la idea del exilio como una zona de asepsia política y moral (donde no deben ocurrir estas “maldades”) que nada tiene que ver con la comunidad exiliar real. Acaso con la que Ripoll imagina, pero no con la que día a día acumula y sobrevive; espera y desespera.

El exilio puede ser tan perverso como la sociedad cubana de la isla porque básicamente lo conforman las mismas gentes que vivían allá; nadie sufre una metamorfosis radical por haber viajado más de 90 millas o por haber durado más de 70 años. Y esto lo digo incluso incordiando con el propio Montaner, quien confía en la capacidad de rectificación radical que la racionalidad puede operar sobre las personas. El ser humano, después de los tres años, es una sagrada continuidad.

Lo que ha tenido Ripoll con el texto “La segunda muerte de José Martí” de Carlos Alberto Montaner no es una diferencia sino un desencuentro. El erudito persiste en pensar con su propio léxico, poniendo y componiendo sus sanos prejuicios; está encerrado en sus propios límites sin comprender que hay también legítimos límites de otros, un nuevo vocabulario en que un grupo exiliar trata de expresarse; de pensar y traducir sus inquietudes intelectuales entre las que no solo está la obra de Martí, sino incluso la imprescindible obra que acerca de su legado acumula el mismo Ripoll.

A diferencia de Ripoll, Martí fue sensible a las diferencias de tiempo y no se dejó cegar por celos, ni lo angustió la novedad, ni calificó a los aparecidos como advenedizos. Le celebraba a una amiga “el abanico coqueto” o “el corpiño atrevido”, pero igual se inclinaba ante el acero del paso a Brooklin o la velocidad de Manhattan. Ripoll, en cambio, parece hasta disgustado con el texto que considera; su texto regaña, alecciona, cuestiona con la misma negligencia del autoritarismo paternal.

Más de la mitad del artículo está escrito de manera confusa y apenas se distingue cuando glosa a Montaner de cuando él mismo expone. A pesar de que jamás acata, tampoco propone.

Repite etiquetas lamentables, como esa de “cinismo de salón”, o aquella otra de “artera ironía”. Se queja de “la apatía de allá y de aquí”, de la ausencia de “líderes capaces” y de la falta de un programa “real y puro”. Ante este negativo balance sus evocaciones a la esperanza me parecen más un cumplido que una exhortación real.

Ripoll ha confundido un tema de discusión intelectual con un problema moral. Ha preferido una resucitación forzosa de Martí a su muerte feliz. Imagino que el Apóstol de Cuba, igual que el celo de sus albaceas, agradece la simpatía sin carga, el amor “grácil y sonriente” de sus hijos alegres y suspicaces.

Como dijo Abilio Estévez una tarde de mayo de 1998 en el Convento de San Francisco de Asís: quien murió en Dos Ríos no fue un mártir amargo dolido por la incomprensión, quien allí cayó fue un hombre bueno, un hombre feliz.

Emilio Ichikawa.
Febrero-266.

domingo, 26 de febrero de 2006

Martí no ha muerto

Posted on Sat, Feb. 11, 2006
CARLOS RIPOLL

Como a todo el que defiende la libertad y la justicia en el país, en Cuba han sometido al silencio a Martí. La prueba es que en los 47 años de gobierno no se han atrevido a publicar una biografía seria del héroe ni una somera antología de su pensamiento político. Con evidente cinismo, en el preámbulo de la Constitución de 1992 se lee 'Declaramos nuestra voluntad que la ley de leyes de la República esté presidida por este profundo anhelo, al fin logrado, de José Martí: `Yo quiero que la ley primera de la República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre' ''; pero ahí lo interrumpen, y le callan lo que enseguida dijo para explicar lo que para él era ''la dignidad plena del hombre'': ``O la República tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio integro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la República no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos''.

Es una maldad, pero también, con otro tamaño, lo es que se hable en el exilio de la muerte de Martí, y hasta de una ''segunda muerte'', por la manipulación castrista de la figura y por los tropiezos de la República antes de 1959. En un trabajo que titula La mitología política en el culto a José Martí habla Carlos Alberto Montaner, con mal disimulado desdén, del ''nacionalismo romántico representado por Martí''. La República tuvo a partir de 1902 pecados y errores. Martí no ignoraba las dificultades. Cuando un comerciante le dijo que Cuba no quería la libertad y que el pueblo no estaba preparado para constituirse en República, Martí le contestó: ''Sí, tal vez haya tropiezos, pero ningún pueblo puede aprender a ser libre siendo esclavo''. No tuvo Cuba, en sus comienzos como República, más injusticias, envidias y abusos de los que tuvieron los Estados Unidos en tiempos de Washington, Adams y Jefferson.

La desgracia de Cuba no sólo se debe a que el ''entorno martiano'' estuvo alejado del gobierno de la República, como cree Montaner. No se ajusta a la verdad histórica, al relacionar los presidentes de Cuba, decir que ''ninguno formaba parte del entorno martiano'': el primero, Tomás Estrada Palma, fue la persona más respetada por Martí en la emigración de Nueva York y fue quien lo sustituyó después de Dos Ríos como jefe del Partido Revolucionario Cubano; los generales José Miguel Gómez y Mario G. Menocal pelearon en la guerra de Martí, aun el tirano Gerardo Machado. Algunos del ''entorno martiano'' murieron en la guerra, como Serafín Sánchez y Flor Crombet, o no los dejaron los americanos formar parte mayor en el gobierno, como a Bartolomé Masó y a Juan Gualberto Gómez.

Al hacer inventario de las desgracias de la sociedad cubana, ''eminentemente romántica y sentimental'', dice con cierto cinismo de salón Carlos Alberto Montaner (''romanticismo sentimental'' que dio un Tony Guiteras, un Eduardo Chibás y un José Antonio Echeverría, entre tantos otros nobles espíritus), de espaldas a los adelantos que a pasos cortos hacía esa sociedad cubana, hasta lograr la derrota de la dictadura de Batista, prueba de su madurez, no es honrado ignorar, en los males de Cuba, la responsabilidad de España por su soberbia, y la penetración codiciosa de los Estados Unidos en los asuntos del país. Todavía dañan el alma nacional los dos enemigos mayores de Martí, representados en su tiempo por los autonomistas y los anexionistas, los que querían dialogar con el crimen y los que querían someter el país a los intereses de Wall Street. Y como para ensalzar al yanqui, destaca Montaner la pensión que le concedió el gobierno interventor a la madre de Martí en 1899, y el ascenso del hijo (''el único hijo reconocido del Apóstol'', aclara con artera ironía Montaner), durante la segunda intervención, a ''capitán del ejército mambí'', lo que no es cierto: Pepito Martí se ganó ese grado por sus méritos en el ataque a Tunas en 1897; y hasta afirma Montaner que el culto a Martí se refuerza en el gobierno de Charles Magoon porque el 24 de febrero de 1907 se pusieron en un panteón los restos de Martí, cuando lo cierto es que dicho acto se realizó por gestiones de Pepito Martí, del Gobernador de Oriente, Federico Pérez Carbó, de los generales Portuondo Tamayo y Emilio Lora, del médico de Maceo, Fernández Mascaró, y de Emilio Bacardí.

Ni tampoco es cierto, como afirma Montaner, que ''los cubanos de principios del siglo XXI'', estén ''escépticos y desengañados con todo'', como parece que lo está él; eso es lo que cree Castro, y así los gobierna, y así desprecia al exilio. La apatía de allá y de aquí, por falta de un programa real y puro, y por falta de líderes capaces, encubre un resentimiento y una frustración que en su momento hará su obra constructiva. La nacionalidad cubana padece hoy uno de esos lapsos que no son extraños en la historia de la humanidad. El deber de los que vivimos allá y aquí, en esta etapa infeliz, es mantener viva la fe en el ejemplo de los mejores. No matar a Martí, o darlo por muerto, sino mantenerlo vivo en la conducta y en la esperanza, que es la única manera que en los pueblos viven los mártires y los héroes.

Pocas horas antes de su caída en Dos Ríos, Martí escribió: ''Sé desparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad''. No nos ciegue la oscuridad, y mantengamos vivo su pensamiento.
Martí no ha muerto.

La segunda muerte de José Martí

Carlos Alberto Montaner

Congreso “Celebrando a Martí
”Palabras de apertura
Koubek Memorial Center, University of Miami
26 a 28 de enero 2006
Miami, Florida

En la década de los años cincuenta, cuando yo era muy joven y me asomaba a la adolescencia, la invocación del nombre de Martí solía estremecerme. Por aquellos años todavía estaba viva la tradición romántica decimonónica. Los jóvenes -y los viejos- se enamoraban con poemas, y también morían y mataban por las causas políticas recitando versos. Recuerdo vivamente una poesía dedicada a Martí de Francisco Riverón, popular y talentoso decimero de los años cincuenta, que terminaba con una estentórea e ingenua exhortación a la resurrección: Cuba quiere sentir que te despiertas./ Hay que romper un sol sobre la noche./ Hace falta tu voz, José. ¡Despierta!

Entonces la poesía patriótica era muy estimada, como lo fue durante nuestras guerras de independencia. El propio Martí publicó su conocida elegía a los estudiantes de Medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871 como epílogo a un relato de aquellos hechos escrito por Fermín Valdés-Domínguez, él mismo acusado y condenado durante el juicio contra estos jóvenes cubanos. Muchos años más tarde, Tania Díaz Castro, en un notable artículo distribuido por el Grupo de Trabajo Decoro, cuenta cómo, tras el golpe militar de 1952, los estudiantes convocaron a la resistencia con otro poema de Riverón leído por los altavoces universitarios. Se titulaba “General de tres galones” y calificaba a Batista con los peores epítetos. Riverón simpatizaba con el Partido Ortodoxo y en aquella época la recitación de poemas era una manera de calentar el espíritu para entrar en combate. (En 1975, Riverón, como tantos escritores, moriría perseguido y acosado por la dictadura comunista).

Incluso Fidel Castro, hombre de lacrimal estéril, cuando comienza a organizar su movimiento insurreccional ordena la confección de un himno y de una bandera. Su débil pulsión lírica no le impedía entender que esos resortes psicológicos eran fundamentales para mantener la cohesión del grupo y poder arrastrar a la lucha y al heroísmo a un puñado de muchachos. Para él la poesía no era una expresión del espíritu sino un instrumento de manipulación política. Poco después del triunfo revolucionario, el Himno del 26 de julio fue perdiendo importancia frente a las notas de la Internacional hasta convertirse en una anécdota musical desdeñable. Ya no le resultaba útil. Por supuesto, tras la desaparición de la URSS y del campo socialista, lo que comenzó a dejarse de oír fue la Internacional. Entonces se retomó con vigor el Himno Nacional como parte de un hipócrita esfuerzo por renacionalizar el proceso revolucionario y dotarlo de una identidad más acorde con el postsovietismo.

En todo caso, esta tradición de recurrir a los poemas y cantos patrióticos como un arma política se mantuvo frente a la tiranía comunista, al menos en los primeros tiempos. En los años sesenta y setenta todavía los cubanos conservaban el ademán romántico y una forma emotiva de relacionarse con la idea de la patria. Manuel Artime, ex oficial de Sierra Maestra, joven médico católico que luego organizó eficazmente uno de los mayores grupos de oposición a Castro, el Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR), y dirigió en el plano político la invasión de Playa Girón, poco antes de zarpar escribió un poema en el que sintetizaba de esta manera la traición de Fidel Castro a la revolución: Rojo, blanco y azul era ese paño/ por el que fue a morir un pueblo entero/ ¿qué maldito poder oscuro, extraño/ envolvió sus colores con engaño/ para volverlo ruso y extranjero? Evidentemente, Artime vibraba y hacía vibrar a sus partidarios enarbolando uno de los símbolos clave de la sociedad cubana.

A donde quiero llegar es a lo siguiente: los vínculos políticos que en nuestros días unen a los cubanos, o las creencias y los comportamientos que los apartan, probablemente poseen una menor carga emotiva, y percibo, ciertamente, que unos y otras se expresan de una manera mucho menos afectiva. Todo es más frío, cerebral y razonado que lo que era antes. Y si no yerro en mi apreciación, es posible que en los tiempos que corren, caracterizados por la actitud postmoderna, el corazón de las generaciones más jóvenes late a un ritmo diferente frente a la idea de la patria que el que percibían las generaciones anteriores, la mía incluida. No creo que se trate de un fenómeno estrictamente cubano, sino de una tendencia que se observa en todo Occidente. Tal vez la idea romántica de la nación esté muriendo en todas partes. Pero acaso eso suceda de una forma mucho más intensa en Cuba, como consecuencia del uso y abuso que la revolución ha hecho de estos oscuros resortes psicológicos. Volvamos ahora a Martí, objeto de este merecido simposio, porque estas reflexiones tienen que ver con la forma en que los cubanos se fueron relacionando con Martí y con la propia nación.

Por qué “Apóstol”

Los cubanos, como nadie ignora, lo llamamos “apóstol”. ¿Por qué ese calificativo? La acepción más frecuente de esta palabra es la de profeta o emisario de la palabra de Dios. Los doce apóstoles recibieron esa denominación porque tenían la tarea de difundir la palabra divina. Para ejercer ese magisterio Dios los dotaba de carisma, un vocablo de origen griego que quería decir eso mismo: una facultad divina otorgada para fascinar a las personas e influir en ellas. Pablo de Tarso, que no era uno de los apóstoles originales, dado que vivió varias décadas más tarde, fue llamado “el apóstol de los gentiles”. Les llevaba a los no judíos la buena nueva de la llegada del Mesías y del surgimiento de una recién aparecida religión salvífica: el cristianismo. Su carisma, según la tradición, generaba conversiones. Se ha dicho, incluso, que sin él el cristianismo no hubiera trascendido.

¿Qué buena nueva traía Martí? ¿Acaso el establecimiento de la República? ¿De qué religión era apóstol este talentoso escritor cubano de la segunda mitad del siglo XIX? Hay otra pregunta importante que formular: ¿cuándo Martí comenzó a ser percibido como un apóstol? ¿Tal vez desde sus años en New York, cuando ya ha madurado intelectualmente? Puede ser, aunque todavía de una manera confusa. Parece que Martí poseía ese extraño don del carisma. Impresionaba a muchas de las personas con las que se comunicaba, y muy especialmente si lo hacía desde una tribuna. Los que lo oyeron solían recordarlo con emoción.

Mi amigo Humberto Medrano me contó alguna vez la anécdota del encuentro entre su padre y Martí. A fines del XIX, el joven colombiano Ignacio Medrano acababa de licenciarse como Ingeniero de Minas en una universidad alemana y regresaba a su Colombia natal. El barco hizo escala en New York, donde el colombiano pasaría unos días hasta reembarcarse, supongo que rumbo a Barranquilla, pero entonces sucedió lo inesperado: un amigo cubano, con el que había coincidido en la misma casa de huéspedes, lo invitó a acudir a una velada patriótica en la que hablaba José Martí, quien estaba convocando a la insurrección contra España. Medrano fue a la velada, escuchó a Martí, y fue tal el impacto de las palabras que oyó, fue de tal intensidad la impresión que le dejó Martí, que poco después embarcó rumbo a Cuba a pelear por la libertad de la Isla. Medrano se había adiestrado para demoler montañas, así que no le fue difícil hacer lo mismo con las instalaciones del enemigo. Felizmente, vio la victoria, alcanzó el grado de coronel, seguramente como consecuencia de su habilidad como dinamitero, y, tras conocer a quien fuera la madre de Humberto, se radicó para siempre en Cuba.

Por supuesto, yo no tuve la experiencia del coronel Medrano, pero en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando vivía en Puerto Rico, un buen exiliado llamado Enrique Núñez, continuando una tradición cubana, tuvo la idea feliz de instaurar en el destierro los 28 de enero una cena martiana, y a ellas solía invitar a un notable actor y periodista llamado Pedro Zervigón que se sabía de memoria los discursos de Martí y los decía o recitaba con gran vigor y una excepcional naturalidad, virtudes con las que buscaba revivir al Apóstol que oyeron los emigrados de su tiempo.

Durante aquellas cenas martianas, en un experimento de forzada empatía yo solía cerrar los ojos cuando Zervigón hablaba, y me imaginaba que estaba en Tampa, en New York o en Cayo Hueso, dependiendo del texto, con el objeto de tratar de reproducir mental y emocionalmente el efecto que esas palabras pudieron ejercer en sus contemporáneos. Obviamente, sabía que ni Zervigón era Martí, ni San Juan era Cayo Hueso, ni yo estaba en 1892 o 1893, pero para mí, que entonces (como ahora) me interesaba mucho por los temas relacionados con la psicología, lo importante era analizar cómo fluían las palabras, y cómo entraban en mi conciencia. Al fin y al cabo, la experiencia teatral es exactamente ésa: saltar sobre los convencionalismos y vivir la farsa como si fuera verdad.

El resultado de ese pseudo teatro era bastante satisfactorio. En alguna medida funcionaba la magia y me era dable acercarme al Martí de su época, por lo menos en el ámbito de la palabra. Por supuesto, faltaba el contacto personal y no se producía el misterio de la extraña fascinación que produce el héroe carismático. En todo caso, mi curiosidad se encaminaba a tratar de contestar tres preguntas que entonces y desde hace muchos años me visitaban y que hoy dan origen a estos papeles: ¿por qué Martí se convirtió en la figura clave de la sociedad cubana? ¿Cómo se produjo ese proceso de creciente mitificación de su figura? ¿Qué pasará con su imagen cuando desaparezca el castrismo?

Los enigmas

Situémonos en la época: Martí muere en 1895 a los 42 años. Es un hombre todavía joven que había vivido toda su vida adulta fuera de Cuba, salvo por una breve estancia en La Habana ocurrida en 1878 tras la Paz del Zanjón. Los cubanos de la Isla lo conocían poco y lo habían leído menos, dado que su obra como escritor se desarrolla en el exilio en publicaciones de escasa circulación o en periódicos remotos editados en Buenos Aires, México o Caracas. Martí, además, no fue un mambí durante la Guerra de los diez años, lo que implica que no participó en hazañas heroicas con las que se pudiera construir una leyenda. Los exiliados que lo conocieron y admiraron, o los luchadores que lo trataron muy amistosamente, como Fermín Valdés Domínguez, pese a sus méritos, no tuvieron demasiada influencia tras el establecimiento de la República. Estrada Palma, a quien él elige como su sucesor o Delegado en el exilio ante el Partido Revolucionario Cubano, no era un amigo íntimo, sino alguien que también le inspiraba confianza a Máximo Gómez y a Antonio Maceo, dado que se trataba de un prestigioso ex combatiente de la Guerra de los diez años, ex presidente de la República en Armas. Aparentemente, lo que Martí intentaba con esa designación era fomentar los lazos entre el exilio y los insurrectos con una persona fiable, como sucedía con Don Tomás.

Otro dato menor, pero significativo: en 1899, un año después de concluida la guerra, los interventores norteamericanos, que siempre fueron atentos con la familia de Martí, más por solidaridad que por méritos, le conceden un puesto de trabajo a la anciana madre del Apóstol, Doña Leonor Pérez, que padecía serias dificultades económicas. Pero tampoco le otorgan un empleo excepcional: la nombran oficial de tercera en el Ministerio de Agricultura. No estaba mal para la época, mas es obvio que todavía en ese momento no se percibe a Martí como la figura fundamental de la nación cubana.

En esos tumultuosos primeros tiempos post coloniales, los que conocieron a Martí lo recuerdan como un escritor brillante que tuvo el excepcional talento de organizar el PRC y desde esa plataforma lanzar la insurrección del 95, pero su muerte casi inmediata impidió que su peso gravitara sobre la estructura del Ejército Libertador o del Gobierno de la República en Armas. Obsérvese quienes son las personas que ocupan la presidencia a partir del 1902 y hasta 1933, cuando la generación de los mambises se despide: Estrada Palma, José Miguel Gómez, Mario García Menocal, Alfredo Zayas, Gerardo Machado. Ninguno formaba parte del entorno martiano. La mayor parte, ni siquiera se cruzó jamás con él.

Sin embargo, en 1905 Máximo Gómez -que desembarcó junto a Martí en Playitas en 1895, pero a quien le molestaba que quienes los recibieron le llamaran “presidente”- inaugura la primera estatua que le dedica la República a un héroe de la guerra. La iniciativa la había lanzado el diario El Fígaro en 1899, y a partir de ese momento comenzó una recaudación creciente que permitió que el escultor José Vilalta se trasladara a Roma y allí, en mármol de Carrara, esculpiese una estatua de 10 metros de altura y 36 toneladas de peso. La escultura, situada en el lugar más emblemático de La Habana de entonces, sustituyó a la de la reina española Isabel II, y en su proximidad se sembraron 28 palmas en homenaje al día de su nacimiento (el 28 de enero) y ocho pequeños jardines que recordaban a los estudiantes de medicina fusilados en noviembre de 1871, hecho luctuoso ya aludido y al que los cubanos continúan recordando anualmente.

Quiero subrayar la coincidencia, porque voy a volver sobre ella más adelante: en las insurrecciones cubanas contra España se producen miles de muertos. Muchos de ellos son figuras heroicas: Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Bernabé Varona, los Maceo, entre otros centenares. Pero el primer homenaje ritual que hace la República es a José Martí y a los estudiantes de medicina. Los estudiantes ni siquiera son héroes en el sentido tradicional de haber realizado alguna hazaña reputada como prodigiosa: son sólo víctimas inocentes. Martí no es una víctima pero es, a su manera, inocente: muere sin disparar un tiro en un combate de una guerra que él ha conseguido desatar, mas no es culpable de nada. Su muerte temprana lo pone a salvo de las asperezas de la política. No vivió la frustración de la Asamblea del Cerro, ni la incómoda y poco elegante disputa sobre el monto de las indemnizaciones que reclamaban los veteranos a Washington y a la recién estrenada patria, ni los amargos debates sobre la Enmienda Platt. No tuvo que enfrentarse a los conflictos entre Masó y Gómez. No conoció las primeras disputas regionales entre los caudillos políticos locales. No chocó con los militares norteamericanos que gobernaron Cuba durante cuatro años combinando la buena administración pública con las malas relaciones políticas. Es verdad que Martí y Maceo discutieron acremente durante el breve encuentro que tuvieron en La Mejorana, pero ambos murieron poco después en acciones militares y las discrepancias se quedaron como oscuras anécdotas carentes de importancia. Su muerte, pues, colocó a Martí más allá de las contingencias y pequeñeces de la política.

La República y la religión civil

Cuando en 1901 los cubanos se dan la primera constitución que regirá a la nación, declaran que la forma de gobierno será la republicana. Muy probablemente esto es lo que Martí hubiera prescrito si hubiera estado vivo en esa época, entre otras razones, porque no había otra opción disponible si exceptuamos la monarquía. Cuando los cubanos recurren a la frase “la Cuba que soñó Martí” sin duda aluden a una república, dado que no hay indicios de que el Apóstol pretendiera algo diferente a eso. Ello quería decir que los cubanos optaban por un modelo de Estado laico, en el que todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, con los mismos derechos y deberes, y en el que la autoridad de los gobernantes era limitada y se dividía el poder en tres ramas independientes -legislativo, judicial y ejecutivo-, como salvaguarda a los derechos individuales, incluido, naturalmente, el muy importante derecho de propiedad.

La característica esencial de la república moderna, de todas las repúblicas modernas, era ésa: se trata de un modelo frío y cerebral que parte de los esquemas intelectuales propuestos por los ideólogos de la Ilustración. En Cuba, como en Estados Unidos a partir de 1776, o en Europa desde la revolución francesa de 1789, se prescribió teóricamente, aunque no se hiciera en la práctica, lo que recetaron Locke, Montesquieu, y Rousseau: pura ingeniería política concebida para proteger los derechos individuales, canalizar las pasiones de los seres humanos, solucionar sus conflictos pacíficamente, y organizar la cadena de mando y la jerarquía administrativa con arreglo a la racionalidad aritmética que brindaba el método democrático de tomar las decisiones colectivas mediante consultas electorales periódicas.

Pero no sólo eso: el modelo republicano, que es, fundamentalmente, una determinada arquitectura institucional, también llevaba implícita una propuesta ética: a partir de su implantación se suponía que los ciudadanos desarrollaran o potenciaran una suerte de vinculación cívica. Lo que los unía no eran los secretos e inefables lazos tribales, ni el culto por los mártires, ni símbolos rituales como el himno o la bandera. Teóricamente, lo que les daba cohesión a los cubanos, como a todos los republicanos, era la sujeción a la ley y la lealtad a las instituciones: lo que hoy se suele llamar “patriotismo constitucional” o “patriotismo cívico”. En última instancia, las repúblicas habían sido diseñadas para erradicar el componente religioso que se desprendía de la idea de que la legitimidad del monarca provenía de la voluntad divina, entregando la soberanía al pueblo para que éste decidiera su destino racional y democráticamente.

Pero pronto se vio que ese lazo racional y democrático no existía o era muy débil en la Isla, y quien primero pareció advertirlo fue Estrada Palma, aunque Enrique José Varona también lo señalara con gran preocupación. Don Tomás, en una conocida correspondencia teñida por el pesimismo, se queja de tener que dirigir una república en la que no abundaban los ciudadanos. Y así sucedía: había cubanos profundamente comprometidos con la patria, pero no a la manera republicana, sino a la manera nacionalista. Para ellos Cuba era un sentimiento, no un razonamiento. Era un temblor cuando escuchaban el himno. Era la historia mil veces contada del rescate de Sanguily efectuado por Agramonte, o de la toma de Victoria de las Tunas dirigida por Calixto García con la artillería mambisa construida y desplegada por el coronel Juan Miguel Portuondo. Eran las legendarias cargas al machete de los Maceo, la estrategia de las contramarchas de Máximo Gómez o el valor sin límites de Quintín Banderas. Esa era la patria que “electrizaba” a los cubanos: la del heroísmo.

En otras palabras: a lo cubano se llegaba por el camino de la emoción, de la hazaña, del sacrificio, y, por supuesto, de la sangre. La sangre, como ocurre siempre, era el alimento del patriotismo nacionalista. Eso explica, por ejemplo, la tenaz pervivencia -que llega a nuestros días-, de la conmemoración ritual de la triste historia de los ocho estudiantes de medicina fusilados por el nunca cometido “delito” -que ni siquiera lo era- de profanar la tumba de Gonzalo Castañón, un periodista español muerto en Cayo Hueso en un confuso duelo motivado por querellas políticas con los independentistas. Lo que unía a los cubanos, el nexo secreto que mantenía la cohesión de la tribu, como sucede con todo vínculo nacionalista, era la sangre, la reverencia a los héroes, las leyendas empapadas de heroísmo, dolor y sacrificio. Pero había más: en la medida en que se degradaba la República y aumentaban la insatisfacción y la frustración, con los crecientes atropellos, con los conatos de insurrección, con la corrupción, los pucherazos y el inveterado clientelismo, simultáneamente iban fortaleciéndose los lazos nacionalistas. Era como si en la conciencia política de los cubanos existiera un mecanismo compensatorio con dos cámaras conectadas: por una parte, se nos deterioraba el Estado republicano y la idea del patriotismo cívico; pero cuando eso ocurría, por la otra se revitalizaban los lazos tribales en un crescendo nacionalista.

La creciente figura Martí

Es dentro de ese juego dialéctico de suma-cero en el que la figura de Martí se engrandece paulatinamente con cada fracaso que sufre el país, con cada político que defrauda a la sociedad, con cada elección amañada. A Martí se le reconoce, obviamente, como el artífice de los levantamientos del 95, pero su nombre comienza a reverenciarse ritualmente de una manera progresiva. Primero fue la estatua importante del Parque Central inaugurada en 1905. Poco después, durante la segunda intervención, designan a José Francisco Martí Zayas-Bazán, capitán del ejército mambí, el único hijo reconocido del Apóstol, como asistente y edecán de William H. Taft, Secretario de Guerra norteamericano y próximo presidente de ese país, enviado especial de Teddy Roosevelt para poner orden en el revuelto avispero cubano. Son los interventores norteamericanos los que aceleran el culto a la figura de Martí. En 1907 ordenan que en el cementerio de Santa Ifigenia se edifique un templete para darle sepultura dignamente a los restos del Apóstol. En junio de ese año, cuando muere Leonor Pérez, madre de Martí, hacen velar su cadáver en el Ayuntamiento y declaran duelo oficial. Charles Magoon, el interventor oficial norteamericano, decide que, tras las elecciones generales celebradas el 14 de noviembre de 1908, la república cubana reinicie su vida institucional independiente el 28 de enero de 1909 en homenaje a José Martí. Para que no quedaran dudas de sus intenciones, la víspera de esa fecha le asigna una pensión vitalicia a Carmen Zayas Bazán, la viuda del Apóstol. Evidentemente, está intentando potenciar los lazos que cohesionan a los cubanos.

Pero todavía los cubanos, en forma masiva, no conocen a Martí. Esta relación comenzará a fortalecerse por medio de los libros de texto, cuando se introducen poemas infantiles tiernos y efectivos, de muy fácil memorización. Poco a poco, los niños crecen recitando “Cultivo una rosa blanca”, “Los dos príncipes”, “Los zapaticos de rosa” y los populares octosílabos de los “Versos sencillos”. Esos poemas emocionan a los niños: en un lenguaje muy cálido les hablan del dolor, de la caridad, de la bondad. Cuando llegan a la adolescencia, los muchachos descubren la faceta patriótica: “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, “Yugo y estrella”, incluso “Abdala”. Son versos que tienen un poderoso componente ético. Hablan de la valentía y convocan al sacrificio. Más tarde, en el umbral de la madurez, en la universidad, comparece el Martí periodista, ensayista, redactor de admirables cartas personales, y, por encima de todo, el orador que conmueve. La sociedad cubana es, todavía, eminentemente romántica y sentimental. En las veladas patrióticas, además del Himno Nacional se entona El Mambí de Luís Casas Romero -veterano él mismo, por cierto- y a los asistentes invariablemente se les humedecen los ojos. La nación es eso: un nudo en la garganta y un trallazo de adrenalina.

Martí es el personaje perfecto para impactar a esa sociedad romántica y emotiva. A través de su palabra escrita, poco a poco, se va conociendo en Cuba por medio de grupos martianos que van apareciendo espontáneamente. Martí -sin proponérselo, pues ha muerto mucho antes- logra comunicar a sus compatriotas una cierta imagen de sí mismo donde se muestra como un hombre sin tacha, dotado de un excepcional talento, medularmente honrado y bondadoso, que ofrendó su vida para salvar a los cubanos. Así lo perciben. El vínculo que se establece es de carácter emocional, el único capaz de generar un proceso de santificación laica que tiene un obvio componente religioso. Es entonces cuando aparecen los primeros “rincones martianos”, verdaderas ermitas en las que se venera su imagen y se colocan rosas blancas. Paulatinamente, el culto se va extendiendo por todo el país. Su fecha de nacimiento y muerte se convierten en oportunidades para obligados poemas, discursos y ensayos pronunciados o escritos en todos los estamentos de la sociedad. Paradójicamente, todos los líderes y partidos lo asumen como guía moral frente al ejemplo de un estamento político severamente criticado. Todos dicen reivindicar su herencia.

En 1926, en Manzanillo, la Revista Orto organiza oficialmente la primera cena martiana en la fecha del natalicio de Martí y rápidamente la costumbre se extiende por el resto del país. Le llaman la noche buena cubana en una clara alusión al nacimiento del “dios de los cubanos”, apelativo que llega a utilizarse en publicaciones de la época. De una manera explícita desean separar el 28 de enero del 20 de mayo, nacimiento de una república que les dejaba profundamente frustrados e insatisfechos. Martí y el martianismo se convierten en una alternativa inconsciente a la república fallida. En 1933, finalmente, la República colapsa por primera vez. Si en 1906, tras la renuncia de Estrada Palma, el país se había quedado sin gobierno, en 1933 se quedó sin Estado. La República se desplomó bajo el peso de los excesos y atropellos del machadato y por la acción, también antirrepublicana, de los revolucionarios del 33, ya muy permeados por las prédicas socialistas y fascistas propias de la época. A partir de entonces, para la imaginación popular y para las élites políticas, con pocas excepciones, la solución de los males de la nación ya no vendrá del buen funcionamiento de las instituciones republicanas, sino de la acción benevolente de los revolucionarios heroicos: el revolucionario sustituye al republicano y pasa a ser el arquetipo del hombre virtuoso.

Ese desastre, como queda dicho, propulsa la figura de Martí. Precisamente, en 1933 aparece Martí, el Apóstol, estimable biografía escrita por Jorge Mañach en la que se desliza un leve aunque elegante tono hagiográfico. En 1938, Gonzalo de Quesada lanza la idea de crear una especie de santuario al que propone llamar “Fragua martiana”. El lugar elegido son los restos de las canteras de San Lázaro, en plena Habana vieja, donde estuvo confinado Martí a los 16 años. La propuesta no cuaja hasta enero de 1952, durante el gobierno de Carlos Prío, otro declarado martiano, cuando se abre el Museo al público. Un año antes, en julio de 1951, el mismo presidente había inaugurado el mausoleo definitivo, un edificio sobrio y elegante erigido en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, bajo la dirección del arquitecto Jaime Benavent y el escultor Mario Santí. El recorrido del cadáver de José Martí es la perfecta metáfora mortuoria que explica el crecimiento de su figura: cuando se inicia la república los restos de Martí yacen en una tumba discreta donde lo inhumaron los españoles; en 1907, el gobierno interventor de Charles Magoon coloca el ataúd en un templete mucho más digno; en 1947, durante el periodo de Grau, exhuman otra vez el cadáver y lo sitúan en el Retablo de los Héroes de la Guerra de Independencia, junto a otros patriotas principales; en 1951, en época de Prío, finalmente, lo trasladan al mausoleo definitivo, con un lucernario que permite que la luz natural alumbre siempre a quien pedía morir de cara al sol, cubierto por la bandera cubana.

Mediado el siglo XX es la apoteosis definitiva de Martí como fuente de inspiración política. En 1953 es el centenario de su nacimiento y coincide con la recién instaurada dictadura de Batista. La Editorial Lex, dirigida por un republicano español exiliado en la Isla, publica sus obras casi completas en una cuidada edición en dos tomos impresos en papel Biblia y letra pequeña, proeza ejemplar pues Martí escribió casi tres millones de palabras. En ese año, Fidel Castro y sus partidarios organizan un desfile con antorchas frente a la Fragua Martiana. La estética es típica del fascismo, pero los discursos y arengas son pretendidamente martianos. Los jóvenes se declaran miembros de la “generación del Centenario”, como subrayando el compromiso con la figura del Apóstol. Pero Batista reclama pertenecer a la misma estirpe pues se decía y creía un martiano medular. Y algo de eso había: desde 1937, cuando el ex sargento se había convertido en el “hombre fuerte” de Cuba, se venía hablando de fabricar una gran plaza cívica con una estatua monumental de Martí. Varias veces fueron convocados concursos que luego se declararon desiertos. Finalmente, en su última etapa, Batista se decidió a acometer la obra, y en 1958 la inaugura. El obelisco, con 139 metros, es la edificación más alta de La Habana. Tiene a sus pies una estatua de mármol de 18 metros de altura en la que se ve a un Martí pensativo. Batista no pudo imaginar que su Plaza Cívica se iba a convertir en el centro ceremonial de la liturgia castrista.

La segunda muerte de José Martí

La gran ironía es que la revolución, con cada desfile frente a la estatua de Martí, con cada declaración de supuesta subordinación al pensamiento del Apóstol, con cada interesada manipulación de sus escritos o de sus inventadas intenciones, lo que consigue no es legitimar la tiranía sino un mayor distanciamiento crítico de la sociedad con sus orígenes independentistas y con quien fuera su más ilustre cabeza. Ya en los primeros tiempos del castrismo, en una simpática y macabra comedia cinematográfica titulada La muerte de un burócrata, aparece una ridícula fábrica de bustos de Martí que provoca la hilaridad de los espectadores. Pero cuando el régimen sustituye a Marx por Allan Kardec, y asegura que si ellos, los mambises -con Martí a la cabeza- hubieran vivido en nuestra época, hubiesen sido como los castristas, lo que genera entre la juventud es un rechazo frontal a los fundadores de la patria. Luego este sentimiento se acrecienta a fines de los sesenta, cuando el aparato de propaganda del PC, en busca de legitimidad para la sovietización de la Isla, decide endosarle al Apóstol el patrocinio ideológico de la revolución y declara solemnemente, y enseña en las escuelas, que Martí era “el autor intelectual del ataque al Moncada”, cometiendo un fraude que equivalía a afirmar que Martí -persona eminentemente demócrata, tolerante y respetuosa del prójimo- era partidario de las persecuciones a los homosexuales, del colectivismo, de los pogromos contra los disidentes, del paredón de fusilamiento y de los infinitos atropellos y arbitrariedades que debían sufrir los cubanos como consecuencia de los absurdos dogmas impuestos por Castro y sus seguidores. Pero todavía faltaba otra estafa intelectual: ocurre cuando la dictadura, en el colmo de la manipulación, para justificar el régimen de partido único, alega que Martí no fundó dos partidos, sino sólo uno, el Partido Revolucionario Cubano, con el objeto de transmitirles a los cubanos, especialmente a las jóvenes generaciones, que el Apóstol era un adicto al totalitarismo y un enemigo de la libertad y la diversidad. Algo parecido a decir que como Abraham Lincoln sólo formó parte del partido republicano era también un enemigo del pluralismo político. En suma, cuando los apologistas del régimen sugieren que Fidel Castro es el heredero directo de José Martí, los cubanos más bisoños, menos conocedores de la historia y víctimas directas del desastre provocado en el país por la larga dictadura comunista, inmediatamente sospechan de los valores morales y de la cordura del Apóstol.

Inevitablemente, esas deshonestas campañas propagandísticas han producido una enorme erosión en la forma en que los cubanos perciben a Martí. Poco a poco, por arte del birlibirloque castrista, el Apóstol ha dejado de ser el santo patrón de la cubanidad transformándose, injustamente, en el siniestro ideólogo de una dictadura que hasta busca en palabras de Martí su coartada para justificar el engaño de quienes prometieron democracia y libertades, pero sólo como una estratagema para ganar tiempo y poder introducir de contrabando el modelo estalinista: “En silencio ha tenido que ser”. Con esa frase de Martí, inscrita en una carta personal, hasta llegaron a filmar una laudatoria serie de televisión en torno al espionaje y la represión antidemocrática.

Por eso entre los cubanos de estos tiempos, unido a la universal decadencia de la sensibilidad romántica -de lo que pueden ser síntomas la extinción casi total de los recitadores en el mundo hispánico y el rechazo general al verso dulce y sentimental-, se aprecia un alejamiento sustancial del culto martiano y una indiferencia glacial ante la visión heroica de nuestra historia. Si con la llegada de Castro al poder se verificó el hundimiento absoluto del paradigma republicano, ya muy golpeado como consecuencia de la revolución del 1933, sustituido a partir de 1959 por una combinación contra natura entre el marxismo-leninismo y el nacionalismo romántico, la decadencia y muerte del castrismo traerán de la mano el descrédito absoluto de esa fórmula como sostenimiento y discurso esencial de la nación cubana.

Sin embargo, tal vez quede un saldo positivo en esta segunda muerte de José Martí. Probablemente, no era saludable que los cubanos sustituyeran el patriotismo cívico que proponía la república por el culto cuasi religioso al Apóstol que se fue imponiendo en el país. Martí, además de ser un excelente escritor, fue un hombre fundamentalmente bueno, dotado de un fuerte instinto altruista y de una personalidad carismática, y es muy razonable y constructivo respetar su memoria y asignarle la mayor responsabilidad en la organización del levantamiento de 1895, pero carece de sentido convertirlo a él o a cualquier otra figura histórica en el nexo fundamental de la sociedad cubana, como los cristianos hacen con Cristo o los musulmanes con Mahoma. Al fin y al cabo, Martí, un espíritu bastante humilde, jamás solicitó o esperó ese tipo de veneración, dado que no quería otra honra que la de “morir callado”, pegado “al último tronco, al último peleador”, luchando por su patria.

Pero en el ocaso del castrismo, el problema que se nos presenta es verdaderamente dramático: los cubanos de principios del siglo XXI, escépticos y desengañados con todo, no parecen vibrar ni con el patriotismo cívico, fórmula acertada, pero bastante frígida desde el punto de vista emocional, ni con el ya apagado nacionalismo romántico representado por Martí. ¿Qué nos queda, entonces, para juntar a la tribu y marchar hacia la constitución de una sociedad justa, estable y próspera en la que se pueda vivir con la ilusión de que mañana será mejor que hoy y de la que no valga la pena emigrar? Ese es el gran reto que los cubanos tendremos planteado cuando llegue la hora de la libertad.

Enero 26, 2006