Por Iramís Rosique Cárdenas
19 de marzo de 2021

Foto: tomada de Internet.
El problema de la identidad latinoamericana, tanto de su defensa como de su completa realización, fue una preocupación recurrente de José Martí, y forma parte de los asuntos que trata en los dos textos en cuestión [1]. Martí parte de la tesis de la incompletitud de la independencia latinoamericana debido a la persistencia de relaciones de dependencia estructural con la América del Norte y Europa, pero también por la colonialidad de la cultura. Sobre esta última condición hablemos un poco.
Colonialidad y eurocentrismo —que bien podría llamarse “noroccidente-centrismo”— son, para el caso americano, dos rostros de un mismo problema. No en balde cierto profesor cubano ironizaba diciendo que, entre norteamericanos, franceses y británicos, nos han dicho cómo tenemos que pensar a todos. Si el eurocentrismo se presenta en el europeo en la forma de una miopía que le impide ver con claridad a medida que aumentan las distancias, la colonialidad en nosotros es, en primera instancia, una acentuada incapacidad para reconocernos frente a un espejo. Si el eurocentrismo resulta una suerte de provincianismo hipertrofiado y aplaudido, la colonialidad americana emerge constantemente como un desarraigo, como una sensación de “no estar”. Si el eurocentrismo hace de un territorio el mundo entero y centra este en aquel, la colonialidad se proyecta como una realidad sin suelo alguno, como un desenfoque accidental del centro.
Martí escribió “Nuestra América” en 1891. Cien años hacía ya que los esclavizados de Haití se habían sacudido el yugo colonial y esclavista, y habían comenzado la larga marcha de la independencia en la América romántica. En cien años el problema de la colonialidad era tan evidente como el primer día. Doscientos años después, tampoco lo hemos resuelto.