martes, 17 de mayo de 2011

El arte de morir en José Martí (II)


Miércoles 18 de mayo del 2011 19:36 Ángel Velázquez Callejas

Cuando Martí le escribe a su amigo íntimo Gonzalo de Quesada, el 1 de abril de 1895, “en la cruz murió el hombre un día: pero ha de aprender a morir en la cruz todos los días”, no sólo estaba haciendo referencia simbólica a la crucifixión de Jesús.

También, y es lo más trascendental de la expresión, se refería al nacimiento de su pueblo en Cristo; a la concepción que lo situaba en el empeño mayor de su obra: la muerte de Jesús en la cruz es símbolo rector del nacimiento de una época espiritual, la de la consciencia cristiana; es decir, el nacimiento de un modo de vivir nuevo, con plena libertad. Morir en la cruz todos los días era para Martí vivir todos los días con plena consciencia revolucionaria.


El anterior significado, que no tiene que ver nada con la idea del cristianismo actual, puede afirmarse cuando Martí dice: “Mi porvenir es como la luz del carbón blanco, que se quema él para iluminar alrededor… El hombre íntimo está muerto, pero el hombre vigilante y compasivo está vivo en mí”.

Es una frase que bien interpretada nos acerca a las consideraciones anteriormente aducidas. La luz interior, es decir, la mirada desde la conciencia, ilumina su alrededor. No necesita del pensamiento y de la mente para tener una idea de su realidad. Su porvenir es la autenticad. El hombre vigilante es aquel conscientemente libre de ataduras; el íntimo es el inconsciente, desviado del camino de la naturaleza del hombre, atado al pasado y sus conceptos. En esta reflexión radica, a mi modo de ver, el significado de la muerte en José Martí.

El hecho de que la palabra muerte se convierta quizás en la más repetida por el Maestro a la largo de toda su obra, no justifica que Martí le esté dando una impronta cuantitativa, numérica y razonada, sino que la profundidad que oculta este sentido implicará la constante preocupación de una visión clara de la naturaleza, la existencia y la trascendencia del hombre, de América y Cuba, más allá de cualquier precepto teórico, filosófico, político e ideológico asumido a priori. La muerte no será el resultado de la evolución del pensamiento filosófico hasta la modernidad, aunque tiene relación con ello, sino de la percepción sobre la vida que pudiera encontrarse derivada de la esencia intuitiva y la conciencia del hombre.

No por casualidad, el sentido de la muerte estaba destinado a que formase parte de su proyectado libro que no pudo concluir, “El concepto de la vida”. En este caso, el significado de la muerte será una percepción concreta de la vida que asumirá Martí hasta sus últimas consecuencias, y que es determinada por el acto intelectual de síntesis, empezando por el estoicismo romano, el misticismo antiguo oriental y la sabiduría mística de Jesucristo, pasando por el krausismo español, el existencialismo y el trascendentalismo de Emerson. Toda una simbiosis de conocimientos asumidos que desemboca en un modo peculiar de actuar y vivir, en una manera maravillosa de morir y volver a nacer, y en trascender el mismo conocimiento adquirido.

De modo que no existe una imagen tan auténtica y artística que refleje el sentido de la muerte, cuando Martí se refiere a lo que dice el sabio de la poesía norteamericana, el poeta Walt Whitman (la muerte es, dice Whitman, “la cosecha, la que abre la puerta, la gran reveladora”). “La vida es un himno --dice Martí--, la muerte es una forma oculta de la vida”. ¿Qué significado posee esta frase martiana en correspondencia y en relación con el florecimiento de la conciencia a que se alude? Cuando Martí escribió la frase tenía aproximadamente unos 32 años de edad. ¿Pudo llegar a esta conclusión a través del conocimiento anterior? ¿Fue lo conocido sobre la muerte lo que le permitió emitir tal juicio? No necesariamente.

Sólo a fuerza de repetición no se puede conocer la verdad. A fuerza de lo que te digan no se podrá llegar a la verdad. Se necesita vivirla, experimentarla, verla, constatarla y cuando se está al frente, Martí se da cuenta que sólo sigue viviendo, la muerte no aparece, no existe. A diferencia de como lo ve Toledo Sande, como “una prueba de que en seres como él no es verdad la muerte”, el verdadero significado de la frase y el sentido de luz en José Martí es, por lo que hemos esbozado, que la muerte no existe.

Al menos hasta donde alcanzo a ver, la consideración arriba mencionada es digna de ser examinada cuando se lee detenidamente todo lo que dice Martí acerca del poeta Walt Whitman, el carácter de su poesía y el lenguaje, la novedad de su obra poética, la filosofía acerca de la adoración al cuerpo humano, el sentido vivencial y religioso de la libertad, el inmenso carácter existencialista y trascendental de la naturaleza como vivencia, y la cosmovisión del hombre.

Es un ejemplo universal, de cosmovisión martiana en busca del hombre nuevo. Y así lo señalará en carta a Manuel Mercado: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad”. Con sé desaparecer, Martí estaba aduciendo, en otras palabras, a que había aprendido a morir, no le temía a la muerte, la había conseguido y trascendido en múltiples circunstancias; eso sí, podía desaparear como ser humano, pero entraba a su naturaleza de origen; es decir, regresaba a la infancia, a su ser auténtico, ahora sin ignorancia. Este es el pensamiento de una conciencia elevada, la que no desaparecería en Martí. Veremos cómo este contexto prima en “La Edad de Oro”.

Sólo desde la conciencia elevada, no desde el pensamiento ordinario, la oscuridad se transforma en luz, en claridad. Aceptar la oscuridad, teniendo una conciencia elevada, es dejar de estar a oscuras, es abrirse espontáneamente a la claridad. No se piensa, no hay lógica, no se razona, sólo se actúa desde la conciencia, que es un estado del ser de mucha profundidad. Este es para Martí el valor de la conciencia: es original, está por encima del pensamiento que no lo es. Así funciona, así cabe llamarse, la conciencia martiana.

¿Pero a qué tipo de muerte se está refiriendo Martí con esta aseveración magistral? No la confundamos con la creencia de la muerte. La muerte existirá, eso sí, en la medida en que la creencia se acumula en la mente como un hito, como pasado, cuando se ha conocido que alguna persona, efectivamente, ha muerto. ¿Cuántas personas murieron durante la Guerra del 68 y la del 95? Es un hecho, verdad. Es un hecho la expresión de Martí cuando recibe la noticia de la muerte del general Flor Crombet, narrada en su Diario de Campaña: “¿Sera verdad que ha muerto Flor, el gallardo Flor?”. Es un hecho. “¡Ah Flor!”. Es un hecho: “Juan llegó, el de las escuadras, él vio muerto a Flor, muerto, con su bella cabeza fría y su labio roto, y dos balazos en el pecho; el 10 lo mataron”.

La muerte vista así pertenece al pasado, a la mente, al pensamiento, no a la conciencia. Se ha conocido que Flor ha muerto por el pasado, no se ha vivido por la conciencia. Es un hecho, en realidad, pero si Martí le preguntara a Flor antes de morir acerca de la vivencia de la muerte, no hubiera dudado ante el hecho de decenas de compañeros suyos caídos en combate. Así respondería Flor. Sin embargo, lo que se denota aquí es que no hubo hecho para afianzarse una vivencia de la muerte. Conocer no es lo mismo que vivir, así lo advierte Martí. Flor habría de tener un conocimiento sobre la muerte; conoció ver caer a tantos de sus compañeros y por tanto la muerte se le hizo evidente.

La muerte ha existido para él, por el hecho de haberla comprobado fuera de sí y no en sí con la caída de sus compañeros. No se ha conocido por sí mismo, y desde luego, no se ha vivido, sino que le llega por el pasado, la historia y el pensamiento recibido. La muerte, entonces, en este estado de observación, deja de ser muerte, pierde su autenticidad, es una falacia, puesto que se conoce por el pensamiento, que no lo hace auténtico ante la naturaleza del hombre. Se distorsiona su esencia en el mismo instante en que el muerto no tiene tiempo para contarla; eso sí, la vive y la siente, pero sólo por un instante.

Ese instante se cuela inmediatamente en el pasado, porque es interrumpido por la misma muerte. Flor no la puede contar; la vivencia se va con él a la tumba. Nadie sabe cómo fue. Sólo se conocerá que Flor efectivamente murió a causa de dos balazos. Estos balazos sólo permitirán confirmar que penetraron en el cuerpo y causaron la muerte, pero nada revelarían de cómo fue la muerte. El único que podía revelarlo, ya murió. Por lo tanto, esta manera de conocer la muerte deja de ser auténtica porque no la puede revelar el que muere; lo que realmente sucede es que la muerte es asumida inmediatamente por el pasado que la explica por el pensamiento; es decir, ese conocimiento que ahora está en sus compañeros. Esto es lo que se conocerá, según Martí, como falsa memoria, hecho de la mente colectiva, pero de ningún modo identidad y substrato cultural, cuestión que veremos en determinado momento.

Lo que pretende saber el conocimiento, el tiempo y el razonamiento en ese momento no es la muerte, sino las balas que mataron a Flor. El conocimiento aquí ocultará la esencia misma de la muerte. Vivir la muerte y darla a conocer antes de morir, tal y como la apreciamos en la obra de José Martí, es vivir en otra dimensión humana: la intemporalidad. Este modo significativo de vivir se puede constatar cuando Martí dice:

“Que la eternidad es una; que abraza en un presente igual todos los tiempos, sin necesitar comenzar en un primer momento; que, aquel que es bueno y puro de corazón, vive ya aquí vida real, bienaventurada, lleva la eternidad, no en la relación del antes o del después, sino en el presente del bueno y justo obrar”.

Fuente: Neo Club Press

1 comentario:

cesar falcao dijo...

solamente la persona que tiene desicion puede demostrar su valentia , usando palabras.