JOAQUÍN CUELLO MARTÍNEZ-PEREDA
07 feb. 2026
La solución netamente cubana y democrática no pasa ni por Fidel, ni por Raúl, ni mucho menos por DíazCanel o Donald Trump
Lo primero que se ve al aterrizar en La Habana es un letrero en el que puede leerse Aeropuerto internacional-José Martí, que parece preconizar las constantes alusiones que a lo largo y ancho de la isla pueden encontrarse en referencia a tamaña personalidad: escuelas, calles, avenidas, edificios, bustos, esculturas ecuestres y centros políticos, entre otros espacios, muestran su rostro o llevan su nombre.
Y es que en Cuba todo recuerda a José Martí (1853-1895). Nacido en la capital insular, de padre valenciano y madre canaria, y muerto en combate durante la última de las guerras de independencia, se trata del principal exponente del modernismo literario latinoamericano, junto con Rubén Darío, y una de las principales figuras intelectuales del continente, si no la que más, del que interesa traer a colación sus ensayos y crónicas políticas, sin menospreciar sus incursiones en otros géneros, ya que cualquiera que las lea con cierto espíritu crítico, podrá comprobar la burda tergiversación oficialista que la dictadura ha hecho con su obra.
De entre todas destaca la que lleva por título ‘Nuestra América’. En ella, el autor ensalza, durante su exilio en Nueva York, las bondades de la democracia norteamericana en el terreno de los derechos individuales, a la par que critica la falta de derechos sociales, las consecuencias tan atroces derivadas de esa carencia, y las ansias expansionista del imperialismo yanqui, que ya se podían vislumbrar. Un análisis comparado que todavía hoy conserva pleno sentido y que muestra no ya la ignorancia, sino la ya mencionada tergiversación deliberada, de la obra de un autor que criticaría tanto lo que caracteriza a la dictadura cubana, como lo que caracteriza a la administración Trump, resistiéndose a admitir, y con razón, semejante dicotomía perversa.
Pero a propósito de esta comparación, llama también poderosamente la atención la coexistencia, durante tanto tiempo, de dos modelos antitéticos a menos de noventa millas náuticas, lo que no deja de sorprender, máxime si se tiene en cuenta la capacidad militar y política demostrada a lo largo de la historia por parte de los Estados Unidos.
En este sentido, resulta comprensible tener la tentación de explicar semejante fenómeno observando una suerte de simbiosis, pese a la respectiva retórica antiimperialista y anticomunista, en la que Estados Unidos se beneficiaría de ‘una dictadura del terror’que, aun con todo, impide incómodos y desmesurados flujos migratorios hacia sus fronteras, sin causar demasiados problemas; mientras que el régimen cubano encontraría en el embargo y en la amenaza extranjera la legitimidad que no tiene, ya que la legitimidad de un sistema de gobierno no se mide solo por su origen (si es que la tuvo entonces), sino por su resultado, sea cual sea la causa: la más absoluta de las miserias.
Ante semejante situación, un pueblo como el cubano, que lleva ya demasiado tiempo sufriendo las consecuencias del totalitarismo, y que siempre se encontrará bajo la espada de Damocles norteamericana, parece tener una única salida democrática: la del nuevo constitucionalismo latinoamericano y la de la integración latinoamericana.
Aunque cuente con un texto denominado ‘Constitución’ por puro fetiche nominal, y pese a ciertos avances en materia de derechos con la reforma de 2019, desde una óptica democrática ese texto sigue sin aprobar la llamada teoría del triple test, pese a erigirse como norma suprema (ni se trata de un texto constitucional aprobado siguiendo un procedimiento democrático, ni prevé un funcionamiento democrático del sistema político basado en la necesaria limitación del poder). Por todas estas razones, una visión romántica y falaz del régimen cubano no debería hacer caer en la tentación de justificar lo injustificable, perdiendo de vista que el sistema que mejor ha sabido aunar ambas manifestaciones de igualdad se llama socialdemocracia, de la que el comentado autor fue precursor en Cuba.
La solución netamente cubana y democrática no pasa ni por Fidel, ni por Raúl, ni mucho menos por Díaz-Canel o Donald Trump, sino por el mensaje de José Martí y una mayor unión latinoamericana.
JOAQUÍN CUELLO MARTÍNEZ-PEREDA
Es Secretario de Memoria Democrática, Migraciones y Cooperación Internacional del PSOE de Cáceres.
Tomado de: El Periódico Extremadura
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