martes, 1 de abril de 2025

Duaba y el honor de un desembarco

Néstor Núñez
marzo 31, 2025 12:11 pm

Con la llegada a las costas cubanas de la expedición de Flor Crombet y Antonio Maceo hace 130 años, se dio el impulso requerido a la guerra necesaria organizada por nuestro Héroe Nacional José Martí

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De pie, de izquierda a derecha: Antonio Collazo, Flor Crombet, Antonio Maceo, Agustín Cebreco, y José Berreuqui. Sentados: Martín Morúa Delgado, Ignacio Rojas, Pedro Castillo, Peñita (el secretario de Maceo) y José Rogelio del Castillo. / Archivo de BOHEMIA

De nuevo el sonido del clarín vibró en la manigua redentora de Cuba, como un nuevo llamado al Ejército Libertador y sus cargas ¡Al machete! Se reiniciaba la Guerra de Independencia el 24 de febrero de 1895, pero aún no se encontraban en el país los principales jefes para comandar la nueva gesta. Las tropas levantadas en armas estaban diseminadas fundamentalmente en algunas regiones de Oriente en espera de mayores acciones.

En la madrugada del 1° de abril, a bordo de la goleta Honor, después de una arriesgada navegación, arriban por la desembocadura del río Duaba, en Baracoa, el Mayor General Antonio Maceo Grajales y los también generales, su hermano José y Flor Crombet Tejera −los tres, curtidos con elevados méritos en las pasadas guerras−, junto a otros 20 patriotas. Al Generalísimo , la figura militar principal como General en Jefe, le seguía Maceo como el lugarteniente, presencias muy necesarias en los terrenos de combate. A los primeros expedicionarios de la nueva etapa, les acompañaba un escaso armamento: 11 fusiles con 75 cartuchos cada uno, 23 revólveres y 15 machetes, pero les sobraba disposición y coraje. Era la realización del firme compromiso contraído por Maceo 17 años atrás de continuar la lucha por la definitiva independencia con la inclaudicable Protesta de Baraguá.

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Antonio Maceo y Flor Crombet, recibieron orientaciones de José Martí para organizar la expedición que arribó por Duaba. El primero sería el jefe en tierra, y el segundo en el mar. / Archivo de BOHEMIA

Antesala de la expedición

José Martí, mediante un incansable proceso organizativo, desde su posición como Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC) y comprometido con el destino de su país, había convocado a los patriotas, tanto emigrados como permanentes en el país, a sumarse a la contienda. En un inicio debían llegar a Cuba tres expediciones, trayendo a bordo los principales jefes, además de los pertrechos de guerra. Era el Plan Fernandina, nombrada de esa manera por el puerto de donde debía salir ubicado en Florida. A partir de una serie de indiscreciones, fueron confiscados los buques e incautadas las armas por las autoridades estadounidenses el 10 de enero de 1895. Para la expedición donde vendría Maceo, entre otros, se contaba con pocos fondos después del fracaso. El Apóstol no se amedrentó por el revés. “Yo no miro lo que se ha deshecho, sino a lo que hay que hacer”, le expresó en una carta a Máximo Gómez.

El Titán de Bronce, desde Costa Rica, donde se había radicado desde 1881 en una colonia agrícola rodeado de cubanos a favor de continuar la lucha, solicitó la suma de 6 000 pesos para tal empeño. Era desconocedor del estado de finanzas del PRC y, además, estaba acostumbrado a emprender grandes propósitos. Desde Montecristi, Martí le fechó una carta el 26 de febrero de 1895, donde le explicaba la imposibilidad de tal suma. La escasez financiera rodeaba a todos y solo podía disponer de 3 000, suma ya disponible con Flor, quien se había ofrecido a hacerlo por menor suma y organizaba la salida.

“Cuba está en guerra General. Se dice esto y ya la tierra es otra: lo es ya para Vd. y lo sé yo. Que Flor, que lo tiene todo a mano, lo arregle todo como pueda. ¿Qué de usted pudiera venirle el menor entorpecimiento? […].Flor tendrá sus modos. Del Norte irán las armas. Ya solo se necesita encabezar. No vamos a preguntar sino a responder. El ejército está allá. La dirección puede ir en una uña. Esta es la ocasión de la verdadera grandeza. De aquí vamos como le decimos a Vd. que vaya. Y yo no me tengo por más bravo que Vd., ni en el brío del corazón, ni en la magnitud, ni en la prudencia del carácter. Allá arréglese pues, y hasta Oriente”.

La epístola surtió los efectos esperados y el Héroe de Baraguá se alistó.

Avante hacia el verde caimán

El Puerto Limón, del país centroamericano, vio zarpar el vapor de pasajeros inglés Adirondack el 25 de marzo, donde se habían acomodado los valiosos 23 expedicionarios. Flor sería jefe en mar y Maceo en tierra. El hecho puso sobre aviso a las autoridades españolas. Hicieron escala en Jamaica; ya cerca de Cuba, el capitán del buque, por temor a una delación de los demás viajeros por piratería, no permitió el desembarco mambí en botes como ellos solicitaron. El 29 llegan a Fortune Island en las Bahamas; luego de una incentiva búsqueda, el 30 abordan la goleta Honor, alquilada –un nombre oportuno, ya ellos lo llevaban tatuado–, de 18 toneladas de peso, capitaneada por Salomón Key y acompañado por otros dos tripulantes.

Imaginemos a Maceo durante la travesía, optimista junto a sus osados compañeros, pensar en los planes inmediatos. La valiosa patria espera para vivir de nuevo la gloria de los toques a degüello con una caballería incontenible, mientras ondea en pleno campo la bandera de la estrella solitaria. Les esperaba una proeza titánica.

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De pie, de izquierda a derecha: Antonio Collazo, Flor Crombet, Antonio Maceo, Agustín Cebreco, y José Berreuqui. Sentados: Martín Morúa Delgado, Ignacio Rojas, Pedro Castillo, Peñita (el secretario de Maceo) y José Rogelio del Castillo. / Archivo de BOHEMIA

Naufragio, más que desembarco

Frente a Gran Inagua pusieron proa a Cuba. Navegaban con las luces apagadas; era una zona peligrosa. Barcos de guerra españoles estaban movilizados en la zona buscándolos. Alrededor de las 12 de la noche repartieron el exiguo armamento. Estaban ansiosos por avistar la primera señal de las costas cubanas y a la una de la mañana, de aquel 1º de abril, divisaron en el extremo más oriental el faro de la Punta de Maisí. Se acercaron más a la costa, la goleta no lograba estabilizarse. Eran las consecuencias de una tormenta. Maceo ordenó echar anclas y desembarcar en botes. Al recorrer un corto trayecto en una primera prueba, inmensas olas impidieron el desplazamiento. Regresaron a la goleta, Maceo ordenó a Salomón Key enrumbar hacia la ribera y este se oponía. Maceo impuso su autoridad. El tiempo apremiaba, iba a amanecer y podía aparecer cualquier cañonera española. La embarcación solo avanzó unos metros, encalló y se viró de babor. Todos se lanzaron al agua, por suerte era una playa de arena. Cada uno portaba el avituallamiento correspondiente. Las furiosas olas destrozaron la goleta y al amanecer, el cañoneo español la deshizo por completo.

¿Dónde se encontraban? Era la incógnita. Pero ya la patria los contemplaba orgullosa. El salitre de mar cubría sus ropas y emprendieron viaje. Debían cuanto antes unirse a las tropas mambisas ya en combate. Quedaba algo del manto de la noche. Llegaron al bohío de Santos Rodríguez, un camagüeyano; les comunicó que se encontraban en la desembocadura del río Duaba y no muy lejos estaba Baracoa. Maceo lo interrogó por si había observado movimientos de las tropas españolas. Hasta ese momento no habían dado señales. Primer cruce con balas enemigas

Continuaron la azarosa marcha a través de una naturaleza tan familiar. Acamparon en Alto del Pino, una pequeña altura cerca del caserío de Duaba. Mientras sentían la compañía del agotamiento, el más destacado hijo de Mariana organizó las guardias, la sorpresa podía ser eminente. Transcurridas tres horas, los centinelas avistaron tropas españolas. Al frente de la casa ocupada Maceo situó a los más expertos de la Guerra Grande armados con fusiles. Posesionó en la retaguardia a los bisoños mal armados. Dominaban la ruta seguida por los peninsulares. A tiro de fusil, el Titán ordenó la primera descarga y cayeron tres soldados. Continuaron accionando su certera puntería los fusileros mambises, los que gritaban con marcada emoción: “¡Aquí está Maceo! ¡Viva Cuba libre!”. Ante tal empuje, los españoles se retiraron llevando consigo dos muertos y nueve heridos. Para entonces, era la primera victoria sobre los campos insurrectos. La avanzada enemiga estaba integrada por 75 soldados del Regimiento Simancas No. 64. Al llegar a Baracoa era una prueba fehaciente para los habitantes del lugar la presencia mambisa de verdad sobre las armas. La noticia corrió como pólvora.

Se montó una verdadera cacería a los expedicionarios. Además de las tropas enemigas de línea, participaban los guerrilleros, tropas de los llamados indios de Yateras. Oriundos de nuestros nativos fueron captados a combatir junto a los españoles con la promesa de propiedades de tierras. Eran decididos rastreadores y conocían muy bien el terreno donde operaban. (Más adelante, el General José como tenían muy buenas relaciones con aquellos descendientes de taínos, Maceo instruyó a Pedro Periquito Pérez y a la capitana Cristina Pérez Pérez, comadrona y espiritista, acercarse a ellos. Lograron sumarlos a la causa mambisa) Dispersión y abrazos mambises

En marcha con el constante peligro, se internan en las montañas de Yateras. No faltó la traición de algún habitante de la zona instruido por el enemigo; el 8 de abril, en el sitio conocido como La Alegría, cayeron en una emboscada de los guerrilleros. Se dispersan perseguidos con saña. Por doquier podían esperar el ataque enemigo movilizado con todas sus estructuras militares en la región.

Maceo con un grupo y José y Flor integrando otro. Estos últimos chocaron de frente con una agrupación española el día 10 al bajar del Alto de Palmarito. Con los primeros disparos son derribados Joaquín Sánchez y Juan Fustiel. Flor abre fuego contra el enemigo muy cercano y cae con el cráneo destrozado; José logró escapar lanzándose por un farallón. Otros oficiales fueron apresados.

La expedición estaba viviendo una tremenda odisea. Maceo logra hacer contacto con un campamento cubano el 18 de abril. Habían caminado 186 kilómetros desde el desembarco. De los 23 integrantes de la honorable expedición, solo nueve lograron unirse a las tropas insurrectas. Duaba fue el empuje de la guerra necesaria. El titán de Bronce y su hermano, el León de Oriente, ocuparon sus puestos en la vanguardia y con ello se sucedieron las victorias. Nuevas tropas se alistaron honrando nuestro himno de guerra: ¡A las armas valientes, corred!

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Fuentes consultadas

Los libros: Memorias de la guerra, de Enrique Loynaz del Castillo; Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba, colectivo de autores, y Hombradía de Antonio Maceo, de Raúl Aparicio.

Tomado de: Revista Bohemia

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