por Dr. C. Ricardo Hodelín Tablada*
Publicado el 26 febrero, 2026 • 15:05

José Julián Martí Pérez (1853-1895). Fotografía de 1871 en Madrid.
El joven José Julián Martí Pérez con solo 16 años había sido acusado de infidente y condenado a seis años de prisión. El 4 de abril de 1870 es trasladado al Presidio Departamental, donde lo destinan a la Primera Brigada de Blancos, le asignan el número 113 y le entregan el sombrero negro, símbolo de la estampa de la muerte. En la cárcel le habían cortado los cabellos y colocado grilletes, una gruesa cadena rodeaba su cintura.
Con esta indumentaria todos los días antes de que saliera el sol, a las cuatro y media de la mañana, partía hacia las canteras ubicadas aproximadamente a dos kilómetros del penal, arrastrando grilletes y cadena por el viejo y pedregoso camino de La Chorrera. Trabajaba doce horas bajo el sol en las canteras de San Lázaro, sección llamada La Criolla, según lo había ordenado el comandante del presidio Mariano Gil de Palacios. Allí tenía que excavar y desbaratar las piedras a golpe de pico y luego llevarlas hasta los hornos de la cantera, en lo alto de una loma; a lo anterior se añade que debía levantar la palanca curvada para que el agua subiera hasta las bombas.
Don Mariano, padre de José Julián, realizó gestiones ante José María Sardá y Gironella, amigo personal del capitán general de la Isla, Antonio Caballero Fernández de Rodas, para que intercediera por la disminución del rigor de la pena a la que había sido condenado el joven. El 5 de septiembre de 1870, Sardá se entrevistó con el capitán general y obtuvo el indulto y custodio del penado 113, lo llevó hacia la Isla de Pinos donde permaneció dos meses y cuatro días, desde el 13 de octubre hasta el 18 de diciembre de 1870.
El 15 de enero de 1871, a bordo del vapor Guipúzcoa, el joven se hace a la mar. En el muelle lo despidieron sus padres, acompañados de sus hermanas y medio centenar de amigos. Con el cubano desterrado político hacía la travesía, el teniente coronel Mariano Gil de Palacios, la identidad del oficial español no era conocida por los pasajeros. Al segundo día de navegación, en la tarde después del almuerzo, Martí se refirió a los trabajos forzados que había tenido que realizar en las canteras e insistió en el maltrato a que eran sometidos los detenidos. La narración conmovió a tal punto que todos expresaron su censura. Al finalizar destacó que ese hombre por el que sentían desprecio era el teniente coronel Mariano Gil de Palacios; el aludido, colérico pero impotente para castigar la osadía, se retiró a su camarote.












































