viernes, 27 de febrero de 2026

José Martí, la familia, la creciente agonía

Por Andrés Machado Conte
26 de febrero de 2026

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Aquella carta a la madre fechada en Montecristi llevaba el latido de la despedida. Fue el mismo día del Manifiesto de Montecristi, donde, para el pesar de los neoplattistas contemporáneos, no aparece mencionado Estados Unidos. Pero aquella herida emocional de 1870 jamás cerró. Leonor “se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio” de la vida del hijo amado.

El joven Pepe, purificado con el fuego del presidio, soldado de una guerra de pensamiento, tendría pronto que transponer ideas en balas para lanzar unos hombres contra otros. Le espantaba despertar a los dormidos con himnos de combate. En la muerte del comunista Karl Marx lo escribió en blanco y negro.

El adjetivo Necesaria no solo define a un sustantivo difícil. Es un concepto. Quería una guerra generosa y breve. El Plan de Fernandina apuntaba a eso. Quizá por eso sufrió tanto a raíz de ese fracaso. En aquel mensaje a lo más querible remarcó sobre una creciente y necesaria agonía. Aquí vuelve al calificativo ya mencionado, tras despachar junto al Generalísimo el programa de la Revolución.

Creciente Agonía es el título de un libro revelador de los historiadores Froilán González García y Adys Cupull Reyes, publicado por la Editorial que se multiplica con el nombre del Héroe Nacional. Es una edición definitivamente agotada. Manos amigas hicieron posible esta (re)visitación: Mariano y Leonor. Los padres de José Martí, que llega ahora con el sello de la Asociación Política Cultural Espai Marx de España (Espacio Marx).

El prócer confirma esa dolorosa tribulación a punto de comparecer en el combate. “A Cuba iremos a morir”, habría dicho ante la prioridad de una foto que fijara su paso entre hermanos de batallas y de angustias. Esta investigación descubre y narra la agonía de una familia que no podía compartir la quimera de un joven que, tal vez sin saberlo, se echaba desde temprano sobre sí el destino de un país.

Siempre se habla del padre Mariano de Todos los Santos Martí Navarro, sargento primero del Real Cuerpo de Artillería de La Habana. Froilán y Adys nos regresan la ascendencia de la madre, la canaria Leonor Pérez Cabrera. Su padre, Antonio Pérez Monzón, venía de idéntica estirpe castrense en la famosa Diosa de la Guerra. No era únicamente el caso de Leonor. Otras hijas de ese hombre estaban casadas con militares de acendrada academia, firmes en la fidelidad a la metrópoli española.

La casa de la calle Paula número 41 sería famosa luego por el nacimiento allí del Apóstol de un nuevo tiempo, ajustado al reloj de la Historia Universal. Vino al mundo en la planta alta del inmueble. En los bajos radicaba una hermana de Leonor, Rita, casada con otro artillero, Juan Martín Rodríguez. Desde el principio, aquel entorno familiar no podía ser favorable a la idea de la independencia, de la emancipación humana y de la colosal tarea de equilibrar al mundo.

Martí sufrió la primera violencia de la mano autoritaria, pero devotamente amada del padre. Alguna vez, dejó escrito de su puño y letra que ser maestro implicaba creación. Rafael María de Mendive lo salvó cultivándole el talento, sembrándole conciencia de Patria, pero también de un posible suicidio en un minuto de baja emoción tras una golpiza.

Pero ese padre creció con él. En las Canteras de San Lázaro quedaron lágrimas y posiblemente el pulso de un corazón roto. De esa congoja terrible se habla menos. El hijo la entendió mejor que nadie, la sufrió amargamente, la apostilló hecha culpa en su vagar fuera de fronteras.

Tienen razón Froilán y Adys. La historia insiste en significar al valenciano Mariano y a la canaria Leonor. Todavía es tiempo para reconocer la condición de cubanos de esos seres que concibieron la humanidad del Apóstol de la independencia, del Héroe Nacional, del Maestro, del periodista mayor, del canon literario de esta parte del mundo, del Delegado del más límpido Partido y del Presidente que reconocieron los dispuestos a morir.

Tomado de: Radio Camoa

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