Autor: Delfín Xiqués Cutiño
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6 de marzo de 2026 15:03:21
Desde el 5 de abril hasta finales de agosto de 1880, más de veinticinco personas se encargaron de vigilar a Martí y a otros patriotas cubanos, en Nueva York, Cayo Hueso, Tampa y en otras ciudades, Pero sin lugar a dudas, el joven político que de forma interina presidía el Comité Revolucionario Cubano era el que más les interesaba

Logotipo de la Agencia de Detectives Pinkertons con su lema: nunca dormimos. Foto: Tomada de Internet
Las actividades patrióticas y políticas de José Martí para lograr la independencia de Cuba del colonialismo español, siempre estuvieron vigiladas por espías españoles y estadounidenses, por tanto una buena parte de su trabajo político lo realizaba de forma clandestina, para evitar que descubrieran los preparativos de la contienda insurreccional que preparaban.
Cuando se gestaba la Guerra Chiquita en Cuba, Martí se encontraba en la Isla. Había llegado a La Habana el 31 de agosto de 1878, aprovechando el «impasse» del Pacto del Zanjón y de inmediato el joven conspirador se integró a las tareas que realizaban un grupo de patriotas en organizar un levantamiento armado en el país.
El 17 de septiembre, apenas transcurridos unos días del alzamiento Martí es detenido en su casa, en la calle Amistad No.42, entre Neptuno y Concordia. Con certeza el resultado de su detención responde a que las autoridades españolas conocieron de sus actividades conspirativas por medio de uno de sus agentes, como luego se conoció.
El Capitán General dispone su deportación inmediata para el presidio de Ceuta sin que se le instruya causa ni celebre juicio, a disposición del Gobernador civil de Santander.
Dos días después el presidente del Club 27, en una carta le informó al presidente del Comité Revolucionario Cubano de Nueva York, lo siguiente:
«Anteanoche han preso al Ldo. Martí subdelegado en la Isla para enviarlo a la Península en el vapor del 25. Se supone haya sido delatado por algún espía, pues el espionaje está a la orden del día»
El día 25 embarca como preso a bordo del vapor Alfonso XII, que arriba al puerto de Santander, el 11 de octubre. Ladislao Setién, diputado por Laredo, logra como su fiador, la libertad bajo fianza y el gobernador civil lo autoriza a trasladarse a Madrid, donde debe presentarse al Gobernador Civil de la capital española.
Martí está ansioso por abandonar Europa cuanto antes para reanudar sus actividades políticas-independentistas con los emigrados cubanos en Estados Unidos. A estas alturas no tiene ni un «duro» en sus bolsillos para hacerle frente al costo de esa larga travesía.
No obstante estas dificultades, no se amilana, se las ingenia para preparar cuidadosamente su partida de la península. Todo debe hacerlo con sigilo, por eso mantiene un «bajo perfil» y se deja ver solamente en actividades culturales madrileñas.
Así las cosas, transcurre el mes de noviembre y, a mediados de diciembre, el joven Martí «pone los pies en polvorosa», se le escabulle a las autoridades españolas y aparece en Paris el día 18. Dos días después embarca en el trasatlántico-correo «Francia» que zarpa del puerto de Le Havre rumbo a Nueva York, donde arriba el 3 de enero de 1880.
Su amigo Miguel Fernández Ledesma lo recibe en la terminal de pasajeros y lo aloja en su casa hasta que encuentre trabajo para mantenerse, y un lugar fijo para dedicarse a su labor política.
A los pocos días carga con sus escasos bártulos que mantiene en la casa de su amigo y se hospeda en una modesta pensión a cargo del matrimonio santiaguero formado por Manuel Mantilla y Carmen Miyares, en 29th Street.51 East.

Edificio donde se encontraba la casa de huéspedes de Carmen Miyares en Nueva York donde se hospedaba José Martí. Albúm José Martí, un cubano a prueba de grilletes. Foto: Albúm José Martí, un cubano a prueba de grilletes.
En ese tiempo llega a la urbe neoyorkina y se aloja allí, el pintor santiaguero Guillermo Collazo, colaborador gráfico de la revista The Hour, quien al conocer la precaria situación económica en que se encuentra el joven Martí, le consigue un contrato en esa publicación.
Su destacado trabajo independentista lo conoce el Comité Revolucionario Cubano, por eso en la sesión ordinaria del 9 de enero se acuerda por unanimidad nombrarlo vocal de esa organización. En carta fechada el 13 de enero de 1880, Carlos Roloff, en su condición de secretario se lo comunica.
Asiste a la primera reunión del Comité que se celebró en la casa del Calixto García, y lo invitan a que participe en un acto patriótico que se efectuaría días después.
El 24 de enero de 1880 los inmigrantes cubanos y puertorriqueños que apenas conocían a Martí, lo que no sucedía con los curtidos generales que presidían la organización, lo escucharon pronunciar un combativo discurso que los hizo levantarse de sus asientos porque llegó a lo más profundo de sus sentimientos patrióticos.
Martí convocó a la unidad de todos los inmigrantes cubanos y terminó su discurso en Steck Hall con estas lapidarias palabras;
«¡Antes que cejar en el empeño de hacer libre y próspera la patria, se unirá el mar del Sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila!»
Sin duda las palabras de Martí llegaron inmediatamente por oídas al consulado español de Nueva York y al embajador, quedando estupefactos por el mitin político que pretendía unir en la lucha independentista a los patriotas inmigrantes cubanos y puertorriqueños. Y por si fuera poco, las actividades revolucionarias del joven poeta por esos meses aumentaron, además de su prestigio entre las masas.
Tanto es así que las autoridades españolas –que seguramente lo tendría fichado–, percibieron en los movimientos que hacía Martí, que se encontraban ante un joven líder revolucionario cubano. Como dice el dicho: «no hace falta beberse el mar para conocer que es salado».
Sonaron las alarmas y los representantes diplomáticos del gobierno español querían descubrir los planes insurreccionales que gestaban en Estados Unidos los inmigrantes cubanos liderados por Martí. Para realizar esta «operación encubierta», contrataron los servicios de la Pinkertons National Detective Agency, y de la Davies Detective Agency, que con anterioridad ya les había realizado otros trabajos de vigilancia, y espías españoles.
Desde el 5 de abril hasta finales de agosto de 1880, más de veinticinco personas se encargaron de vigilar a Martí y a otros patriotas cubanos, en Nueva York, Cayo Hueso, Tampa y en otras ciudades, Pero sin lugar a dudas, el joven político que de forma interina presidía el Comité Revolucionario Cubano era el que más les interesaba, por eso destinaron a siete agentes a no perderle el pie ni pisada; ni de día ni de noche, en territorio estadounidense.
El profesor e historiador francés Paul Estrade, descubrió en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, un legajo que contenía las copias de las cuentas que pagaba a esas agencias el Cónsul general de Nueva York enviadas a los ministerios de Estado y de Ultramar, respectivamente en Madrid, como comprobantes de los gastos secretos. (Publicados en su obra «Martí en su siglo y en el nuestro»)
La Pinkerton, que cobraba el 72 % de los fondos secretos asignados, vigilaba fuertemente los movimientos de los patriotas cubanos en sus viajes, citas, desplazamientos, reuniones, para escuchar alguna información relacionada con armamentos, expediciones o con planes insurreccionales. Recorrían una zona de los muelles y siete tiendas en Brooklyn por donde merodeaban los cubanos.
En los documentos encontrados aparece que las Agencias identificaban a sus espías con letras, «JP», «CDB», «ES», «CDB», «DB», «CKE» y «NAP».
En ese tiempo se encontraban en la ciudad la esposa de Martí, Carmen Zayas Bazán y su pequeño hijo Francisco, quienes residían junto al Apóstol en la casa de los Millares. Hasta allí llegó, se hospedó y convivió con ellos el agente «ES», quien buscaba ganarse la confianza de Martí.
El astuto espía tras la fachada de un joven estudiante, cada tres o cuatro días se aparecía con una botella de vino para la cena y chucherías para los niños. Y fue más allá al contratar a su cómplice «Miss Paral», para que recibiera doce clases de español impartidas por Martí y su esposa, pagadas por él con cargo a la Pinkerton.
Por supuesto que el joven conspirador cubano posiblemente conocía que lo espiaban, puesto que tenía experiencia en sus actividades independentistas clandestinas realizadas en Cuba y en España, en donde burló a las autoridades y se fugó a Francia.

Néstor Ponce de León, patriota cubano amigo de José Martí que tenía una librería en Nueva York. Foto: Archivo de Granma
Martí desde que llegó a la gran urbe neoyorkina visitaba frecuentemente la librería de su amigo Néstor Ponce de León, quien de 1870 a 1871 escribió un meticuloso diario que tituló Noticias confidenciales, en el que anotó las actividades de espionaje que realizaban los agentes de la Pinkerton.
De acuerdo con la historiadora Nydia Sarabia: «¿Acaso leyera Martí el Diario que ahora se publica por primera vez? No podemos asegurarlo, pero tampoco puede descartarse esa posibilidad y que estuviera enterado de cómo trabajaba la agencia de detectives…»
La astucia de Martí superaba con creces la de los patriotas conspiradores cubanos, que subestimaban al enemigo, y su ingenuidad los hacía presa fácil de los agentes de la Pinkerton. Confiaban en personas poco conocidas, en las que no debían confiar. Hablaban de lo que no tenían que hablar. Decían lo que no tenían que decir, y mostraban documentos que no debían revelar.
Por eso el Maestro no descuidaba la discreción y la desconfianza para impedir que los agentes españoles y de la Pinkerton, pudieran obtener informaciones «sensibles», como lo señala en su correspondencia con los patriotas cubanos. Al respecto Enrique Collazo dijo: «a veces parecía un loco, víctima de un delirio de persecución que lo hacía ver espías y detectives por todas partes».

Clave Habana, confeccionada por José Martí para comunicare con Juan Gualberto Gómez.. Tomado de: Los escudos invisibles. Un Martí desconocido, por Raúl Rodríguez la O. Foto: Tomado de Los escudos invisibles. Un Martí desconocido, por Raúl Rodríguez la O
Pero Martí tenía razón. Por eso cuando se encontraba inmerso en los preparativos de la «guerra necesaria», confeccionó la «Clave Habana», para comunicarse con Juan Gualberto Gómez y la «Clave María» para hacerlo con Enrique Collazo, respectivamente.
Es justo señalar que el fracaso del Plan Fernandina –expedición de los barcos con pertrechos y armamentos–, nada tuvo que ver con el Delegado y sí con indiscreciones de otras personas. Unas semanas antes le decía en una carta al general Máximo Gómez (3-11-1894): «Por eso, de mi boca, nadie sabe detalle alguno, ni el que va con mi barco sabrá de los otros barcos que van; ni Maceo mismo, a estas horas, sabe, fuera de la suyo a pesar de su natural impaciencia».
Una vez resueltos los asuntos pendientes acerca de los barcos en Fernandina, Martí se reunió el 29 de enero en la casa de Gonzalo de Quesada con Enrique Collazo, José María Rodríguez (Mayía), y luego de valorar las últimas noticias recibidas desde Cuba, deciden dar la orden del levantamiento. Redactan el documento que Martí firma como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, así como Collazo, Mayía y Quesada como secretarios.
Temprano en la mañana siguiente acudió a la casa del doctor Miranda, –donde estuvo oculto varios días–, para despedirse y, con la misma prontitud con la que llegó, se marchó. No sin antes dejar «aparentemente olvidado» en el vestíbulo, un sobretodo de color marrón.
Pero es posible que el Delegado lo haya dejado allí deliberadamente para evadir ser identificado al salir a la calle, donde lo esperaba Gonzalo de Quesada en un coche cerrado. Ese día parte de Nueva York a bordo del vapor Athos rumbo a Cabo Haitiano, junto con Collazo, Rodríguez y Manuel Mantilla.Martí desaparece en Nueva York, nadie sabe dónde se encuentra. No hay rastro de él desde hace varios días. Los sabuesos de la Pinkerton lo buscan afanosamente como locos en la urbe neoyorkina, en Tampa y en Cayo Hueso.
Supuestos periodistas averiguan por Martí en un hotel en Central Valley, mientras que otros agentes interrogan a Gonzalo de Quesada y a Carmen Mantilla, quienes les dijeron que no sabían dónde se encontraba el Maestro. No aparecía por ningún lado. Como si la tierra se lo hubiese tragado.
Martí resultó ser «un hueso duro de roer» quien hábilmente burlaba a los detectives de la Pinkerton y a los espías pagados por el consulado español, quienes no pudieron impedir que sus actividades independentistas en Nueva York posibilitaran el reinicio de la guerra en Cuba.
Y nuestro Apóstol apareció. Había desembarcado en medio de un torrencial aguacero en su querida Patria con el General en Jefe Máximo Gómez y con otros patriotas por un punto en la costa norte oriental y, a estas horas cabalgaba por la manigua cubana en un brioso corcel de cara al sol rumbo a la inmortalidad.

Los escudos invisibles. Un Martí desconocido, por Raúl Rodríguez la O Foto: Tomado de Los escudos invisibles. Un Martí desconocido, por Raúl Rodríguez la O

Orden de alzamiento para el 24 de febrero de 1895, firmada por José Martí y otros autores cubanos. Foto: Archivo de Vanguardia

Recuerda María que cuando paseaban por Bath Beach, Long Island, Nueva York, un fotógrafo ambulante les tomó esta foto. Posiblemente los agentes de la Pinkerton los vigilaban. Foto: Archivo de Granma

Pasaporte de José Martí. Expedido el 14 de septiembre de 1879 y entregado el 24 de ese mismo mes al ser deportado a España. Revista Carteles Foto: Revista Carteles
Fuentes:
- Los escudos invisibles. Un Martí desconocido, Raúl Rodríguez la O.
- Martí, en su siglo y en el nuestro, Paul Estrade
- Noticias confidenciales sobre Cuba 1870-1895, Nydia Sarabia.
Tomado de: Periódico Granma
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