Luis Beiro
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21/06/2026 00:00
José Martí es un gran poeta. Sé que la palabra «gran poeta» es hoy tan valiosa como una funda de súpermercado. Pero desde hace más de seis décadas a José Martí no lo han tratado en Cuba con respeto. Lo han politizado, manipulado su pensamiento y lo han adecuado a imagen y semejanza de ciertos intereses.
Es cierto que fundó un partido político y trató de unir a los cubanos dentro y fuera de la isla en un ideal común. Pero presentarlo como guerrero y defensor de “ciertas”causas, no se corresponde con su obra, su legado y su admiración por el cubano de a pie, tanto fuera como dentro de la isla. José Martí solo sirve para servir la memoria de un gobierno que le endilga ideologías que nunca tuvo.
Son ciertas sus cuitas amorosas y su afición por las bebidas alcohólicas. En sus viajes a la República Dominicana en aquel contexto, fue frecuente descubrirlo en Santiago de los Caballeros, en la ronera de Beltrán, charlando con parroquianos de diversos sectores sociales. El historiador dominicano Emilio Rodríguez Demorizi da cuenta de ello en su libro “Martí en Santo Domingo” que a pesar de su brillantez, las autoridades culturales no desean reeditar por considerarlo “impropio” para las buenas relaciones.
Martí escribió estos versos que desgarran,
“Oculto en mi pecho bravo
la pena que me lo hiere:
el hijo de un pueblo esclavo
vive por él, calla y muere”.
No soy emigrante, lo sostengo en cualquier sitio y ante cualquier autoridad. La República Dominicana es mi segunda patria. Soy periodista y trato de colaborar con mis colegas por un mejor país. Pero Soy un exiliado con todo el rigor y las consecuencias que tal condición me otorga. El gobierno de Cuba me forzó, como lo hizo con José Martí en otro contexto (salvando distancias). En mi caso no lo hice por convicción ideológica porque no creo en las ideologías. Lo hice por salvar a mi familia y formar aquí a jóvenes que serán los periodistas del mañana respetando sus caracteres, formas de pensar y de entender el mundo. No hay mejor causa que saltar por encima de las piedras que adornan el camino y consagrarse a algo valioso en la tierra que nos acogió.
Cada quien tiene sus gustos. El mío seduce. No me gustan circo, conciertos populares, ni algarabías. El teatro no lo asumo para aplaudir sino para disfrutar obras que valen la pena. No busco medallas, ni exijo lealtades. Allá quienes se autoprovueven. Siempre algo ocultan.
Admiro a René del Risco y Bermúdez. Como dijo un editor dominicano, es el eslabón perdido entre el “Boom” latinoamericano y las letras dominicanas.
No hablaré de su vida, ni de su descendencia ejemplar. Su exilio en Puerto Rico fue un trauma que no pudo superar. Regreso a la patria para fundar ideales. Sin embargo consumía alcohol algo propio de esa edad donde las quimeras parecen utopías y las utopías necesitan algún sueño redentor. Y fue consecuente con sus ideales. Jamás hubiera pedido un fusil para disparar contra su propio pueblo indefenso, con hambre y sed de justicia social. René era demasiado René Tampoco aplaudiría la doble moral de quien vive en opulencia en un país lo vio nacer y lo hizo gente.
Tomado de: Listín Diario
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