Por: Yoel Cordoví Núñez
Doctor en Ciencias Históricas. Presidente del Instituto de Historia de Cuba.
17 junio 2026
Máximo Gómez en un retrato de 1894 - Foto: Archivo.
¿Fue el general Máximo Gómez partidario de la intervención de Estados Unidos en el conflicto colonial cubano de fines del siglo XIX? Una respuesta rigurosa a esta pregunta no puede sustentarse en la selección aislada de algunas cartas, en particular si se considera que su fondo documental personal –sin contar otras colecciones dentro y fuera de Cuba– comprende 5894 expedientes, en su mayoría correspondientes al período 1895–1905. Tampoco resulta suficiente prescindir del contexto de producción de las fuentes, ignorando los escenarios políticos y las lógicas históricas que condicionaron sus posicionamientos.
La cuestión, además, no debe restringirse a los años inmediatamente anteriores a la intervención estadounidense, pues Gómez era ya un veterano de la Guerra de los Diez Años y una figura central de los proyectos revolucionarios del período de entreguerras. En ese marco, la ausencia de apoyo oficial de Washington a las iniciativas independentistas constituye un elemento clave para comprender las percepciones que el liderazgo cubano construyó sobre la política estadounidense hacia la Isla.
Esta lectura se refleja en su relato El porvenir de las Antillas, donde Gómez, al comparar la actitud de Gran Bretaña y Estados Unidos durante la Guerra de los Diez Años, atribuía al vecino norteño una participación indirecta en el sostenimiento del esfuerzo bélico español. En su visión, Estados Unidos “a la vez que nos explotó y aprovechó cuando le fue posible, fue aquel país el arsenal más abundante que a las puertas de Cuba se encontrara España para surtirse a sus anchas de materiales de guerra con que ahogó en sangre el grito de los libres”.1
En ese contexto se fortalecieron también sus vínculos con José Martí, mucho más intensos entre 1892 y 1895, cuando las preocupaciones sobre el expansionismo estadounidense adquirían creciente centralidad en la estrategia del Partido Revolucionario Cubano. Así, las propias gestiones del PRC en México incorporaban la necesidad de articular apoyos y, al mismo tiempo, de fomentar un clima político regional atento a los riesgos que implicaba la política de Estados Unidos en el continente. En septiembre de 1894, al informar al Generalísimo sobre los resultados de las gestiones realizadas en México, el Delegado del PRC destacaba dos objetivos fundamentales que habían orientado sus esfuerzos. El primero consistía en establecer contactos con determinadas personalidades a las que pudiera recurrirse en una “hora desesperada”; el segundo, en asegurar una ayuda “amplia y pronta” mediante el fortalecimiento de un “pensamiento de política antiyanqui que, sin exceso, dejo influyendo grandemente en México y Centro América y entre estas dos regiones para su mayor paz”.2
El otro aspecto a considerar –y partimos de que el pensamiento de un individuo no es el resultado mecánico de un hecho aislado, sino parte de un proceso complejo de formación política, intelectual y cultural– radica en la necesidad de una búsqueda exhaustiva de la documentación y, sobre todo, en su indispensable contextualización. No se trata solo de fechar cartas o informes, sino de reconstruir el entramado de contradicciones, expectativas y problemas que condicionan la acción histórica en cada coyuntura.
En este sentido, resulta ilustrativa la carta que Máximo Gómez dirigió al presidente estadounidense Stephen Grover Cleveland el 9 de febrero de 1897.3 Leída de manera aislada, esta comunicación podría sugerir interpretaciones simplificadas sobre una eventual expectativa de intervención estadounidense. Sin embargo, su sentido solo se comprende a la luz del contexto político y de los objetivos de la dirección revolucionaria en aquel momento.
En dicha misiva, Gómez aclaraba desde el inicio que no pretendía incurrir en una acción impropia de su condición militar, aunque justificaba su comunicación en el hecho de que el propio presidente había abierto un canal de interlocución al referirse a la guerra de Cuba en su mensaje al Congreso.
Una pregunta resulta inevitable: ¿qué contenía el mensaje que el presidente demócrata dirigió al Congreso el 7 de diciembre de 1896 y al que aludía Máximo Gómez en su carta? En su mensaje, Cleveland –a tono siempre con los planteamientos de su secretario de Estado Richard Olney– sostenía que, si España no lograba sofocar la insurrección ni accedía a una salida negociada, Estados Unidos podría verse obligado a intervenir en el conflicto, incluso a riesgo de una guerra con la metrópoli. Al mismo tiempo, negaba a los insurrectos cubanos un estatus político equivalente al de un gobierno beligerante, al describirlos como reformistas sin una autoridad civil plenamente constituida. Según afirmaba, los insurrectos no contaban con otra autoridad que la derivada de “la voluntad de un oficial militar con mando temporal en un distrito particular”.4
La respuesta de Gómez, como General en Jefe del Ejército Libertador, fue inmediata. En su proclama del 15 de enero de 1897, -es decir, días antes de la referida misiva al presidente estadounidense- defendió la legitimidad institucional de la República en Armas y de sus principios fundacionales, “formulados en el Manifiesto de Montecristi”. A pesar de sus discrepancias con sectores del propio gobierno revolucionario, reafirmó la autoridad del Consejo de Gobierno como expresión de la soberanía insurgente frente a las descalificaciones del mandatario demócrata. La respuesta cuestionaba el presupuesto mismo de la posición de Washington. En sus palabras: “Ese Consejo de Gobierno podrá merecer del presidente Cleveland la consideración que él le otorgue, pero será y es para todos los cubanos en armas, la autoridad supremamente constituida […]” Y añadía: “nuestro lema único es la independencia absoluta de la isla de Cuba, y nuestro fin la constitución de una república democrática, libre y soberana”.5
En este escenario, la carta de Gómez en modo alguno evidencia una postura dócil ni deja entrever una solicitud de intervención. El Generalísimo se dirigía al presidente de una potencia que reconocía a España como única parte beligerante, con el objetivo de frenar, por vía diplomática, una política que consideraba criminal. Tanto la administración demócrata de Grover Cleveland como la republicana de William McKinley se negaron a reconocer la beligerancia de los cubanos, lo que implicaba, en la práctica, desconocer la legitimidad política e institucional de la República en Armas y de su Ejército Libertador. Su intención no era promover una intervención militar directa, sino ejercer presión sobre Madrid para detener la reconcentración y el exterminio de la población civil cubana.
La misiva es explícita en este sentido: “no la considere como una solicitud de intervención en nuestros asuntos […] Dígale a España que el asesinato debe cesar”. Esta apelación Gómez la articula con referencias a la Doctrina Monroe, revelando más recelo que confianza hacia la política de Estados Unidos con respecto a Cuba. El monroísmo, recurrente en el discurso diplomático estadounidense y mucho más visible durante la crisis anglo-venezolana de 1895-1896, quedaba entredicho en el caso cubano. Parte importante de la correspondencia que el General en Jefe recibe en esos primeros meses de 1897 está relacionada con la hostilidad del gobierno de Estados Unidos hacia una posible Cuba independiente. De ahí que, lejos de una expectativa favorable hacia Washington, las declaraciones de Gómez dejaran entrever su frustración ante la indiferencia del presidente frente al drama cubano: nada le resultaba más doloroso que la guerra de Weyler, “a menos que sea ver que usted permanece indiferente ante ellos”.
Estos recelos no se originaron en 1897 ni en el contexto inmediato de la guerra, sino que respondieron a una percepción acumulada durante décadas de observación de la política estadounidense. Así lo evidencia una posdata de 1896 dirigida a su esposa, en la que denuncia las aspiraciones expansivas de Estados Unidos y reafirma la voluntad de independencia absoluta de Cuba frente a cualquier tutela extranjera: “En vano los Yankees con su poderoso mercantilismo y sus aspiraciones absorbentes traten de enamorar a Cuba aprovechándose de sus conflictos. Ella será libre, les pagará sus favores cortésmente, pero no se echará en sus brazos”.6
Tales posiciones se reiteran en sus comunicaciones a las autoridades militares españolas, donde insiste en la necesidad de poner fin a la guerra y cerrar el ciclo colonial. En su carta a Arsenio Martínez Campos y posteriormente a Ramón Blanco Erenas, subraya la necesidad de poner fin a una guerra que desangraba a Cuba y España por igual. En términos precisos afirmaba: “No más sangre, general; no más tea. España no debe permitir que Cuba deba su independencia, ni poco ni mucho, a favores extraños […] Bórrese de una vez para siempre el abismo que separa a los cubanos y españoles”.7
Resulta llamativo que quienes sostienen una supuesta adhesión de Gómez al intervencionismo estadounidense centren su atención en la posterior respuesta dirigida a Blanco, e incluso podrían añadir a ese repertorio la enviada al general español Luis María de Pando, redactada en términos semejantes. Sin embargo, una lectura aislada de estos documentos corre el riesgo de ignorar el contexto específico en que fueron producidos.
Cuando Gómez respondió a Blanco, las tensiones entre Estados Unidos y España habían alcanzado un punto crítico y la posibilidad de una intervención norteamericana era cada vez más evidente. El capitán general, que había desestimado los llamados previos del jefe insurrecto,8 reconocía ahora por primera vez su grado y autoridad militar y llegaba incluso a proponerle una alianza entre el Ejército español y el Ejército Libertador para enfrentar de manera conjunta una eventual invasión extranjera. Según Blanco, ambos contendientes debían unirse en Santa Clara y rechazar al invasor al grito de “¡Viva España y viva Cuba!”
La respuesta de Gómez combinaba argumentos humanistas con una estrategia retórica orientada a desmontar una propuesta que consideraba absurda e inaceptable. Frente a la apelación a una supuesta identidad racial entre cubanos y españoles, replicó: “Yo solo creo en una raza: la humanidad”, situando el conflicto en el terreno de los derehos y las libertades. Por otra parte, las alusiones que en términos elogiosos y de agradecimiento le expresara Gómez a Blanco con respecto a la intervención de Estados Unidos,9 también deben ser contextualizadas. Interpretar estas palabras como un respaldo consciente a Estados Unidos implicaría ignorar el conjunto de su pensamiento y las múltiples expresiones de desconfianza hacia Washington. Más bien, son la expresión de una lectura pragmática de una situación militar y diplomática excepcional.
En ese mismo contexto, sus orientaciones al aparato revolucionario fueron distintas. En abril de 1898 insistió en intensificar la guerra para que la llegada de las tropas estadounidenses no relegara al Ejército Libertador a un papel secundario, sino que actuara como “Ejército aliado” y no como “poderoso impositor”.10
Esta cautela se refleja también en su Diario, donde, ante la inminente intervención, anotaba con tono crítico y simbólico su percepción de la situación: “ello se branco, ello se entende, pero yo me va pa lo monte”.11
Tras la firma del armisticio, los recelos del Generalísimo se intensificaron. Tanto en su diario íntimo como en la correspondencia con colaboradores cercanos, dejó constancia de sus preocupaciones ante la presencia del ejército interventor en la Isla. En comunicación con el coronel Ernesto Fonts Sterling, secretario de Hacienda del Consejo de Gobierno de la República en Armas, insistía en la necesidad de preservar el orden interno y articular las fuerzas políticas de la futura república. En ese marco, proponía incluso la creación de un “Partido Nacional Separatista Cubano” que acelerara la retirada de las tropas extranjeras, advirtiendo que “Toda dilación en esta obra implica un peligro para la independencia absoluta de Cuba”.12
Los acontecimientos posteriores a la guerra exceden el alcance de estas páginas, pero concluyamos con sus aseveraciones en la última nota de su inseparable diario de campaña. El 8 de enero de 1899, Máximo Gómez concluía sus apuntes cronológicos, calificando “la actitud del Gobierno Americano con el heroico Pueblo Cubano”, como “un gran negocio”: “Nada más racional y justo que el dueño de una casa sea él mismo que la va a vivir con su familia el que la amueble y adorne a su satisfacción y gusto, y no que se vea obligado a seguir contra su voluntad y gusto, las imposiciones del vecino”. Y añadía a modo de cierre:
La situación pues, que se le ha creado a este Pueblo, de miseria material y de apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatías.13
Ciertamente, los escenarios en que acontecieron la intervención y el de los años de la posguerra se presentaban en extremo complejo. En el propio campo revolucionario coexistían posiciones diversas respecto a la intervención estadounidense: desde su aceptación como vía de conclusión del conflicto, hasta su interpretación como tutela transitoria o incluso como antesala de la anexión. Estas lecturas se reconfiguraron durante la ocupación militar, generando desplazamientos dentro del liberalismo insular más allá de las lealtades forjadas en la guerra. Este entramado de posiciones resulta también esencial para comprender las tensiones del período y situar en su justa dimensión el pensamiento político de Máximo Gómez, marcado por la desconfianza ante las proyecciones hegemónicas de Estados Unidos y por la defensa constante de la soberanía cubana como horizonte irrenunciable.
Referencias
- Versión original publicada en la revista Carteles, nos. 46 y 47, La Habana, 15 y 22 de noviembre de 1942. Según investigación del historiador Ramón de Armas, el texto debió ser escrito por Máximo Gómez en 1887.
- José Martí: Carta a Máximo Gómez, Central Valley, 8 de septiembre de 1894, en Centro de Estudios Martianos: El General Gómez. José Martí, Editora Política, La Habana, 1986, p. 105.
- Máximo Gómez: Carta a S. Grover Cleveland, Sancti Spíritus, 9 de febrero de 1897, en Archivo Nacional de Cuba: Fondo Máximo Gómez, leg. 21, no. 2980.
- Ramiro Guerra Sánchez: La expansión territorial de los Estados Unidos. A expensas de España y los países hispanoamericanos, Editora Universitaria, La Habana, 1964, p. 325.
- Bernabé Boza: Mi diario de la guerra. Desde Baire la intervención americana, t. II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, pp. 15-16.
- Versión original en forma de folleto de 22 páginas, a cargo de la Imprenta El Cubano Libre en 1896, extraída del Archivo Nacional de Cuba: Fondo Máximo Gómez, Legajo 27, no. 3769.
- Máximo Gómez: Carta a Arsenio Martínez Campos, Ingenio Pulido, 16 de enero de 1896, en Diario de Campaña, p. 534, y carta a Ramón Blanco Erenas, noviembre de 1897, en Archivo Nacional de Cuba: Fondo Máximo Gómez, leg. 20, no. 2850. El 24 de diciembre de 1897, Blanco le responde a Gómez, convidándolo a que aceptara la autonomía de la Isla como única alternativa “para alcanzar la libertad”. Archivo Nacional de Cuba: Fondo Máximo Gómez, leg. 20, no. 2856.
- El 24 de diciembre de 1897, Blanco le responde a Gómez, convidándolo a que aceptara la autonomía de la Isla como única alternativa “para alcanzar la libertad”. Archivo Nacional de Cuba: Fondo Máximo Gómez, leg. 20, no. 2856.
- Bernabé Boza: Mi diario de la guerra. Desde Baire la intervención americana, t. II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, pp. 260-261.
- Máximo Gómez: Carta a Domingo M. Capote, Las Villas, 13 de abril de 1898, en Archivo Nacional de Cuba: Fondo Adquisiciones, Caja 72, no. 4269.
- Máximo Gómez: Diario de campaña, 23 de marzo de 1898, Centro Superior Tecnológico de Ceiba del Agua, La Habana, 1940, p. 404.
- Máximo Gómez: Carta a Ernesto Fonts Sterling, 21 de agosto de 1898, en Lisandro Pérez: “El general en el ocaso de la guerra: Dos cartas inéditas de Máximo Gómez en el archivo del Coronel Ernesto Fonts y Sterling”, Cuban Studies, no. 53, 2024, p. 257. En 2019, Lisandro Pérez donó el archivo de su bisabuelo materno Fonts Sterling, que contiene importantes cartas del general Gómez, al Cuban Heritage Collection de la biblioteca de la Universidad de Miami.
- Diario de campaña, 8 de enero de 1899.
Tomado de: Cuba Debate
No hay comentarios:
Publicar un comentario