Fuente: AIN
14 de Agosto, 2006 Por: Miralys Sánchez Pupo(Cubarte).- José Martí, el hombre que unió a los cubanos para poner en marcha la guerra necesaria con la aspiración de alcanzar el equilibrio del mundo a las puertas del siglo XX, cayó ante el azul de su cielo para entrar en la trascendencia de nuestra contemporaneidad como un heredero de Don Quijote de la Mancha. A lo largo de su obra periodística sobresale la pluma ágil y la visión profunda de quien conoce su oficio pero mucho más las circunstancias que se mueven en los vaivenes de la historia por la óptica suprema del político más alto de la centuria en América Latina. El palpitar de este hombre siguió el sendero de “Cervantes… aquel temprano amigo del hombre- cuando afirmó- que vivió días aciagos para la libertad y el decoro, y con la dulce tristeza del genio prefirió la vida entre los humildes al adelanto cortesano, y es a la vez deleite de las letras y uno de los caracteres más bellos de la historia.”(1) Pero lo hizo desde la altura de sus cuadernos de apuntes, fragmentos y misivas, donde la información profusa viajó a manos amigas como un estímulo para la reflexión sin perder un ápice de sus cualidades de orfebre de la palabra y de los sentimientos humanos. A las muchas menciones de su admiración por El Manco de Lepanto ante disímiles situaciones de su vida en la epopeya del deber, subyace la primicia de la evolución de su pensamiento político apresada por una expresión caudalosa como parte del canal para trasladar sobre el papel de sus cartas una conversación a distancia que pretende ser completada por el dialogar de regreso a sus manos de las opiniones de sus destinatarios. El traspaso de la frontera íntima para dar a conocer a otros semejantes de su amistad a través de misivas no se ha definido de forma general como una presencia literaria, pero permite hilvanar junto a su diario de campaña, aspectos reveladores de una vida cuya intensidad puede ser conocida a través de ellas en todo su esplendor. Los textos epistolares del Héroe Nacional de Cuba, constituyen una mezcla de armonía intrínseca por el fondo y la forma de un contenido capaz de leer en la distancia del tiempo como para alentar en nuevos contextos el análisis de sus advertencias. Colectivos nuevos los leerán como parte de sus obras completas y encontrarán una vigencia tal que se consideran al mismo tiempo literarias y políticas en su avance conceptual hacia diferentes afluentes de la vida contemporánea. Las cartas Martianas presentan la belleza interior y la ternura, que comparte nuestro Homagno desde el punto de vista ético, sin desplazar las ideas de sus aspiraciones en el campo político. La expresión de sus mensajes a personas diferentes a las que entregó su amistad fueron selladas con las peculiaridades de ellas mismas con el estilo apropiado para su acercamiento a esos seres humanos, pero el más alto de estos intercambios lo sostuvo con Manuel Mercado, su amantísimo hermano. Ante las aspas de los molinos Como Cervantes estuvo con el pie en el estribo, pero de la vida, como escribió a Mercado en 1887. Aunque con alternancia cronológica, ellas presentan un acercamiento desde los dos extremos de su aliento vital. Desde uno de los lados de este puente está la argumentación ética entre el Bien y el Mal, ante el deber del hombre que dejó como constancia en “Yugo y estrella” y en el otro, la despedida hacía una trascendencia que adelantó desde el campamento mambí, al exhalar el último hálito de la vida, luego de conmover en la tribuna la tenacidad de su propósito de unidad de los cubanos par alcanzar la república con todos y por el bien de todos. Desde Guatemala escribió a su amigo el 6 de julio de 1878 al comentarle que tal parecía que el mal había apostado contra él, para ganarle la partida al bien, pero se conforma con afirmar: “Afortunadamente, por su desoyese a mi voz que habla alto, tengo en México un vivo ejemplo de honradez acrisolada y modelo de vida” Con la fortuna de tal confianza le entregó sus inquietudes sobre el fracaso de la guerra de 1868, sus conflictos amorosos, las perspectivas del futuro con este abrazo de palabras, para adelantarle sus inquietudes envueltas en la ternura de sus líneas. Cervantes colocó por primera vez en la narrativa la escritura en primera persona que le permitió a los autores la distancia para el movimiento dramatúrgico sobre el diálogo hasta entonces desconocido, pero en el prólogo de la obra el gran escritor español se autodefinió como “casto de pensamientos, honesto de palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos y finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste defenderla” Si seguimos con el dedo por la vida martiana encontraremos en el Maestro, la constancia de su adarga como númen cervantina, al encuentro como el reflejo de la lucha de los desposeídos con sumo genio artístico. Esa originalidad la presenta ante su amigo, sin reducirse a sus observaciones como cronista en Estados Unidos. La intimidad de aquella hojas viajeras llevaban en su vientre, parte del tesoro que el maestro aportó a la humanidad cuando aseguró “De estas tierras no espero nada, ni para Uds. Ni para nosotros”. Le bastaba saberse descendiente de Bolívar ante aquel choque incesante con las gentes y afirmarle a Mercado: “en esta tierra se endurecen y corrompen, de modo que todo pudor y entereza, como que ya no lo tienen, les parece un crimen… a Ud puedo decírselo… yo me veo por dentro y sé que muero…” La confesión continúa en misivas para conocer la salud de Luisa, una de las hijas de Mercado. Refiere los planes altaneros de Estados Unidos para ocupar el poder de los pueblos americanos y con su declaración casi oficial proponer a España la compra de Cuba, para dejar sobre su expresión las apetencias políticas de Norteamérica en un verdadero lujo del articulista del diario La Nación de Argentina. La encrucijada de un destino Al ser nuevamente expulsado de su país, aseguró no tener patria y afirmó su deber conquistarla. Lejos de Cuba a donde regresó brevemente aseguró al amigo ¿He de decir a V. cuánto propósito soberbio, cuánto potente arranque hierve en mi alma? ¿qué llevo mi infeliz pueblo en mi cabeza, y que me parece que de un soplo mío dependerá en un día su libertad? La letra chica de sus cartas a Mercado la califica como la pequeñez del espíritu, pero le asegura que no le acobardan ni el frío ni las penas, pues él es la oportunidad del desahogo sincero ante su amantísimo hermano. En The Sun de Nueva York, de 8 de julio de 1880, Martí describió al Quijote en busca de injusticias para remediarlas, de vidas para defenderlas y de desventurados para ayudarlos. ¿Pero no es acaso él, el heredero de ese propósito quijotesco? Y esos sentimientos son los que expone en su soledad con Mercado y la búsqueda de apoyo y comprensión ante los afanes de los propósitos de su vida. El genio martiano en política está en prever. Insiste en sus deas también en sus discursos y las circulares. Ellas se cruzan por su mente cuando escribe el 2 de mayo de 1895 “De los dirigentes cubanos al Herald”, desde la manigua cuando faltaban 17 días para su muerte. En ese trabajo se dirigió al pueblo norteamericano para explicar con claridad las verdaderas aspiraciones de la revolución cubana desde la voz que bien conoce “El norte revuelto y brutal que nos desprecia”y argumentó la justicia de la lucha del machete mambí. Después reanudó su habitual conversación con Mercado, que fechó el 18 del mismo mes y donde le comentó todo lo sucedido con el reportero Eugenio Bryson en una misiva que mostró la continuación de las anteriores en los que presentó sus puntos de vista políticos. En ella le aseguró “Ya puedo escribir y decirle con que ternura y agradecimiento y respeto lo quiero y esa casa que es mía y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y mi deber” La conversación escrita como la de tantos otros momentos asegura “En mí solo defenderé lo que tengo por garantía o servicio de la revolución. Se desaparecer. Pero no desaparecía mi pensamiento”. Las cartas martianas a Manuel Mercado en su quijotesco camino hacia el deber de su vida es un acontecimiento revelador de una profundidad política desde la proximidad donde lo ético corona con el esplendor de cada palabra sobre el prodigio de la amistad. La información traspasa las fronteras de la cercanía íntima para convertirse en relectura luego de la desaparición física de su autor. Ellas están engarzadas conceptualmente con el manifiesto enviado a The New York Herald y “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano y el deber de Cuba en América” Le aseguró a su amantísimo hermano mexicano “Yo no me voy nunca”. Y en breves líneas a uno de los hijos de Mercado, dejó para la historia la síntesis ética de su vida: “Alfonso leal: tú quieres a toda costa, un autógrafo mío. El único autógrafo, hijo digno de un hombre, es el que deja escrito con sus obras Tu José Martí” Y con esta lección rebasó las circunstancias de su tiempo porque destruyó los linderos artificiales para asirse por siempre a los brazos de la trascendencia. (1)”Seis conferencias” por Enrique José Varona en El Economista Americano, Nueva York. En José Martí, Obras Completas, Editora Nacional de Cuba, La Habana , 1963, T 5, p. 120
Extracto de textos martianos."... Es además un arte de la política tener a los pueblos como distraídos y aturdidos; y obligar sus ojos a espectáculos variados y nuevos, para que teniendo siempre qué mirar, no les quede espacio de mirar en sí, y se vean míseros y bravos y no se rebelen." [José Martí. Carta al Director de "La Opinión Nacional". Nueva York, 21 de enero de 1882. En Obras Completas. Editorial de Ciancias Sociales. La Habana, 1975. Tomo 14. Página 341.]
Posted on Thu, Aug. 10, 2006 CARLOS RIPOLLHace poco, desde este mismo periódico, un improvisado médico forense determinó que Martí había muerto dos veces: por los tropiezos de la República y la falsificación de su doctrina en el castrismo, y en Dos Ríos. Hoy, 24 de julio, es un sepulturero el que recomienda ''Enterrar a Martí''. El autor de ese trabajo, Alejandro Armengol, concluye que a los cubanos ''nos ha llegado la hora de enterrar a Martí''. La Academia de la Lengua dice que ''enterrar'' es ''poner debajo de tierra; dar sepultura a un cadáver'', y en lenguaje figurado, ``arrinconar, relegar al olvido algún negocio, designio, etc., como si desapareciera de entre lo existente''. Aun antes de su muerte los enemigos de Martí lo habían ''enterrado''. Al llegar los diputados autonomistas a Madrid (Montoro, Fernández de Castro, Miguel Figueroa y Eduardo Dolz), les preguntó por Martí un antiguo compañero suyo del Ateneo, y le respondían: ``¡Bah! Marchó de Cuba... Allá en Nueva York publica una inofensiva hoja separatista. Martí es un hombre muerto''. En defensa del enterramiento de Martí dice Armengol: ''Es lamentable'' que en la formación de la nacionalidad se sobrevalore un cuerpo rector formado por frases brillantes que forman un catecismo de fácil manipulación propicio a todos los usos. Pensamientos en los que lo luminoso de la palabra dificulta encontrar lo efímero de su contenido''. El aplauso de la doctrina de Martí, por su permanencia, no es un pecado propio de nuestra ''nacionalidad'', lo compartieron, entre otras figuras ilustres, cinco Premios Nobel (Albert Schweitzer, Bertrand Russell, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral y Ralph Bunche); seis presidentes (Gamal Abdel Nasser, de Egipto; Isaac Ben Zvi, de Israel; Pierre Mendes-France, de Francia; Harry Truman, John F. Kennedy y Ronald Reagan, de Estados Unidos); e intelectuales de mayor prestigio, de todos los credos (Stefan Zweig, Miguel de Unamuno, Emil Ludwig, María Zambrano, Thurgood Marshall, Juan Pablo II). Por citar sólo el más próximo, sobre la universalidad de su pensamiento, véase este juicio del presidente Reagan: ``José Martí será recordado por los amantes de la libertad como un precursor y líder de todo esfuerzo para lograr la auténtica redención del hombre''. Cuanto de Martí dice Armengol, de su doctrina, se puede aplicar al cristianismo. En nada se reduce el mérito de Jesús, o el valor de su mensaje porque las religiones a su amparo hayan trastornado sus ideas, y lo hayan invocado, y lo invoquen, para justificar lo injustificable. ¿Vamos por eso a bajar los crucifijos de los altares, a echarlos en la hoguera, o de nuevo a crucificar al hombre, y a enterrarlo? Desde que Cuba es República, ningún extranjero se ha dado con tanto afán como algunos cubanos a desacreditar a Martí, o a reducirle méritos. Como el majá y cierto tipo de jutías, negar a Martí es algo propio de Cuba: por ello se ha podido hacer un inventario de ''los detractores de José Martí''. Es que creen, ignorantes, ingenuos o envidiosos que la intemperancia de la República, sus pecados y excesos, se le deben a Martí. No. La desgracia de la nación cubana no se debe a su presencia, sino a su ausencia. Desde el principio fue la República la negación de Martí; desde la Enmienda Platt que juraron los constitucionales en 1902. El día antes de su muerte le escribió a su amigo mexicano: ''Yo estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber... de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, será por eso''. Y fue ''eso'', precisamente, lo que no se supo impedir: los Estados Unidos cayeron sobre las Antillas, y ''con esa fuerza más'' sobre el resto de Latinoamérica. Washington impuso en Cuba sus inte- reses, lo que permitió que los enemigos de Martí se repartieran el país: los integristas, los autonomistas y los anexionistas. No es fácil imaginar qué hubiera pasado ''si Martí no hubiera muerto en Dos Ríos'', pero con seguridad se hubiera opuesto a la ocupación de Cuba por las tropas americanas, y a que el procónsul que gobernaba el país vetara la candidatura presidencial del general Masó por el puñado de negros heroicos que formaban su Estado Mayor; ni hubiera permitido que la economía cubana cayera en las manos impías de Wall Street. Hubiera Martí condenado también, e impedido, todo lo que le preparó el banquete al oportunismo y a la ambición criminal de Fidel Castro, y buena parte de lo que hoy maneja miope y a destiempo la demagogia populista de Latinoamérica. Termina el artículo que aquí se comenta con estas palabras: ''Librarse del apostolado martiano es un gesto de independencia necesaria. Un país no se fundamenta sobre el ideal exaltado de un poeta''. Parece calcada esta recomendación de la que le hacía a sus compañeros comunistas Juan Marinello, antes de que en complicidad con Castro falsificaran a Martí; dijo: ''Martí es un gran fracasado porque, en efecto, su sermón idealista y democrático no ha podido tener vigencia... Lo recto y limpio es entender a Martí... en su rol de gran fracasado... dar la espalda de una vez a sus doctrinas... Las ideas de Martí, bien lo saben los líderes, son ideas vencidas... nada tienen que realizar ni pueden servir más que como trampolín del oportunista''. Y años más tarde, en otra publicación sobre Martí, concluyó Marinello: ``Estamos frente a un poeta que da rienda a su élan por el camino político, no frente a un investigador exigente de los que hacen diario ejercicio de la razón. En verdad que sólo en nuestro tiempo, con Lenin, nace el guiador político injertado en el hombre científico''. ¿''Enterrar a Martí''? No. Todo lo contrario. Inundar con su espíritu las casas en que habitan los cubanos de allá y de aquí, y urgir la práctica de la virtud ciudadana que predicó, para ver si así, por fin, se le salva la patria que quiso ``con todos y para el bien de todos''.
Extracto de textos martianos. "... ¡Líbrenos el que libra, de los pueblos hemipléjicos, que sólo de un lado se desarrollan, y del otro quedan atáxicos! No hay pueblo en la tierra que tenga el monopolio de una virtud humana:- pero hay un estado político que tiene el monopolio de todas las virtudes:- la libertad ilustrada: no aquella libertad que es entendida por el predominio violento de la clase pobre vencida sobre la clase rica un tiempo vencedora -que ya se sabe esa es nueva y temible tiranía;- no la libertad nominal, y proclamaria, que en ciertos labios parece -y son por desdicha los que más la vociferan- lo que la cruz de Jesús bueno en los estandartes inquisitoriales;- sino aquella libertad en las costumbres y las leyes, que de la competencia y equilibrio de derechos vive, que trae de suyo el respeto general como garantía mutua, que libra su mantenimiento a ese supremo e infalible director de la naturaleza humana: el instinto de conservación."
[José Martí. Artículo "Trabajadores franceses." En "La América." Nueva York, noviembre de 1883. Obras Completas. Ecitorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. Tomo 8. Página 381.]
RAÚL RODRÍGUEZ LA OJosé Martí fue un hombre sencillo, modesto y todo lo que siempre hizo fue pensando en el bienestar y la felicidad de los demás seres humanos. Por eso desde su más temprana juventud, en todos sus escritos y prédicas a favor de la independencia cubana trató de estimular y resaltar las cualidades y sentimientos más nobles y puros de las personas al igual que criticaba los rasgos egoístas e individualistas que pudieran afectar los objetivos colectivos y los asuntos de interés común para la Patria. Sacrificó toda su vida y fue siempre ejemplo de su pueblo con su conducta y humildad insuperables. Pero ¿cuándo y en qué circunstancias nuestro Apóstol dijo esa frase que tanto nos gusta a los cubanos y que ahora hemos utilizado como título de nuestro artículo? Luego de su estancia en Cuba desde enero hasta agosto de 1890 cuando fue expulsado de la Isla por sus actividades revolucionarias contra España, el General Antonio Maceo decidió aprovechar una convocatoria sobre arrendamiento de tierras por parte del Gobierno de Costa Rica para viajar a dicho país en 1891 donde tras firmar un contrato con dicho Gobierno en el Palacio Nacional de San José, en mayo de ese mismo año, se estableció allí con un grupo de cubanos entre los que se encontraban José Maceo, Flor Crombet, Agustín Cebreco y otros patriotas en la zona de Nicoya, en la costa del Pacífico, ya que según documentos confidenciales localizados en el Fondo de Ultramar del Archivo Histórico Nacional de Madrid, el Gobierno español presionó y evitó que se pudiera establecer en la parte atlántica, como era su deseo de acuerdo a sus planes independentistas por estar más cerca de las costas cubanas. En el mencionado país no hizo más que conspirar a favor de la causa cubana aunque es justo señalar que debido a su trabajo y dedicación junto al resto de los demás cubanos convirtió aquel territorio casi desértico en una próspera colonia agrícola. Allí residió desde 1891 hasta el año 1895 cuando por orientaciones de José Martí salió rumbo a Cuba en una expedición bajo el mando de Flor Crombet en compañía de su hermano José y veinte patriotas más. Luego de la fundación del Partido Revolucionario Cubano, el 10 de abril de 1892, Martí en su condición de Delegado comenzó a coordinar con los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo los nuevos planes conspirativos para organizar e iniciar en nombre del Partido la tercera y última guerra por la independencia, ya que sabía perfectamente que sin ellos dos como líderes o jefes militares sería imposible la Revolución. En cumplimiento de sus objetivos viajó a República Dominicana en 1892, donde se reunió con Máximo Gómez y le ofreció en nombre del PRC el cargo de Jefe del Ejército Libertador. Luego de coordinar detalladamente sus planes y puesto de acuerdo con el Generalísimo viajó en 1893 a Costa Rica donde se reunió varias veces a finales de junio y principios de julio con Antonio Maceo y otros patriotas cubanos que residían en ese país. Fue en esa ocasión cuando le ofreció a Antonio Maceo, en su nombre y el de Máximo Gómez, la organización de una gran expedición que bajo su mando debía salir de ese país rumbo a Cuba. Luego de ese primer encuentro de Martí con Maceo en Costa Rica se intensificaron los contactos y comunicaciones entre ambos con el objetivo de preparar los planes revolucionarios para independizar a Cuba de España. Por esas razones, en 1894 volverían a encontrarse en el hermano país centroamericano para seguir organizando los planes patrióticos y dar los toques finales de la expedición que debía salir de ese territorio conducida por el Titán de Bronce, aunque posteriormente partió bajo el mando de Flor Crombet como ya indicamos anteriormente. Los encuentros entre Maceo y Martí, sostenidos en Costa Rica en junio y julio de 1893, contribuyeron a un mayor estrechamiento y comprensión entre ambos dirigentes sobre los planes revolucionarios e independentistas que juntos preparaban en coordinación con Máximo Gómez. Prueba de la intimidad de esos vínculos, son dos cartas del Apóstol dirigidas desde el territorio norteamericano al protagonista principal de la Protesta de Baraguá, fechadas ambas el 15 de diciembre de 1893. En las dos misivas se pueden apreciar el amor, la confianza, simpatía y fe del Héroe de Dos Ríos en Antonio Maceo. Pero en una de ellas, la más extensa, se puede corroborar en sumo grado esa afinidad y también su admiración y tristeza por la muerte de la madre de los Maceo, la heroína Mariana Grajales. Es precisamente en dicha carta donde Martí menciona la frase que encabeza nuestro trabajo. "Key West, 15 de diciembre, 1893 Sr. General Antonio Maceo General y amigo: Mi silencio no le habrá extrañado. He vivido, desde que nos vimos, en una entrevista continua con Vd. De la visita que le hice me traje una de las más puras emociones de mi vida. "¡Por supuesto, me dije después de verlo, que Cuba puede ser libre,— y ser feliz después de ser libre!" Las manos las he tenido ocupadas desde entonces en una labor bestial y sin descanso,—en atender, de una tierra en otra, a lo grande y a lo pequeño,—en ir levantando, hombre por hombre, todo este edificio. A Vd., acá en mi corazón, escribirle era ofenderle. Vd. debe ver de allá mi agonía, mi responsabilidad, la imposibilidad absoluta de valerse de medianeros, la cura de almas incesante que permitió la acumulación de estas fuerzas. Esto es lo que estoy escribiendo entre un mitin y otro. Vengo de tres días de esfuerzo angustioso en Tampa, para ponerle un poco más de harina al pan; y aquí estoy, como a la callada, haciendo lo mismo y confirmando detalles con Roloff y Serafín, pero de modo que nada de cuanto haga dé idea de la proximidad en que están nuestras cosas, si todos queremos que estén próximas. Cuba las espera, con el gobierno encima, y una agitación sorda y ya extrema. Yo de aquí puedo hacer lo que dijimos y lo tuve listo y anunciado para el caso de que, contra lo avisado a la Isla para evitar engaños y contra la orden local mía expresa, hubiese cundido—aunque nuestra tierra está ya muy astuta para eso—el alzamiento mandado hacer con una orden falsa mía, y la cual sólo supo engañar a Esquerra que anda por el campo, resuelto a no entregarse, con unos pocos hombres. Pero esta trama, cuyo objeto era justificar en Cuba las persecuciones, provocar alzamiento incompleto y debilitar las emigraciones con un segundo aparente fracaso,—si bien no pudo tener ese éxito afuera ni adentro,—ha producido, por la sangre que ya corrió, las prisiones de primera hora, y la de Moncada y la disimulada de Carrillo, aún libres, un malestar que sería imperdonable mantener cuando tenemos allegados los medios, modestos y bastantes, de ponerle fin. El gobierno cree que vamos, y sólo aguarda a la evidencia más cercana para segarnos allá el país: y nosotros, con la rapidez que no se espera de nosotros, sin aparato de invasión, deslizándonos sencillamente de donde mismo estábamos, podemos ir antes de que el enemigo nos espere, y caiga sobre la buena gente revolucionaria. No tenemos más que ajustar los detalles, de modo de ahorrar tiempo. Ahora sólo estas líneas le puedo poner, y la seguridad de que, lo que yo haya de hacer, ni con ligereza ni con demora será hecho. Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz, ni por bien alguno de esta vida triste, que no tiene ya para mí satisfacción mayor que el salir de ella: trabajo para poner en vías de felicidad a los hombres que hoy viven sin ella. No espere, pues, de mí,—harto lo sabe Vd.,—precipitación alguna, ni el crimen de azuzar y comprometer, por salvar la honrilla de la tentativa,—sobre que, con hombre del juicio de Vd., eso sería pueril e inútil. Este hombre, lo ama y lo conoce, y no faltaría así al respeto que merece su vida. Su María no se ha equivocado. Y de su gran pena de ahora ¿no ve que no le he querido hablar? Su madre ha muerto. En Patria digo lo que me sacó del corazón la noticia de su muerte: lo escribí en el ferrocarril, viniendo de agenciar el modo de que le demos algún día libre sepultura, ya que no pudo morir en su tierra libre: ése, ese oficio continuo por la idea que ella amó, es el mejor homenaje a su memoria. Vi a la anciana dos veces, y me acarició y miró como a hijo, y la recordaré con amor toda mi vida. Aquí tiene que cesar su, José Martí"
Recientemente se ha creado una nueva página sobre el Héroe Nacional de Cuba, José Martí, que analiza un tema novedoso en su ideario: las ideas sobre la República. Miami, Florida. (AmbosMedios) Agosto 2, 2006. -- "Las ideas republicanas de José Martí" es el título de la nueva página sobre el Héroe Nacional de Cuba que puede ser localizada en la siguiente dirección: http://www.josemarti.info/
Tal y como indica su autor en la presentación, esta página se estructura en torno a la primera edición digital del libro (Antología) "José Martí y la República. Selección de Textos", donde se exponen las principales ideas de este cubano ilustre acerca de cómo quería que se estructurase la República que se instauraría en Cuba una vez lograda la independencia política de España a fines del siglo XIX.
El tema que se aborda es novedoso dentro de la bibliografía martiana, así como la forma en que se ha organizado el contenido del pensamiento martiano. Todo ello se puede comprobar en la sección "Contenido del Libro" donde se reproduce todo el libro, capítulo por capítulo, además de la introducción, una breve reseña biográfica y un anexo con varias obras del político cubano.
La página tiene otros contenidos que aportan un valor añadido al tema central, y entre los que cabe destacar los siguientes:
• Foros. Existen dos foros de discusión a elección de los participantes. • Se ha creado, bajo el título de Iconografía Martiana, un álbum fotográfico bastante representativo. • En la sección de Descargas se pueden obtener diversos textos martianos en formato PDF. • En Escritos Martianos se pueden leer varios textos martianos. • En Glosario se agrupa diverso contenido acerca de personas relacionadas con Martí, lugares geográficos, aforismos, términos usados por él, etc. • Bajo el título de Otras Secciones se pueden encontrar otros recursos como Buscadores, enlaces a otras páginas web, un Calendario Martiano con las fechas más significativas relacionadas con Martí, trabajos de otros autores sobre Martí, Noticias Internacionales actualizadas al minuto, una sala de Chat, Otros Trabajos relacionados de alguna manera con el Héroe Nacional Cubano, etc.
Hay enlaces a otros recursos interesantes tanto internos como externos, posibilidad de enviar mensajes al administrador, además de otros recursos. La página se actualiza casi diariamente y los visitantes tienen la opción de recibir por correo electrónico las últimas novedades de la página.
En general se trata de una buena página que analiza un tema de gran importancia del pensamiento martiano y que ofrece otros contenidos relacionados con el Héroe Nacional Cubano.
Jorge Hernández Fonseca 30 de Julio de 2006
Un artículo prepotente y enano recorre el panorama cubano del exilio. Se trata nada menos que de “Enterrar a Martí”, de Alejandro Armengol. La revolución castrista ha sido fuente de muchos desaciertos, pero ninguno como la terrible degradación ética y moral que lega a la patria del futuro. El artículo de Armengol es una de sus manifestaciones, directo al corazón de la Nación cubana, herida por años de ataques semejantes a los valores simbólicos de la patria. Martí ha sido objeto de estudio especializado desde hace más de un siglo. Sucesivas generaciones de valiosos intelectuales cubanos –la mayoría de ellos de mayor talento que el de Armengol-- han profundizado en la fecunda obra de Martí. Estudiosos cubanos de izquierda y de derecha han sido unánimes en fundamentar el pedestal que soporta la obra martiana. Los variados campos que la obra del Apóstol no se limitan a la poesía o la literatura, de las que Armengol habla, si no también abarcan el área política, simbólica, organizativa, ideológica, periodística, diplomática y un largo etcétera, que ha fundamentado el pedestal merecido en que los cubanos lo colocamos y del que Armengol pugna no sólo por bajar, sino por enterrar. Martí es llamado unánimemente de Apóstol porque fue el único cubano capaz, en el siglo XIX --y en circunstancias muy similares a que Armengol vive actualmente-- de unificar el exilio disperso, direccionándolo hacia la ‘guerra necesaria’ contra el colonialismo. Ese mérito, no emulado hasta hoy por cubano alguno, es suficiente para no enterrar a Martí. La ideología neo-fidelista y materialista de eliminar los valores espirituales que Armengol abraza, lo lleva a proponer semejante barbaridad. Martí lógicamente que era un hombre de carne y hueso. Estudios especializados en áreas específicas pudieran sin dudas arrojar valoraciones poco halagüeñas de zonas puntuales de su obra, lo que de manera ninguna significarían su entierro, sino más bien, reafirmarían su carácter abarcador e integral. Sin embargo, la crítica de Armengol, aunque ejemplificada superficialmente, no desmerece al Apóstol en áreas específicas con argumentos incontestables o con estudios irrefutables, como haría un crítico especializado que se respete, si no que más bien critica su imagen integral, de carácter netamente simbólico, y como Castro en tribuna, sugiere ‘genialmente’ enterrarlo. Subliminarmente, Martí comenzó a ser enterrado por la dictadura cubana. La propuesta de Armengol es una manifestación de eso, consiente o inconscientemente. Solamente un dictador envilecido, ambicioso de gloria y poder, pudo generar la fuerza ideológica que ha hecho metástasis en mentes como la de Armengol, para sugerir --con todas sus letras-- su entierro. Sin embargo, cada cual es dueño de su intelecto y la polémica que el artículo de Armengol provoca, no necesariamente implica desmeritar al proponente por el único hecho de estar, como diría todo buen cubano, “absolutamente equivocado”. Martí, más que poeta, escritor, político u organizador, es sobre todo un símbolo. Creo importante decir que vivimos en un mundo simbólico, donde las imágenes do todo tipo, literarias, gráficas, poéticas, políticas, son el sustento de la ideología. La semiótica, ciencia reciente que estudia los íconos, signos y símbolos del mundo real, arroja luz para el papel de hombres como José Martí en la formación equilibrada de valores espirituales en las Naciones. Enterrar a Martí implica --sobre todo-- eliminar del rico mundo semiótico cubano, el factor espiritual implícito en los aspectos simbólicos que los educadores toman de base para transmitir valores a las nuevas generaciones, asociadas al amor a la patria, a sus signos y símbolos, de los que Martí fue profuso creador, tanto con su ejemplo de vida, como en su prosa y acciones. No se trata de dejar de profundizar imparcialmente en los valores especializados de las obras del Apóstol, o en sus manifestaciones individuales, valorándolas de manera especializada y dejando sentados sus valores reales. Nada en contra. Se trata de evitar sin embargo que, oportunistas de la pluma, asociados directa o indirectamente a la ideología de la dictadura cubana, desmeriten a Martí en el campo en que la patria lo necesita, los valores simbólicos asociados a las mejores cualidades ciudadanas, éticas y morales de nuestra querida Cuba. La Nación cubana no es la tierra que el dictador pisa con sus ensangrentadas botas. Es sobre todo, el cúmulo de valores morales, éticos y espirituales que sus próceres legaron a la patria de manera profusa. La palma real no es sólo un árbol que ha hecho de Cuba su hábitat natural, es también el símbolo que nos identifica e asocia a la inigualable naturaleza que Dios nos legó. De igual manera, la bandera no es sólo telas de colores cocidas de una manera específica, es sobre todo el símbolo concreto del valor espiritual y trascendente de la Nación cubana. Martí, en este contexto, no es sólo el escritor profuso, barroco y mágico que todos los que lo hemos leído conocemos. Tampoco es sólo el poeta que modestamente califica sus versos simples como ‘sencillos’, lo que le otorga el beneficio de la duda en cuanto a sus pretensiones con ellos. Martí no es sólo el patriota que se dispone, sin ser uno de los líderes de la guerra de los 10 años, a unificar las férreas voluntades de ‘generales y doctores’ de la Guerra Grande, hasta concretar y hacer posible la guerra que finalmente nos dio la libertad y la independencia. Martí es aquella sensibilidad del alma cubana hacia el sentido ético y moral en el manejo personal, social, político e ideológico, que no podrá jamás ser enterrado, por muchos que sean los esfuerzos que la dictadura – y Armengol-- hagan para desaparecerlo del mundo semiótico de la Nación cubana. Por cada Armengol que surja en el panorama de desconsuelo que la dictadura siembra en nuestros corazones, surgirán hombres comprometidos con los valores trascendentes defendidos, sembrados y expuestos de manera brillante y genial por Martí. Si vale la pena enterrar a alguien a partir de un debate como este, es al dictador que nos oprime e induce a mentes débiles al desprestigio de nuestros mejores hombres, dejando sin embargo a quienes se atreven a cruzar la línea de los valores que debemos inculcar con pasión a las futuras generaciones de cubanos, como un ejemplo de lo que no debe de ser hecho.
Félix Luis Viera
México, DF - México
Colaboración - La Nueva Cuba
Julio 30, 2006En su artículo Enterrar a Martí, aparecido en El Nuevo Herald el pasado 24 de julio, Alejandro Armengol anuncia que es el momento de que el Maestro sea bajado de su pedestal ("La Patria es ara, no pedestal", diría el propio Martí) "que sólo sirve de provecho a los arribistas de cualquier tendencia", y propone Armengol que todo quede en que los historiadores sigan analizando el papel de Martí en la fundación de la República Cubana y los críticos valorando sus versos -"algunos brillantes, otros mediocres", asevera Armengol. Con toda humildad me sumo a los que piensan que José Martí no escribió sólo "algunos" versos brillantes, sino muchos. Por otra parte, ¿quién, que sea poeta, no habrá escrito "otros" versos mediocres? En el caso de Martí, si pasamos la pinza medianamente al ras, hallamos, por citar un ejemplo, un ripio imperdonable en los "Versos sencillos": Tiene el leopardo su abrigo/ en su monte seco y pardo. Este "monte seco y pardo", nadie lo dudaría, está arrastrado por los pelos -no tiene el menor asidero en lo que sería la "verosimilitud de la imagen"- para hacerlo rimar después con "leopardo", término, por demás, ya citado en los comienzos del verso inicial. Pero como sugeriría el propio Martí, el Sol no está compuesto sólo de manchas. Y en su caso, en su sol, las manchas son mucho menos que los fulgores. Con esto quizás coincida la mayoría de los que han leído su obra, vasta, abarcadora -que no es lo mismo-, considerada como una de las iniciadoras del modernismo y que tiene, en muchas de sus facetas, logro difícil, la virtud de insertar el asunto patriótico o político en poesía de altos quilates. Pero bueno, dejemos, como pide Armengol, que sean los críticos quienes sigan hurgando en este camino; mas, siempre que no olviden que existe una mediocridad per se y otra que resulta relativa dentro de la obra de un poeta mayor, como Martí. Sin olvidar, asimismo, tomar en cuenta la suma de su labor editorial y crítica que aún hoy tiene vigencia, ecos, llamados a la conciencia individual y colectiva. Si el ideario de José Martí se ha convertido en "un catecismo de fácil manipulación, propicio a todos los usos", como afirma el articulista, no será, en mi opinión, porque resulte endeble; más bien se debe, en buena medida, a la habilidad de quienes lo han manipulado y al candor o ignorancia de los destinatarios. Pero en verdad, la obra martiana, en su mayor parte, resulta meridiana en su exposición. Ahora bien, es cierto, a lo largo del siglo XX cubano, los huesos del Maestro, tomados como bandera, han sido traídos de un lado a otro por éste o aquél lidercillo, por uno que otro aspirante a caudillo, aun por grises poetas combatientes por la emancipación patria. Hasta podríamos culpar a Martí, depende del ángulo desde el cual se mire el asunto, de no pocos crímenes cometidos en su nombre. Pero insistimos: si dejas que te doren la píldora, y aun más, te la tragas, la culpa es tuya. En su artículo, Armengol cita Nuestra América y alude específicamente a esa sentencia sin dudas desafortunada, medularmente provinciana, de Martí, cuando exhorta a que nuestro vino -el cubano; el vino cubano de entonces, vale aclarar-, si es menester, que sea de plátano, y "si sale agrio ¡es nuestro vino!" Recuerdo que por allá por la década de 1960 alguien, no precisamente cubano, le enmendó la plana al Apóstol convocando a que nuestro vino, no porque fuese "nuestro", tenía que ser, para siempre, agrio. Otra enmiendita, par de décadas después aproximadamente, abogaba porque la máxima de Martí "Ser cultos para ser libres", debía considerarse en un sentido más amplio: Martí -dictaminaba el enmendador-, al exponer la frase, no quiso referirse sólo a la cultura, digamos, humanística, sino a la cultura en general, incluidas las ciencias, la tecnología, etcétera. Un aparte: realmente la frase de marras tiene un viso de perogrullada y algunos orígenes en propuestas de otros personajes anteriores a Martí. De cualquier modo, ser culto -que no es lo mismo que ser instruido, creo que vale la aclaración-, sin dudas, enraíza un proyección para ser libre o para luchar por la libertad, pero no otorga la libertad por sí. Ejemplos sobran. Y cercanos. Volviendo al texto de Armengol, éste, es justo, deja bien claro que aun cuando la citada frase de Martí sobre "nuestro vino agrio" expresada en Nuestra América -"(...) una exclamación lapidaria y funesta", afirma el articulista- ha contribuido al nacionalismo rampante, a la chapucería, a la tontería de sobreestimar a todo trance lo nacional en relación con lo extranjero, también es cierto que no se le debe achacar a Martí "toda la chapucería que se acumula a lo largo de nuestra historia", advierte Armengol. Yo agregaría que no sólo no debe achacársele "toda", sino, tal vez, sólo una brizna. No sería cabal sobredimensionar el efecto de esta sentencia martiana en el surgimiento de la tanta cochambre surgida posteriormente. Mas, ahora soy yo quien agrega perogrulladas que ya sabemos desde siempre. José Martí -sin dudas, uno de los pioneros de la fundación de la patria cubana-, además de su obra poética y crítica y de su aporte teórico en lo que se refiere a lo político, ha sido, hasta hoy, el más clarividente de nuestros próceres. Tanto es así que aún sus postulados no han sido cumplidos cabalmente. El hombre que, debido a sus ideales independentistas, todavía adolescente sufriera la cárcel y posteriormente el destierro, fue un defensor de una patria "con todos y para el bien de todos", abogó persistentemente porque las minorías fueran incluidas y tomadas en cuenta en el gobierno de la Cuba libre, creó la plataforma para el Partido Revolucionario Cubano (un calificativo inédito en la época), llamó a la "guerra necesaria", la cual argumentó con suma claridad. "La patria es de todos", proclamaría. "No se funda una República, General, como se manda un campamento", le escribiría al Generalísimo Máximo Gómez. "Es preferible el bien de muchos a la opulencia de pocos", sentenciaría. Es decir, José Martí era un demócrata, por lo antes dicho y por el enjuiciamiento que emite en sus artículos cuando valora hechos sociales, movimientos políticos de otras latitudes, en ocasiones muy lejanas de Cuba, sobre todo en lo que a la esencia se refiere. Para preparar la "guerra necesaria" puso todos sus esfuerzos y recursos en acción y logró lo que parecía imposible: poner de acuerdo, por medio de su poder de persuasión, de su palabra -que en este caso no debieron provenir de "pensamientos en los que lo luminoso de la palabra dificulta encontrar lo efímero de su contenido", como señala Armengol en su texto- a varios generales de la Guerra de los Diez Años, que en alguna medida se habían acaudillado y que, además, mantenían pugnas que parecían insalvables. Esto, fundamental para el inicio de la Guerra de Independencia, debió ser uno de los esfuerzos mayores que llevaría a cabo el Maestro. Sería discutible afirmar con Armengol que "Parte de la genialidad de Martí radica en agrupar en una sola persona al pensador y al hombre de acción". Martí sí, quizás, sea lo más cercano a un genio que ha dado Cuba. Pero eso de hombre de acción -en el sentido épico del término, claro- no creo que sea posible asegurarlo; tal vez, aun el mismo lo dudaba si nos remitimos a su afán por demostrarlo (¿o demostrárselo) hasta la obsesión casi. En su última carta, dirigida a su amigo Manuel Mercado, un día antes de su muerte, da muestras de su entusiasmo porque "ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país". Uno hasta puede pensar que más bien, aberración de por medio, se inmoló por la patria, o quién sabe si por hacer ver a los demás (¿y a sí mismo?) que era un hombre de acción, que podía ser también considerado un soldado, un guerrero, no sólo el Delegado o un "general de levita". Caído en combate a los 42 años de edad, tómese en cuenta la obra artística y la labor política de José Martí y es muy probable que coincidamos en que fue un hombre fuera de serie. "Creo que para los cubanos ha llegado la hora de enterrar a José Martí", sentencia Alejandro Armengol en la primera línea de su artículo. Es demasiado. Más atinado sería, como afirma el articulista a seguidas, bajarlo del pedestal en el que algunos, por propia conveniencia, lo han situado. Pero enterrarlo no. Por el contrario, hay que desenterrarlo, darle aire humano, desacralizarlo, despojarlo de ese lastre de santurrón que algunos le han endilgado, pero siempre deberá estar entre nuestras guías para continuar el avance en pro del porvenir de la Isla. De ninguna manera, como afirma Armengol, "Librarse del apostolado martiano es un gesto de independencia necesaria". Si eso hiciéramos nos quedaríamos cojos, o mancos, o tuertos. "Un país no se fundamenta sobre el ideal exaltado de un poeta" -así concluye el artículo de Alejandro Armengol. Si observamos la poesía, la prosa, pero sobre todo -y esto es lo que más interesa en este caso- las propuestas políticas de José Martí, no creo que sea la "exaltación" uno de sus rasgos sobresalientes. Por el contrario, se advierte el predominio de la reflexión, de la serenidad; aunque éstas provengan de "un poeta". Quizás José Martí haya sido endiosado por uno y otro rumbo, por uno u otro grupo, y esto haya provocado una especie de delirante retórica pro martiana que, como toda retórica, sólo tiene como resultado, finalmente, el rechazo. Mas, lo que sí sería un error, en mi modesta opinión, es dar comienzo a contrarrestar aquella retórica con una retórica antimartiana, caer en una especie de "teque antiMartí"; desmeritarlo, descuerarlo, rebajarlo en todo lo posible sólo para estar en "onda". Si bien, claro, no es éste el objetivo del texto de Armengol.
Por: Orlando Fondevila Bitácora Cubana, 31 de julio de 2006Resulta asombroso que Martí deba ser defendido por los propios cubanos de los propios cubanos. La primera línea de esa defensa se ocupa del ataque integral que sufre Martí por parte de los intelectuales orgánicos del castrismo. En ese caso las acciones ha emprender son claras y de relativa facilidad. La monstruosidad que ha destruido a Cuba, por mucho que se afanen, no pueden, conseguir la legitimación vía Martí. Por mucho que se empeñen en sus forzadas “lecturas” del Maestro cubano, se les nota la oreja peluda. Los Vitier y Retamar , pese a todo, lo saben. Y supongo viven y mueren con esa vergüenza. Pero tenemos una segunda línea de defensa que ha de emplearse en desenmascarar a unos agresores inesperados. Se trata de quienes, supuestamente desde posiciones anticastristas , se esfuerzan en la deconstrucción de Martí. La izquierda se ha hecho postmoderna. Así también la izquierda cubana, la política y la intelectual, que se siente algo incómoda con lo que percibe como ciertos excesos dogmáticos y antiguos de la izquierda castrista en el poder. Su oposición se ciñe más bien a algunos aspectos de lo que siguen llamando “revolución cubana” y que, a su juicio, deben reformarse en un sentido “moderno”. Sus enmiendas al castrismo son parciales, no a la totalidad. Piensan que hay temas salvables. Por eso se llaman a sí mismos “oposición moderada” o “hijos rebeldes de la revolución”. Su discurso es, entonces, o quiere ser, básicamente postmoderno. Sin embargo, su discurso ni es tan nuevo ni está muy estructurado. No es nuevo porque se alimenta en esa ideología difusa de la que se alimentó y que propagó el mayo del 68, con sus Marcuse , sus Derrida , sus Foucault y compañía. Sienten por estos personajes una devoción aldeana. Cuando el talento les alcanza les imitan en la oscuridad, o la charlatanería, o en ambas cosas. Les parece novedoso, elegante, progre; en fin, postmoderno. Se encuentran regalados moviéndose en la vaciedad ideológica y la ambigüedad política. Un izquierdismo de tonos sobrios que no es más que post-marxismo vergonzante. Al modo de Derrida , uno de sus referentes. Tanto como su ídolo rechazan la globalización al castrismo en su totalidad. Son demasiadas las coincidencias. , la para ellos “tiranía del mercado” y la sociedad liberal (en el sentido europeo) en general. Son multiculturalistas , relativistas, pacifistas (que no pacíficos), pros árabes y secretamente anti-israelíes. Y por supuesto, anticapitalistas y rabiosamente antiamericanos. En fin, izquierdistas. Por eso no pueden repugnar ¿Por qué no les gusta Martí? Por varias y disímiles razones. Primero, porque Martí es un patriota, el símbolo más alto del patriotismo cubano. Y los postmodernos no entienden de patriotismo. A ellos, el patriotismo les produce escozor, es algo en desuso. Segundo, porque Martí, siendo un intelectual (uno de verdad) fue también un hombre capaz de conspirar, de organizar una guerra y comprometerse absolutamente para conseguir la libertad de su patria, Cuba, entendida como la libertad individual de todos y cada uno de sus hijos. La libertad, ese concepto inquietante para la izquierda. En tercer lugar, porque les desasosiega la ética y la congruencia de Martí, que le llevaron, incluso, a sacrificar en cierta medida sus variados y excepcionales dones para la creación intelectual y el pensamiento, en aras de lo que creía como su compromiso político. Justamente esta izquierda postmoderna, sosa e inane, falsa y desorientada, sólo se compromete de boquilla, vagando permanentemente en la nube de su autocomplacencia y autocreída superioridad intelectual y moral. Y en cuarto lugar, porque odian el pasado cubano, no saben qué hacer con su presente y les asusta un futuro que pueda significar un golpe demoledor y definitivo para la izquierda en la política cubana. Desprecian tanto a Martí como odian al exilio cubano militante y a todos los que, dentro o fuera de Cuba, buscan un cambio de verdad, radical, en la sociedad cubana. Desprecian tanto a Martí como al exilio que le reivindica. Quieren enterrar a Martí, desaparecerlo del imaginario cubano, porque el ejemplo y la leyenda martianas les acusa todos los días por su pusilanimidad y desestimiento . Desprecian a Martí, porque es una luz moral e intelectual que les deslumbra y les hace daño, les evidencia su cierta pequeñez. Odian al exilio militante porque, con sus aciertos y errores, ha sabido mantener vivas las prístinas ideas martianas de cubanía y libertad. Y porque ha demostrado en el duro destierro que Martí tenía razón cuando confiaba en las potencialidades de su pueblo. Si la Cuba maltratada y arruinada por el castrismo, incluso envilecida, se mantiene hoy viva y con esperanzas, se debe ante todo a que en lo más profundo de su ser no ha renunciado a Martí. Y porque ha existido y existe este exilio militante. Un exilio que no se rinde ni se va a rendir y que nunca a olvidado a los que al interior de la patria, en las más difíciles condiciones, tampoco se rinden ni desisten. ¿Enterrar a Martí? ¿Dejarlo en manos de sus deconstrutores ? ¿De quienes quieren manosearlo para achicárnoslo? No y mil veces no. A Martí, a lo que hay de perenne en Martí, lo necesitamos hoy más que nunca. No perderemos a Martí, porque no vamos a perder a Cuba.
Ángel Luis Martínez AcostaCuando comencé a leer el artículo “Enterrar a Martí”, de Alejandro Armengol [1] , tuve la impresión de que se trataba de otro más de los muchos que critican la manipulación del ideario martiano por personas inescrupulosas. Pero sólo me bastó leer unas pocas líneas para percatarme de mi error. Porque en realidad se trata de un escrito que pretende lo que anuncia: enterrar a Martí. ¿Por qué ese odio contra José Martí? Si el señor Armengol hubiese vivido a fines del siglo XIX se pudiera pensar que sus motivaciones fuesen la envidia y los celos. Pero vive en el siglo XXI, al menos físicamente. En todo el artículo no he encontrado siquiera una frase de respeto que no esté mediatizada por algún comentario corrosivo hacia al que al menos tuvo el valor y la entereza de entregarse de lleno al ideal de ver libre a su patria al punto de morir por sus convicciones. Porque si este fuera el único mérito de Martí, bien reconocido tiene el cariño de sus compatriotas. Es difícil seguir todas y cada unas de las frases del Sr. Armengol pero al menos intentaré seguir la pista de algunas de sus ideas. Lo primero que afirma: "Creo que para los cubanos ha llegado la hora de enterrar a José Martí. No se trata de olvidarlo, sino de bajarlo del pedestal que sólo sirve de provecho a los arribistas de cualquier tendencia.", es totalmente falso. La lectura del resto del artículo demuestra que su deseo es el de enterrar a Martí y de olvidarlo, haciendo borrón y cuenta nueva de manera nihilista de todo su pensamiento.
Cuando habla de bajar a Martí del pedestal, este señor se olvida que si Martí es considerado el Héroe Nacional de Cuba y el más grande de los políticos cubanos de todos los tiempos, es por derecho propio. Pero se equivoca el articulista al pedir que bajen a Martí, precisamente porque él es el pedestal en el que se fundamenta lo mejor, más puro y noble del pueblo cubano, además de ser un reclamo infantil y absurdo porque sería como tratar de pedir que el Sol no existiese sólo con taparlo con un dedo. Pero la tarea del Sr. Armengol se complica un poco más cuando tome conciencia de que la figura de Martí desde hace muchos años ha traspasado fronteras y hoy vive como un respetado ciudadano en decenas de países en todo el mundo. ¿Este señor va a apagar todos estos soles? ¿O es que en el fondo lo que quiere es que se borren los pensamientos martianos y se les sustituyan con sus ideas? ¿A esto se reduce todo el artículo? El otro error de este señor es de valorar la importancia de Martí como pedestal por su utilidad, ya que según su criterio, "... sólo sirve de provecho a los arribistas de cualquier tendencia." Si el ideario martiano tuviese sólo esa utilidad, creo que coincidirá conmigo en que ya hubiese desaparecido en tanto los "arribistas" se hubiesen retirado o frustrado en sus empeños, o hubiesen sido derrotados. ¿Qué por ciento de la población representan estos "arribistas"? A menos que este señor entienda que todo el pueblo cubano es "arribista", excepto él, claro está. En el mismo primer párrafo pide que a Martí hay que: "Otorgarle el valor merecido a sus escritos y dejar que los críticos valoren sus versos --algunos brillantes, otros mediocres-- y los historiadores continúen analizando su papel en la fundación de la república cubana." Volvemos a lo mismo. A Martí no hay que otorgarle ni quitarle nada. ¿O es que este señor pretende que la humanidad se plantee como tarea cuestionar y re-elaborar los escritos de todos los grandes hombres de la historia? El Sol tiene manchas, pero sólo los enfermos de envidia se preocupan por ellas. Los demás, admitiendo que tiene manchas, le reconocemos su mayor valor. Es como cuando aceptamos a un amigo. Sabemos de sus defectos pero lo admitimos por sus virtudes porque son más y de mayor peso en su personalidad. Pero Martí es además un sentimiento en sí mismo. Él no escribió para gustarle al Sr. Armengol. Escribió porque entendía que era necesario o como una manifestación individual de necesidad de expresión de su pensamiento. Que a este señor no le gusten algunos versos -de seguro que considera que los suyos son mejores, de ahí el veneno- no le quita valor alguno. La poesía es muy íntima, cargada de símbolos y tiene para cada persona un significado diferente. La poesía es ante todo expresión de lo más profundo del alma y al, igual que la filosofía, se adentra en lo trascendente por derecho propio cuestionando todo a su paso. ¿Quién dijo que los críticos son los únicos que tienen derecho a valorar la obra martiana? Pero habría que añadir: ¿quiénes son los críticos que deben tener ese derecho? ¿Quién los va a seleccionar? ¿El Sr. Armengol? A los millones de personas que amamos a Martí, respetamos su vida y tenemos en alta estima su obra, nos tiene sin cuidado lo que un crítico en particular pueda decir, excepto como ahora, en que sentimos como una bofetada en pleno rostro cuando se insulta y trata de denigrar a alguien tan nuestro, tan de nuestra familia, tan de nuestro círculo íntimo de amigos. En el segundo párrafo se afirma: "Es lamentable que en la formación de la nacionalidad se sobrevalore un cuerpo rector formado por frases brillantes, que forman un catecismo de fácil manipulación, propicio a todos los usos. Pensamientos en los que lo luminoso de la palabra dificulta encontrar lo efímero de su contenido. Lugares comunes que nos parecen únicos por lo ejemplar de la escritura." ¿De qué nacionalidad habla este señor? De acuerdo a la Real Academia de la Lengua Española, en su primera acepción, nacionalidad es: "Condición y carácter peculiar de los pueblos y habitantes de una nación." La nacionalidad cubana se formó como un proceso integrador que tuvo sus primeras manifestaciones a principios del siglo XIX y que se fue desarrollando en la misma medida en que Cuba se iba formando como nación. Antes de Martí o contemporáneos a él reconocemos a otros cubanos insignes como Félix Varela, José Agustín Caballero, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, Bachiller y Morales, José María Heredia, Gabriel de la Concepción Valdés, Tomás Romay, Rafael María de Mendive y otros muchos cubanos ilustres. A los que hay que añadir todos aquellos que le precedieron. Esto en cuanto a pensadores. Pero la nacionalidad cubana no sólo se fundamenta en ellos. Una parte esencial lo constituyen los millones de hombres y mujeres, blancos y negros, mulatos, chinos, jóvenes, viejos, soldados, civiles, etc., que durante siglos han sido los laboriosos albañiles de lo que puede llamarse la nacionalidad cubana. Este señor califica la obra escrita martiana como un catecismo con pensamientos de efímero contenido. Falso: Martí jamás escribió un catecismo. Otra cosa es que el Sr. Armengol sólo se haya leído trabajos en los que se destacan pensamientos sueltos de Martí a modo de aforismos. Pero eso no es responsabilidad de Martí. Los escritos de Martí son efímeros: Falso. Precisamente este fue el motivo principal de la incomprensión de sus contemporáneos: la aparente contradicción de habiendo sido un hombre de su época, tener la capacidad de penetrar en el futuro y escribir para muchas generaciones posteriores. De ahí su actualidad; de ahí la vigencia de su pensamiento. Continuando con sus dislates, el Sr. Armengol califica la frase martiana: "El vino, de plátano; y si sale agrio ¡es nuestro vino!", como "...una exclamación lapidaria y funesta." Volvemos a lo mismo: este señor analiza y valora a Martí por el uso y abuso que otros han hecho de sus escritos. ¿Cómo sacar del error a quien se ha propuesto destruir a Martí? El ignorante tiene al menos la excusa de su ignorancia. Este señor no. En un atisbo de sentido común señala que echarle la culpa a Martí por lo que otros han hecho de su pensamiento es "tonto e injusto", pero vuelve a la carga afirmando que el pensamiento martiano encierra un "... código mal construido...". además de ser "... un pensamiento que encierra conceptos caducos e ideales arcaicos..." (sic) Y en su análisis de "Nuestra América" afirma, entre otras cosas, que se cae en el error de "...adoptar criterios erróneos, sólo justificados por la sonoridad de la frase...." En este sentido me gustaría preguntarle al Sr. Armengol si puede sostenerse que estos fragmentos de "Nuestra América", sólo a modo de ejemplo, son conceptos caducos o ideales arcaicos: "El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país." O este otro: "La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas." O este: "La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia." Otro más: "El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas." Creo que es algo evidente que este señor no ha entendido o no se ha preocupado por analizar en profundidad esta obra de enorme significado como lo es "Nuestra América". Para entenderlo tendría que conocer las constantes afirmaciones de Martí de que la América era una de sus pasiones y de que haría todo lo posible para contribuir a su desarrollo y engrandecimiento. Tendría que conocer las particularidades de la América Latina de fines del siglo XIX que dieron motivo a este artículo y también las implicaciones que muchos de sus planteamientos tenían para la revolución cubana en ciernes. Otra de las afirmaciones que hace este señor al analizar el ideario republicano martiano es la siguiente: "Simplemente, a Martí no le dieron tiempo para contribuir a plasmar su ideal en una guía imperecedera y práctica, como es una constitución." No es que no le "dieron tiempo": es que murió en combate mucho antes de que se realizara la asamblea constituyente y se aprobara la Constitución de la República en Armas. [Nota: No sé de dónde sale la idea de que la Constitución es "imperecedera". Pero esto es motivo de otra reflexión]
Pero si quedaban dudas acerca de las verdaderas intenciones lapidarias de este señor como enterrador de José Martí, reproduzco sus palabras finales: "Librarse del apostolado martiano es un gesto de independencia necesaria. Un país no se fundamenta sobre el ideal exaltado de un poeta." ¿Sería necesario explicarle a este señor que Martí no sólo fue poeta, grande por cierto, sino que además se destacó como político, revolucionario, educador, escritor, editor, crítico de arte, traductor, historiador, dramaturgo, filósofo, biógrafo, analista militar, periodista, estadista, diplomático, orador, ensayista, etc., y que podía expresarse con fluidez en varios idiomas. Termino de leer el trabajo de este señor y no me queda claro si escribe en serio o si de alguna manera insulta para tener notoriedad y ser el centro de una polémica que no tiene sentido ni siquiera iniciar. Porque en fin de cuentas el problema no está en las respuestas: el problema radica precisamente en el planteamiento que da pie a esta hipotética polémica. Creo que con este artículo el Sr. Armengol se ha convertido en el sepulturero de su propio entierro.
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