06/11/2021 01:00
(*) Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.

Retrato de José Martí, realizado por el pintor Jorge Ache - Foto: Especial
Por más que la historia académica afine su persuasión y argumente que eso que llamamos América Latina es una construcción discursiva, más bien reciente, seguirán produciéndose narrativas políticas que remitan la identidad continental a los mayas, los mexicas o los incas. Por mucho que la historiografía rigurosa insista en que para 1808 las posesiones coloniales de la monarquía católica española comprendían cuatro reinos, con una creciente descentralización interna, la tesis de que las naciones que alcanzaron la soberanía, unos diez o quince años después, ya existían, continuará ganando adeptos.
En América Latina y el Caribe, como en otras zonas postcoloniales, los nacionalismos locales y regionales suelen ser inagotables. Esos nacionalismos, ideológicamente tan diversos como las sociedades mismas, se empaquetan con facilidad en marcas de consumo retórico masivo. Los poderes vernáculos, armados de un antimperialismo y un nativismo vulgares, reproducen estereotipos racistas, machistas, excluyentes y xenofóbicos en nombre de “identidades nacionales” que se presentan como eternas e inamovibles.
Es por ello tan bienvenida y saludable la aparición de un libro como La invención de Nuestra América (Siglo XXI, 2021) de Carlos Altamirano, historiador argentino. Altamirano formó parte del grupo fundador de la legendaria revista Punto de vista, junto con Ricardo Piglia y Beatriz Sarlo. Su obra ensayística ha sido fundamental para pensar críticamente las relaciones entre literatura y política en Argentina, pero también para impulsar la disciplina de la historia intelectual, desde la Universidad de Quilmes y la revista Prismas.
















