sábado, 28 de enero de 2023

José Martí entre libros

Letras
Por EMILIO J. SÁNCHEZ
19 de enero de 2023 - 16:27

Días antes de morir, José Martí mencionó que llevaba entre sus cosas 50 proyectiles y el libro "Vida de Cicerón". ¿Habrá podido terminarlo?

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Collage de José Martí entre libros. Creative Commons (dominio público) /Wikipedia

Toda la vida del Apóstol José Martí se desenvuelve en torno a la palabra, la escrita y la oral. Vivió entre libros, que le estimularon, encendieron y avivaron.

En cada biblioteca de Hispanoamérica habría que colocar una inscripción con estas palabras:

"La lectura estimula, enciende, aviva, y es como soplo de aire fresco sobre hoguera resguardada, que se lleva las cenizas, y deja al aire el fuego. Se lee lo grande, y si se es capaz de lo grandioso, se queda en mayor capacidad de ser grande. Se despierta el león noble, y de su melena, robustamente sacudida, caen pensamientos como copos de oro.

¿Habría texto más elocuente sobre el poder de la lectura? Corresponde al ensayo Emerson, que Martí publicó en La Opinión Nacional de Caracas, en mayo de 1882.

La imagen del Apóstol como líder político prevalece entre los cubanos a ambos lados del Estrecho de la Florida. Ello explica el hastío, rechazo o indiferencia que provoca en algunos. Pero él fue un hombre de muchas facetas: político, efectivamente, pero también poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, periodista, orador, traductor, epistológrafo, maestro, diplomático; y, ante todo, un ser humano admirable, encantador (en la acepción de hacer encantamientos), que disfrutaba comer y platicar con los amigos, admirar la naturaleza, consentir a los niños y amar a las mujeres.

Y en todas estas facetas el LECTOR estaba presente. No hay José Martí sin libros.

Poseía cualidades excepcionales: cultura universal y abierta; dominio de varios idiomas (además de griego y latín, inglés, francés, italiano, alemán); inteligencia fuera de lo común, memoria portentosa y mente crítica que lo impulsaban a relacionar y contrastar ideas. En los márgenes de los libros o en sus Cuadernos de Apuntes citaba, subrayaba y comentaba.

No solo leía para sí, sino que recomendaba libros a familiares y amigos; y los regalaba a los niños.

¿Cuáles fueron los que le apasionaron? ¿Cuáles aquellos que leyó como parte de sus estudios, de su labor como profesor o periodista? ¿Cuáles los que escribió, los que le hubiera gustado escribir?

A la luz de una vela

Sus primeras lecturas ya las hizo el colegio San Anacleto y las bibliotecas de la Escuela Superior Municipal de Varones de La Habana y el Colegio San Pablo, los dos últimos dirigidos por Rafael María Mendive, su mentor. Fue el primer lector de los poemas que Mendive publicaba en revistas de la época, y de algunas de sus piezas teatrales que él tomaba al dictado.

En este tiempo leyó de todo: historia, narrativa, poesía, teatro… Y, claro, Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas; Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, La Cabaña del Tío Tom, de Harriet B. Stowe. Uno de sus alter ego de la novela Amistad funesta, Manuelillo, lee “a la luz de una vela o de la luna”. A los 11 años intenta traducir Hamlet, de William Shakespeare, ejercicio que repitió con Lord Byron.

En un momento reflexiona que si “Napoleón nació sobre una alfombra donde estaba la guerra de Europa, yo debí de nacer sobre una pila de libros”, cita Gonzalo de Quesada y Miranda en Martí, hombre. También se queja de que lee “de limosna y lo que me caía en las manos no lo quería ni necesitaba yo ver”.

Interesado en la cuestión cubana, profundiza en las obras de Varela, Saco y Luz y Caballero. Partidario desde adolescente de la independencia de Cuba publica en 1869 la pieza Abdala. El conflicto entre el deber patrio y la familia que refleja el diálogo entre Abdala y su madre Espirta remite al de Héctor y Hécuba, de La Ilíada, cuyas traducciones en varios idiomas Martí consultó años después.

En la finca El Abra, de Isla de Pinos, en casa del militar español José María Sardá, mientras esperaba su deportación a España en 1870, leyó entre otras obras, Los miserables, de Víctor Hugo, y la Biblia, que tanta influencia tendrá en su literatura y en su ideario ético.

En la Madre Patria

A poco de llegar a España, en 1871, publica El presidio político en Cuba, una denuncia del sistema carcelario colonial.

La Real Biblioteca de Madrid y las de la Universidad de Zaragoza y del Ateneo, en Aragón, le permiten zambullirse en el conocimiento estructurado de las carreras de Abogacía y Filosofía y Letras: historia, política, filosofía y religión; oratoria y leyes; literatura universal y literatura española. Probablemente es la etapa más intensa y fructífera, en cuanto a lecturas, de sus años juveniles.

Recibe la influencia de los maestros del siglo de oro (Góngora, Lope de Vega, Calderón), de Baltasar Gracián y los místicos (santa Teresa, san Juan de la Cruz y fray Luis de León). Durante sus cuatro años en la Madre Patria estudia, hace política y periodismo, se enamora y frecuenta el teatro. No sorprende que escriba la pieza Adúltera a los 21 años.

Nuestra América

En México —donde reside entre 1875 y 1876— trabaja en la Revista Universal y sus relaciones con escritores y periodistas le llevan a estudiar la historia y literatura del país, en especial la obra de los poetas Juan de Dios Peza, Manuel María Flores, Justo Sierra, entre otros. Habiendo admirado profundamente a Víctor Hugo traduce Mis hijos, cuya publicación por entregas le cosecha elogios. Los comentarios de libros son frecuentes en los boletines de Orestes, su seudónimo periodístico.

A pedido del actor español Enrique Guasp escribió —por cierto, en un solo día— la comedia Amor con amor se paga, cuya representación en 1875 le significó un éxito rotundo.

En Guatemala —su hogar entre marzo de 1877 y julio de 1878— conoce las obras de escritores locales. Además de ofrecer cursos, escribe por encargo el folleto Guatemala (publicado en junio de 1978) y la pieza dramática Patria y Libertad (drama Indio). Para redactar ambas recorrió librerías, bibliotecas públicas y se benefició de los tesoros del bibliófilo don Mariano Portilla.

Doy un salto en el tiempo para detenerme en Venezuela, adonde llegó en 1881 y salió seis meses después expulsado por el dictador Guzmán Blanco. Fue breve su estancia, pero fructífera. Intima con lo más granado de la intelectualidad venezolana, imparte clases de literatura y gramática francesa y funda una cátedra de oratoria. Publica la Revista Venezolana de la que fueron impresos dos números; el primero contiene cuatro artículos —todos de su autoría— dedicados a libros de escritores locales. En Venezuela, completa Ismaelillo, recién comenzado en Nueva York. Donde todo el mundo lee

Sin embargo, es la estancia en Estados Unidos, de 1980 a 1895, la etapa más fructífera como escritor y lector. En este país completa su formación profesional y cristaliza su cosmovisión y personalidad. Publica los poemarios Ismaelillo y Versos Sencillos, la novela Amistad funesta y el ensayo Nuestra América. Vale mencionar La Edad de Oro (con textos y traducciones de su autoría); o sus comentarios de crítica literaria en diarios.

Con la traducción de Ramona, de Helent Hunt Jackson, concibe la idea de una empresa editorial que sirva a las necesidades de los países hispanohablantes. Traduce por encargo Called Back (Misterio), de Hugh Conway, y Lalla Rookh, de Thomas Moore; Antigüedades griegas, de John Pentland Mahafy; Antigüedades romanas, de Augustus Samuel Wilkins; Nociones de Lógica, de Stanley Jevons. Y por puro gusto lo hace con poemas de Emerson, Whitman, Longfellow y Poe.

Lee vorazmente periódicos y revistas, narrativa, poesía, historia y biografías de autores norteamericanos. Para ello es asiduo de las bibliotecas Astor y Lenox, creadas a mediados del siglo XIX en Nueva York. De la primera indica: “luminosa, y solemne, donde se alberga toda la ciencia y está dibujado todo el arte de la tierra”.

Se convierte en el hispano más versado en literatura norteamericana y quien más hace por difundirla en el exterior: Ralph W. Emerson, Walt Whitman, Longfellow, Helen Hunt Jackson, Edgar A. Poe, Emily Dickinson, Mark Twain, Luisa Ma. Alcott, Harriet Beecher Stowe, Henry James, por solo citar algunos ejemplos. Se sintió muy cercano a Emerson, acaso su alma gemela.

Nada estadounidense —lo bello y lo feo— le es ajeno. Admirado de la cantidad de escuelas del país, señala en La Nación, Buenos Aires, el 15 agosto de 1883:

!En las escuelas se ha de cocer el pan de que se ha de vivir luego. Bueno es saber de coro a Homero: y quien ni a Homero, ni a Esquilo, ni a la Biblia leyó ni leyó a Shakespeare, que es hombre no piense, que ni ha visto todo el sol, ni ha sentido desplegarse en su espalda toda el ala (…) Que se lea, cuando el sol es muy recio, la Biblia; y cuando el sol ablanda, que se aprenda a sembrar racimos de uva como aquellos de Canaán, que con su peso anonadaban a los hombres."

Refiere, complacido, que en Norteamérica “todo el mundo lee”. En una crónica sobre las Pascuas publicada en el mismo diario el 13 de enero de 1886, se maravilla de las “vagonadas de libros suntuosos” que se exhiben en las vidrieras de las librerías, y confiesa que “¡hacen morir de celos!”.

Su vida austera le impide adquirirlos. En contraste, testimonia con alegría la compra de libros de uso, algunos de los cuales atesoró en su oficina de Front Street. En la carta testamento a Gonzalo de Quesada, de abril de 1895, le indica:

"Estos libros han sido mi vicio y mi lujo, esos pobres libros casuales, y de trabajo. Jamás tuve los que deseé, ni me creí con derecho a comprar los que no necesitaba para la faena. "

Pero tampoco le resulta ajeno lo que sucede en Cuba, incluida su vida cultural. Comenta obras de José M. Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Luisa Pérez de Zambrana, Julián del Casal, Juan Clemente Zenea, Cirilo Villaverde, Antonio Bachiller y Morales, José Joaquín Palma, Alfredo Torroella, Ramón Meza, Enrique José Varona, Manuel de la Cruz.

En el período de 1892 a 1895, liberado de deberes consulares y otras ocupaciones, canaliza su creatividad en Patria, el periódico que dirige y donde escribe profusamente. No abandona, empero, la lectura. Cuenta su biógrafo, Jorge Mañach, que, durante sus viajes a Tampa y Cayo Hueso para organizar la próxima guerra, llevaba en su maleta más libros que ropa.

Entre libros

La edición crítica de las Obras Completas de José Martí consta de 29 tomos. Ciclópea hazaña en alguien que murió a los 42 años, y no pudo dedicarse de modo exclusivo a la labor intelectual.

No escribió todos los libros que quiso. Había proyectado, por ejemplo, una Historia de la Guerra de los Diez Años; El concepto de la vida, sobre la naturaleza de la existencia humana; Los milagros en América, acerca de las maravillas y misterios de las tierras americanas; Vida y costumbres de los indígenas de América; un Diccionario de juicios de los grandes hombres; Memorias de un hombre sincero, sobre sus conquistas amorosas, y una obra sobre el racismo…

Resulta imposible relacionar todos los títulos que leyó desde su infancia hasta sus últimos días. Su cultura universal fue tan vasta, su curiosidad intelectual tan penetrante, que cuesta imaginarlo. Puedo aventurar un numeral: miles.

Con todo, más relevante que la cantidad son las circunstancias en que escribe y lee.

Dispuesto el alzamiento de los cubanos para el 24 de febrero de 1895, el 30 de enero sale de Nueva York con destino a Haití, a fin de incorporarse a la guerra que él ha convocado como delegado del Partido Revolucionario Cubano. En esta etapa escribe los diarios de campaña, que Lezama Lima califica de "el más grande poema escrito por un cubano, donde las vivencias de su sabiduría se vuelcan en una dimensión colosal".

El 2 de febrero de 1895 se encuentra en Fort Liberté, Cabo Haitiano, esperando la hora para embarcar hacia Cuba. Anota en el diario:

"En la mesa empolvada revuelvo libros viejos: textos descuadernados, catálogos, una biblia, periódicos masones. Y en las anotaciones del 2 y 3 de marzo: Hojeo libros viejos: Origins des Découvert[e]s attribuées aux Modernes, de (Louis) Dutens. Otro libro es un Goëthe en francés."

Lee, relee y comenta Las Madres Cristianas de Ilustres Contemporáneos, de Alexandre Du Voisin Calas. Allí mismo recuerda La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín, y al historiador francés Jules Michelet, autor de La bruja.

Asimismo, por lo escrito el 8 de abril se colige que está leyendo sobre la conquista de México. Encarga tres libros en “la librería de la esquina”. El dueño, un negro haitiano, cumple su encargo, pero devuelve el dinero. Dos de ellos —L'Histoire Général y La Physiologie Végétale— los envía por correo a Nueva York para María Mantilla.

En sus cartas a su hija amada se los menciona y le recomienda otros para una escuelita que él desea que funde: Diccionario Larousse y Mitología, The Fairy-Land of Science, de Arabella Buckley, y Fruits, Flowers and Leaves y Ants, Bees, and Wasps, de Johri Lubbock.

El otro libro —Vida de Cicerón— se lo queda y lleva consigo a la isla, adonde llega junto al Generalísimo Máximo Gómez el 11 de abril de 1895. Días después, en un descanso, durante la larga y agotadora marcha, menciona haberlo metido en su bolsillo junto a 50 proyectiles.

¿Habrá podido terminarlo? El 16 de mayo, tres días antes de morir, apunta con el estilo telegráfico recién estrenado en los diarios: “Lluvia, escribir, leer”.

Tomado de: Diario Las Américas

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